Viernes 16 de febrero 2001





Los límites de la desesperación

La ayuda empieza a llegar a Guadalupe, San Vicente. Sin embargo, la desorganización y la necesidad gigantesca de los pobladores han creado fricciones con las autoridades locales

Luis Laínez
El Diario de Hoy

"¡Ha estado perro!", resume Wilfredo Alvarado, de 18 años. Es un campesino de Guadalupe, San Vicente. Hasta ayer llegó agua potable. La electricidad no ha llegado. Comida sí, pero no todos han tenido el privilegio de saciar el hambre.

René Montoya, un mecánico aviador que pidió permiso en la Fuerza Aérea para poder auxiliar a sus padres en Guadalupe, discute acaloradamente con Pedro Pablo Maldonado, el maestro de Literatura e Inglés de 60 años al frente del gobierno local.

Montoya tiene las manos llenas de mugre. La camiseta ("Victoria Mayor 97" de ARENA) está sucia. El alcalde escucha los reclamos por falta de organización.

Maldonado le reconoce que sí, que en algunos lugares la ayuda no ha llegado aunque algunos jóvenes se comprometieron a ir a repartirla.

A un lado, Hilda Aguilar, de 45 años, y Pilar Torres, de 72, escuchan la discusión. Es mediodía y han pasado las cuatro horas anteriores esperando un poco de ayuda, sin mucho éxito.

La gente llega cargando cántaros y huacales para transportar el agua. Los escombros están por todos lados. Médicos extranjeros atienden a los heridos. Los camiones y pick-ups con ayuda apenas pasan entre los promontorios de bahareque desecho.

La discusión se interrumpe. Un subinspector de la Policía llega a ponerse a las órdenes del alcalde. Más tarde llega el subcomisionado José Manuel Olivares, jefe de la División de Seguridad Pública de la PNC, acompañado de 20 policías. Han llegado a quedarse para proteger a la población. No es para menos. El 77 por ciento de las casas están destruidas.

El coraje

Doña Hilda está desesperada. No tiene comida ni agua para alimentar a los nueve que forman su familia. "Salimos abochornados porque nos dijeron que la ayuda era para la gente de los cantones", dice. Ella vive en la colonia Santa Rosa, a donde la asistencia aún está ausente.

La rabia de la mujer es que dentro de la alcaldía hay alimentos que no han sido repartidos. El alcalde sabe que entre sus gobernados existe la percepción que la ayuda no se distribuye correctamente.

- ¿Y es cierto? -pregunto.

Un movimiento horizontal de la cabeza es la única respuesta.

Al salir de la oficina municipal, René Montoya sigue con los reclamos. Esta vez con las empleadas de la comuna.

- Ni vos ni tu familia son los únicos que han sufrido. ¡Todos hemos sufrido! -dice una de las trabajadoras.

- Pero mira Chayo, estas mujeres -señalando a doña Hilda y doña Pilar- son un ejemplo que la ayuda no se distribuye bien.

- Todavía no hay ayuda para ellas -replica la trabajadora, quien elabora listas de damnificados.

René se va decidido a hacer un censo en el Barrio San José, donde tienen casa sus padres. "¡A ver qué hacen con eso!", exclama.

Doña Hilda no lo soporta. Sale del edificio con grandes lágrimas en los ojos. "¡Por Dios que no me han dado nada!", musita.

"¡No llore, Hilda! ¡Ahí deje que se lo coman todo!", dice con aplomo doña Pilar mientras trata de consolar a su vecina. En su rostro pétreo, sin embargo, dos lágrimas de impotencia surcan las arrugas.

Me pregunto hasta cuánto soportarán estas mujeres. Un hombre, que vive al otro extremo del pueblo, en un lugar llamado La Carbonera, se une a la protesta.

"Lo que meten ahí, ¡no sale!", asegura. Se refiere a la alcaldía, que a estas alturas tiene la puerta cerrada.

Un empleado municipal observa la escena. Las llama con la mano. Doña Hilda, con nuevas lágrimas en los ojos, me lo agradece y me bendice. No hecho más que tomar notas y hacer preguntas, le respondo.

Después de unos minutos, las dos mujeres salen de la alcaldía. Es la una y 15 de la tarde. Llevan en sus manos dos bolsas de harina de maíz, una bolsa de arroz y una botella de aceite.

"¡Muchas gracias!", dice doña Hilda a manera de despedida.


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