Los límites
de la desesperación
La ayuda empieza a llegar a Guadalupe, San
Vicente. Sin embargo, la desorganización
y la necesidad gigantesca de los pobladores han
creado fricciones con las autoridades
locales
- Luis
Laínez
- El Diario
de Hoy
"¡Ha
estado perro!", resume Wilfredo Alvarado, de 18
años. Es un campesino de Guadalupe, San
Vicente. Hasta ayer llegó agua potable.
La electricidad no ha llegado. Comida sí,
pero no todos han tenido el privilegio de saciar
el hambre.
René Montoya, un mecánico
aviador que pidió permiso en la Fuerza
Aérea para poder auxiliar a sus padres en
Guadalupe, discute acaloradamente con Pedro
Pablo Maldonado, el maestro de Literatura e
Inglés de 60 años al frente del
gobierno local.
Montoya tiene las manos llenas de mugre. La
camiseta ("Victoria Mayor 97" de ARENA)
está sucia. El alcalde escucha los
reclamos por falta de organización.
Maldonado le reconoce que sí, que en
algunos lugares la ayuda no ha llegado aunque
algunos jóvenes se comprometieron a ir a
repartirla.
A un lado, Hilda Aguilar, de 45 años,
y Pilar Torres, de 72, escuchan la
discusión. Es mediodía y han
pasado las cuatro horas anteriores esperando un
poco de ayuda, sin mucho éxito.
La gente llega cargando cántaros y
huacales para transportar el agua. Los escombros
están por todos lados. Médicos
extranjeros atienden a los heridos. Los camiones
y pick-ups con ayuda apenas pasan entre los
promontorios de bahareque desecho.
La discusión se interrumpe. Un
subinspector de la Policía llega a
ponerse a las órdenes del alcalde.
Más tarde llega el subcomisionado
José Manuel Olivares, jefe de la
División de Seguridad Pública de
la PNC, acompañado de 20 policías.
Han llegado a quedarse para proteger a la
población. No es para menos. El 77 por
ciento de las casas están destruidas.
El coraje
Doña Hilda está desesperada. No
tiene comida ni agua para alimentar a los nueve
que forman su familia. "Salimos abochornados
porque nos dijeron que la ayuda era para la
gente de los cantones", dice. Ella vive en la
colonia Santa Rosa, a donde la asistencia
aún está ausente.
La rabia de la mujer es que dentro de la
alcaldía hay alimentos que no han sido
repartidos. El alcalde sabe que entre sus
gobernados existe la percepción que la
ayuda no se distribuye correctamente.
- ¿Y es cierto? -pregunto.
Un movimiento horizontal de la cabeza es la
única respuesta.
Al salir de la oficina municipal, René
Montoya sigue con los reclamos. Esta vez con las
empleadas de la comuna.
- Ni vos ni tu familia son los únicos
que han sufrido. ¡Todos hemos sufrido!
-dice una de las trabajadoras.
- Pero mira Chayo, estas mujeres
-señalando a doña Hilda y
doña Pilar- son un ejemplo que la ayuda
no se distribuye bien.
- Todavía no hay ayuda para ellas
-replica la trabajadora, quien elabora listas de
damnificados.
René se va decidido a hacer un censo
en el Barrio San José, donde tienen casa
sus padres. "¡A ver qué hacen con
eso!", exclama.
Doña Hilda no lo soporta. Sale del
edificio con grandes lágrimas en los
ojos. "¡Por Dios que no me han dado nada!",
musita.
"¡No llore, Hilda! ¡Ahí deje
que se lo coman todo!", dice con aplomo
doña Pilar mientras trata de consolar a
su vecina. En su rostro pétreo, sin
embargo, dos lágrimas de impotencia
surcan las arrugas.
Me pregunto hasta cuánto
soportarán estas mujeres. Un hombre, que
vive al otro extremo del pueblo, en un lugar
llamado La Carbonera, se une a la protesta.
"Lo que meten ahí, ¡no sale!",
asegura. Se refiere a la alcaldía, que a
estas alturas tiene la puerta cerrada.
Un empleado municipal observa la escena. Las
llama con la mano. Doña Hilda, con nuevas
lágrimas en los ojos, me lo agradece y me
bendice. No hecho más que tomar notas y
hacer preguntas, le respondo.
Después de unos minutos, las dos
mujeres salen de la alcaldía. Es la una y
15 de la tarde. Llevan en sus manos dos bolsas
de harina de maíz, una bolsa de arroz y
una botella de aceite.
"¡Muchas gracias!", dice doña
Hilda a manera de despedida.