Jueves 6 de diciembre de 2001



La institucionalidad en harapos

Si algo muestra la fragilidad de la institucionalidad salvadoreña es el caso de los casinos.

Lafitte Fernández

Es tal la debilidad, el irrespeto, la desidia, el involucramiento de políticos y no sé si el dinero que nace como ríos en esos lugares, que lo que ocurre en los casinos debe introducirse en la antología sobre cómo no deben funcionar las instituciones en una democracia y en un régimen de derecho.

Usted puede estar de acuerdo o no con el cierre de los lugares. Pero no se trata de eso. Tampoco es resultado de una rabieta de El Diario de Hoy, o de periodistas empecinados en clausurar esos sitios. Los casinos se han convertido en un espejo de los hechos y actuaciones que siempre entorpecen las democracias. Recordemos lo que sucedió: a dos casinos de San Salvador se les venció el permiso extendido por la comuna capitalina. La Sala de lo Contencioso Administrativo de la Corte Suprema de Justicia falla y confirma que esas autorizaciones están vencidas. Ordenan que se cierren los establecimientos porque operan fuera de ley (además de que sus dueños ni siquiera pagan impuestos, precisamente, por saber que funcionan ilegalmente). Esto sucedió hace más de 40 días y nadie, absolutamente nadie, movió un dedo para clausurar los casinos que operan en San Salvador.

La Alcaldía dice que no le corresponde cerrarlos. Asegura que esa tarea debe ejecutarla la Fiscalía General de la República. En esta última institución se menciona, con toda razón, que la comuna puede actuar por sí sola. Y pasó más de un mes sin que nadie tomara la decisión que ayer reclamó la Corte Suprema de Justicia. Creo que hasta sobró quienes propusieran que era necesario realizar un foro para analizar los efectos jurídicos del cierre de casinos, a pesar de que las leyes y las facultades de la institucionalidad salvadoreña son clarísimas. Lo irónico es que pasó un mes después de que se ordenara el cierre y, de pronto, como por arte de magia, la Fiscalía anunció: "ya no hay que actuar...los casinos están cerrados".

Ahora sabemos que ahí no murió el asunto. El Diario de Hoy descubrió ayer que los dos casinos de San Salvador que operan fuera de ley abrieron de nuevo. Lo lamentable de todo esto es que se vuelven a escuchar voces que dicen: "tenemos que analizar cómo debemos actuar en esos casos". Es decir, surge de nuevo el efecto paralizante de la institucionalidad a pesar de que, hasta un estudiante de primer año de la Facultad de Derecho les puede dibujar el camino. Los síndicos de la comuna lo saben. Los magistrados de la Corte Suprema se los han dicho. La Alcaldía puede cerrar los casinos directamente. También la Fiscalía.

Olvidémonos de esos rollos dignos de, no se si timoratos jurídicos, o de manos manchadas con dinero sucio. Si los permisos los extiende la Alcaldía y están vencidos, es la comuna la persona jurídica legitimada para actuar, o al menos pedir que se cierren. Es a quien corresponde el impulso de oficio para que la orden de la Sala de lo Contencioso se cumpla. ¿Qué hace una alcaldía cuando un establecimiento opera fuera de ley o sin el permiso que necesita en su jurisdicción? Por supuesto que procurar, a toda costa, que se cumplan sus disposiciones. Y, coincido con el magistrado Mario Solano, que la Alcaldía puede, si posee los elementos físicos necesarios, cerrar, sin colaboración de la Fiscalía, esos lugares. (¿Quién cierra un burdel cuando está en margen de la ley?).

Usted podría responderme que, en este caso, para ser consecuente con una postura de El Diario de Hoy, la Alcaldía está inutilizada porque el CAM es una organización ilegal. Yo le respondo:¿Por qué la Alcaldía no le pide a la PNC unos cuantos policías y se encarga de cerrar los casinos? Perdóneme que insista :¿Entonces, quién cierra un burdel cuando está fuera de la ley?. Todos sabemos que la Fiscalía también puede realizar esa tarea. Que lo haga quien sea, pero que lo haga alguien. Tal vez así, de una vez por todas, un hondureño vinculado al narcotráfico internacional o un alemán con amigos entre los peores mafiosos de Alemania, dejarán de burlarse de este país. Y, cuidado, con esto último: quizá ahora nos encontremos con la sorpresa de que el cierre de unos pocos días sólo fue un ardid para que sociedades propietarias de los casinos vendieran a otras controladas por ellos mismos. Es decir, que "Rateros, S.A de C.V" vendan a "Hampones, S.A. de C.V". Entonces, cuando se llegue a cerrar, si es que algún día lo hace alguien, salte un matón en una puerta y diga: "mire, esto ya no es de rateros sino que mis patrones son los hampones. Vea usted los papeles. Así es que, ustedes se equivocan y no pueden cerrar estos sitios porque se trata de otra sociedad a la que deben notificarle este acto". Y entonces surgirán los simposios y foros para tratar de determinar qué se hace.

Pero, por favor, dejémonos de leguleyadas porque los propietarios de los casinos están rodeados de abogados expertos en eso. La respuesta es muy sencilla: si eso ocurre, la diferencia será que, si la antigua sociedad propietaria tenía sus permisos vencidos, los nuevos estarán en mayor debilidad jurídica... simplemente no tienen ningún permiso. Por supuesto que vendrán los alegatos del debido proceso administrativo y toda la retahíla de tecnicismos. ¡Alguien debe restituirle algo de dignidad a la institucionalidad del país!

Algunos diputados decentes, posiblemente influenciados por la calidad del irrespeto de los dueños de casinos, propusieron ayer, en la Asamblea Legislativa, cerrar todos los casinos del país mediante un decreto legislativo. Quizá eso también servirá para evitar que una alcaldesa se convierta en la mujer invisible cada vez que los periodistas la buscan para preguntarle por qué entregó permisos hasta la eternidad a otro par de casinos que funcionan en su jurisdicción. Porque si algo también deben impedir los verdaderos demócratas es que los funcionarios públicos se acostumbren a no explicarle a nadie sus actos. Es bueno recordarles, hasta con una ley, que no administran haciendas privadas. Que los votos que reciben para colocarlos en sus puestos también deben recibir, a cambio, una buena dosis de dignidad y respeto.


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