Lunes 31 de diciembre 2001


Comentando
El ciclo de vida de los escándalos
Rodolfo Chang Peña* 

En El Salvador, la mayoría de los escándalos -delitos diversos cometidos en ciertos niveles sociales y políticos que se vuelven sonados por el tipo de ciudadanos que involucran, como por ejemplo el secuestro, violación y asesinato de la niña Katya Miranda, caso FINSEPRO/INSEPRO, faltantes en FEDEFUT, títulos fraudulentos (uso de documentos falsos y ejercicio ilegal de una profesión), robo de fertilizantes en una bodega del Banco de Fomento Agropecuario, caso del Ingenio El Carmen y el paro acompañado de violencia y desórdenes causado por los transportistas- sigue invariablemente una serie de pasos, que casi pueden predecirse con anticipación. Evidentemente, la ocurrencia de estos hechos insólitos son la causa de la falta de credibilidad del sistema encargado de la administración de la justicia, el descrédito de la clase política y la indiferencia casi olímpica de los habitantes a los comicios que se dan de tarde en tarde.

La primera etapa se caracteriza por una polvareda sin precedentes, vuelan las plumas por todos lados, los medios de difusión del pensamiento hablan con profusión del asunto e inundan el ambiente con noticias, algunas truculentas. Las entrevistas por la TV, a su vez, se encargan de escarbar todavía más y se construyen verdaderos cerros de expectativas. Después de cierto tiempo, continúa la etapa de la investigación, que algunas veces se acompaña de algunas capturas (curiosamente casi siempre de peces flacos, ya que los gordos por alguna razón se esfuman como por encanto). Participan sin excepción la Fiscalía General de la República, algunas veces la Corte de Cuentas y de acuerdo con la magnitud del problema, hasta comisiones ad hoc nombradas por la Asamblea Legislativa. Se practican inefables inspecciones y reconstrucciones, aparecen y desaparecen testigos claves, de la noche a la mañana cobran notoriedad algunos elementos y gradualmente se prosigue con la etapa siguiente, la del silencio. Por lo común empiezan a surgir parientes y familiares de los imputados, defensores, amigos y hasta políticos. Para variar, casi todos la emprenden contra el dedo acusador en vez de demostrar la inocencia. Por supuesto que no faltan los argumentos que fulano es gente de bien, que se trata de una campaña de calumnias, envidias personales, malentendidos y confusiones. La última etapa del escándalo la dirime un juez o jueza, que contrariamente a todos los pronósticos, ordena la libertad de los reos por falta de pruebas, hecho que contrasta con la abrumadora cantidad de elementos en contra que se mencionan al principio. Y si el problema llega a la vista pública, salvo raras excepciones, el jurado de conciencia absuelve a los indiciados (en ocasiones han sido liberados delincuentes confesos, lo que también no causa extrañeza).

Es natural que el ciclo de vida de los escándalos produzca grandes dudas e interrogantes en la población. La gente se pregunta por ejemplo: ¿Será que es mentira lo que divulgan la radio, la TV y la prensa escrita? ¿La investigación del delito sigue siendo ineficaz como en el pasado? ¿Será que El Salvador posee los mejores abogados defensores del mundo, capaces de probar que los terroristas suicidas actúan en legítima defensa? ¿Existe excesiva politización de los casos penales?

* Dr. en Medicina


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