La
Nota del
Día
¡Qué aguante
el de este pueblo!
Como a los santos, las tribulaciones y
sufrimientos de estos meses son pruebas que Dios
envía para templar nuestras almas
Gracias al espíritu de muchos, a la
solidaridad de tantos y al carácter
emprendedor de la buena gente en esta tierra,
nos hemos sobrepuesto, como nación, a dos
terremotos, cientos de graves réplicas,
conmociones mundiales, colapso de los mercados
de materias primas y a una agitación
política que nunca cesa. Montañas
enteras se vinieron abajo el 13 de enero, pero
eso no impidió que un gran número
de personas y familias pusieran empeño y
esfuerzo en reponer lo destruido y seguir
adelante.
¡Qué aguante de pueblo! Sobran
grupos y personas que se consideran derrotados,
o que en efecto los acontecimientos han golpeado
con suma dureza. Pero la mayoría
está superando las adversidades y
luchando para normalizar sus vidas y,
eventualmente, prosperar. En las presentes
circunstancias es casi un milagro haber
conseguido un dos y medio por ciento de
crecimiento; es admirable que cada día
sean menos visibles los efectos de los sismos,
que contemos con un comercio tan activo que, muy
temprano por la mañana, las calles y las
carreteras están llenas de
vehículos y de personas que van limpias a
sus trabajos, razonablemente bien vestidas, con
paso ágil y actitud positiva.
Como a los santos, las tribulaciones y
sufrimientos de estos meses son pruebas que Dios
envía para templar nuestras almas.
¡De trances, tragedias y amarguras, pero
también de logros y perseverancia es que
se ha ido forjando la historia patria! Nunca
dejamos de asombrarnos de que El Salvador siga
de pie y avanzando, pese a la agresión
enloquecida de los ochenta, a las agitaciones de
las décadas previas, a las ruinosas
reformas sociales, sequías, terremotos,
huracanes y, por encima de todo, torrentes de
estupideces.
Eliminemos los estorbos al
desarrollo
En este año, y por vez primera en
nuestra historia, se han presentado muy
esperanzadoras perspectivas para el futuro. El
presidente de Estados Unidos y los países
que integran la zona de libre comercio del
Hemisferio Norte (Estados Unidos, Canadá
y México) han dado firmes pasos para
incorporar al tratado a los países
centroamericanos y, a corto plazo, al resto de
Iberoamérica, multiplicando lo que ya es
el mayor mercado del mundo. A medida que esto
vaya siendo una realidad, se
incrementarán la generación de
empleo, la productividad del trabajo y el nivel
de vida de las diversas poblaciones. No sabemos
de ningún caso en que liberar mercados y
ampliar las zonas de intercambio no traiga, como
una ineludible consecuencia, visibles
mejorías en el bienestar.
Hay que poner mucho de nuestra parte para
acelerar el proceso y eliminar lo que retarde,
estorbe o coarte el crecimiento. Es claro que se
debe combatir la delincuencia, afianzar la
seguridad jurídica y física, bajar
el volumen a la disidencia política y
capacitar a la población. Reconozcamos,
además, que es necesario y urgente
mejorar la calidad de los servicios que se
prestan a los habitantes, lo que, por de pronto,
se puede conseguir a través de un empleo
más eficiente de los recursos
disponibles. Un magnífico ejemplo es la
decisión de cortar el subsidio al diesel
y modernizar el sistema de transportes; uno
decepcionante es la situación en el
Seguro Social, el excesivo burocratismo, el
aislamiento del Ejecutivo, el retardo en
continuar con la modernización del
Estado. Y encima, como una espada de Damocles,
está el anacronismo de la izquierda.