Tema
para reflexionar
Violencia
cotidiana
Carlos
Mayora Re*
Un
día de estos, conversaba con un amigo
mío, y me contó que estaba en su
casa, revisando unos trabajos, cuando
notó que sus hijos estaban jugando en la
habitación de al lado. El juego no
tendría ninguna importancia sino fuera
por dos factores: el primero, porque estaban
jugando con unos trozos de madera de esos de
muchas formas y colores, se asomó a ver y
se dio cuenta de que el entretenimiento
consistía en construir "torres gemelas",
que luego tiraban por los suelos con otro taco
de madera que "volaba" en la mano de uno de
ellos, mientras simulaban ruidos de
avión. El segundo, que los niños
tienen tres y cinco años.
Me dejó pensando. Y vino a mi mente
que los niños de seis años ya
vivieron la guerra de Kosovo; los de nueve, la
de Bosnia; los de diez, la del Golfo... y todos,
las víctimas del terrorismo en las Torres
Gemelas y en Tierra Santa, además de
sufrir a diario el amarillismo de algunos
noticieros de televisión que no se
recatan en mostrar las imágenes
más truculentas.
¿Y los adultos, cómo actuamos en
relación a la violencia? Podemos
acostumbrarnos. Bien se dice que no hay mal que
dure cien años, ni cuerpo que lo resista.
Y por eso, quizá, un mecanismo de defensa
ante la violencia es el acostumbramiento, que es
en una forma de ignorar una realidad
desagradable. Pero, por el hecho de ignorar la
violencia, o no reparar en ella, no se elimina
una de sus consecuencias más perniciosas,
pues vivir en un ambiente de violencia, seamos o
no conscientes, destruye al hombre, lo hace
más violento a su vez, más
propenso a actuar desde su instinto animal, y no
desde la razón. La violencia siempre
engendra violencia.
No podemos acostumbrarnos a ver la violencia
cada día. En esto nos puede pasar como lo
que se cuenta de las ranas. Se dice que si se
echa una rana directamente en agua hirviendo,
ésta pega tal brinco que luego no hay
quién se haga con ella. Si se quieren
preparar unas ancas hervidas, el mejor modo es
poner la rana en agua al tiempo, mientras se va
subiendo muy poco a poco la temperatura. Al ser
un animal de sangre fría, va acomodando
su calor corporal al del ambiente, de tal manera
que en un momento determinado muere
pacíficamente y se puede cocinar su carne
sin mayores dificultades.
Cuando tomamos como cosas habituales
situaciones de injusticia, de terrorismo, de
muerte, cuando no sufrimos con el dolor de
nuestros semejantes, es que ya nos hemos
acostumbrado. Y si esto nos pasa a los adultos,
con los más pequeños no es menos.
Por lo que debe hablarse con los niños
acerca de los actos violentos que presencian,
interpretar sanamente junto con ellos lo que
muestran los medios de comunicación,
hacerles ver que la violencia no es el estado
normal de las cosas, y explicarles lo que
sucede. Además de estar pendientes del
tipo de programas de televisión que ven
(que no hace falta que sean películas
violentas, basta con que vean los noticieros, o
lean los periódicos), y orientarles al
respecto.
En esta línea, me ha impresionado el
mensaje que Juan Pablo II pronunció el
pasado día de Navidad, cuando se
asomó al balcón de la fachada de
San Pedro para dar su bendición
apostólica a la ciudad de Roma y al mundo
entero. Concretamente sus palabras cuando
decía que "en Jesús Niño
podemos reconocer los rasgos de todo
recién nacido, de cualquier raza y
nación: es el niño palestino y el
niño israelí, es el niño
americano y el afgano, es el niño hutu y
el tutsi; es cualquier niño que, para
Cristo, es siempre una persona". Y luego
invitaba a "salvar a los niños para
salvar la esperanza de la humanidad".
Y es que la principal amenaza a la que
están expuestos los niños de
nuestros días es, quizá, la
violencia. Tanto la que pueden sufrir
personalmente, como el contacto con ella a
través de los medios de
comunicación o lo que puedan llegar a ver
en su casa o en su barrio.
¿Cómo lograr que nuestros
niños y niñas, que nuestros
jóvenes, sean protagonistas de la
construcción de la paz? ¿Qué
podemos hacer para preservar, tal como nos
exhortaba el Papa, esa esperanza de la
humanidad? Ilusionándolos para que no
discriminen a nadie por razones
económicas, culturales o religiosas;
mostrándoles con el ejemplo la
alegría de servir a los más
necesitados; enseñándoles a
respetar a los demás, sin importar sus
ideas o su forma de pensar; procurando alejar de
la familia todo lo que pueda sonar a
crítica o murmuración de otras
personas. Haciéndoles ver, en definitiva,
que todos los demás son tan hijos de Dios
como nosotros mismos.