Sábado 29 de diciembre 2001


Tema para reflexionar
Violencia cotidiana
Carlos Mayora Re*

Un día de estos, conversaba con un amigo mío, y me contó que estaba en su casa, revisando unos trabajos, cuando notó que sus hijos estaban jugando en la habitación de al lado. El juego no tendría ninguna importancia sino fuera por dos factores: el primero, porque estaban jugando con unos trozos de madera de esos de muchas formas y colores, se asomó a ver y se dio cuenta de que el entretenimiento consistía en construir "torres gemelas", que luego tiraban por los suelos con otro taco de madera que "volaba" en la mano de uno de ellos, mientras simulaban ruidos de avión. El segundo, que los niños tienen tres y cinco años.

Me dejó pensando. Y vino a mi mente que los niños de seis años ya vivieron la guerra de Kosovo; los de nueve, la de Bosnia; los de diez, la del Golfo... y todos, las víctimas del terrorismo en las Torres Gemelas y en Tierra Santa, además de sufrir a diario el amarillismo de algunos noticieros de televisión que no se recatan en mostrar las imágenes más truculentas.

¿Y los adultos, cómo actuamos en relación a la violencia? Podemos acostumbrarnos. Bien se dice que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Y por eso, quizá, un mecanismo de defensa ante la violencia es el acostumbramiento, que es en una forma de ignorar una realidad desagradable. Pero, por el hecho de ignorar la violencia, o no reparar en ella, no se elimina una de sus consecuencias más perniciosas, pues vivir en un ambiente de violencia, seamos o no conscientes, destruye al hombre, lo hace más violento a su vez, más propenso a actuar desde su instinto animal, y no desde la razón. La violencia siempre engendra violencia.

No podemos acostumbrarnos a ver la violencia cada día. En esto nos puede pasar como lo que se cuenta de las ranas. Se dice que si se echa una rana directamente en agua hirviendo, ésta pega tal brinco que luego no hay quién se haga con ella. Si se quieren preparar unas ancas hervidas, el mejor modo es poner la rana en agua al tiempo, mientras se va subiendo muy poco a poco la temperatura. Al ser un animal de sangre fría, va acomodando su calor corporal al del ambiente, de tal manera que en un momento determinado muere pacíficamente y se puede cocinar su carne sin mayores dificultades.

Cuando tomamos como cosas habituales situaciones de injusticia, de terrorismo, de muerte, cuando no sufrimos con el dolor de nuestros semejantes, es que ya nos hemos acostumbrado. Y si esto nos pasa a los adultos, con los más pequeños no es menos. Por lo que debe hablarse con los niños acerca de los actos violentos que presencian, interpretar sanamente junto con ellos lo que muestran los medios de comunicación, hacerles ver que la violencia no es el estado normal de las cosas, y explicarles lo que sucede. Además de estar pendientes del tipo de programas de televisión que ven (que no hace falta que sean películas violentas, basta con que vean los noticieros, o lean los periódicos), y orientarles al respecto.

En esta línea, me ha impresionado el mensaje que Juan Pablo II pronunció el pasado día de Navidad, cuando se asomó al balcón de la fachada de San Pedro para dar su bendición apostólica a la ciudad de Roma y al mundo entero. Concretamente sus palabras cuando decía que "en Jesús Niño podemos reconocer los rasgos de todo recién nacido, de cualquier raza y nación: es el niño palestino y el niño israelí, es el niño americano y el afgano, es el niño hutu y el tutsi; es cualquier niño que, para Cristo, es siempre una persona". Y luego invitaba a "salvar a los niños para salvar la esperanza de la humanidad".

Y es que la principal amenaza a la que están expuestos los niños de nuestros días es, quizá, la violencia. Tanto la que pueden sufrir personalmente, como el contacto con ella a través de los medios de comunicación o lo que puedan llegar a ver en su casa o en su barrio.

¿Cómo lograr que nuestros niños y niñas, que nuestros jóvenes, sean protagonistas de la construcción de la paz? ¿Qué podemos hacer para preservar, tal como nos exhortaba el Papa, esa esperanza de la humanidad? Ilusionándolos para que no discriminen a nadie por razones económicas, culturales o religiosas; mostrándoles con el ejemplo la alegría de servir a los más necesitados; enseñándoles a respetar a los demás, sin importar sus ideas o su forma de pensar; procurando alejar de la familia todo lo que pueda sonar a crítica o murmuración de otras personas. Haciéndoles ver, en definitiva, que todos los demás son tan hijos de Dios como nosotros mismos.


[Nacional] [Negocios] [Deportes] [Editorial] [Escenarios] [El País] [Chat]
[
Obituario] [Escríbanos] [Ediciones anteriores] [Otros Sitios] [Hablemos] [VIDA] [Guanaquín] [Vértice]
[
RUZ'01] [Portada] [Planeta Alternativo]

Copyright 1995 - 2001. El Diario de Hoy
Derechos Reservados. Prohibida su reproducción total o
parcial sin autorización escrita de su titular.
www.elsalvador.com