Sábado 29 de diciembre 2001


La Nota del Día
 

Diciembre 27, 2001
Amores son obras no palabras

Los buenos deseos, las promesas y bien intencionadas leyes y regulaciones no son suficientes para atraer y fomentar la inversión y, además, lograr que las nuevas empresas echen perdurables raíces en nuestro suelo. El inversionista, como todo ciudadano, requiere de transparencia en sus tratos con el gobierno, seguridad física y seguridad jurídica, agilidad en obtener servicios, protección cuando la necesita, interlocutores para exponer problemas o manifestar inquietudes. Lo que falta saber es quién se encarga de hacer cumplir las garantías que se ofrecen a los inversionistas.

En el pasado reciente se viene hablando de una "ventanilla única" en la cual los inversionistas efectúan los trámites estipulados para operar, además de evacuar interrogantes. Pero en la práctica y hasta donde hemos averiguado, mucho queda en el aire, no hay claridad en las exigencias y, lo que es peor, prevalecen los criterios subjetivos, la discrecionalidad.

Al respecto hay verdaderas historias de horror, como lo sucedido a una multinacional de alimentos cuyas marcas han sido robadas, y que no consigue ponerse en pie en los gelatinosos pantanos de la justicia nacional. Otros han ganado licitaciones, para luego descubrir que las entidades que las maquinaron no cumplen con el compromiso, o simplemente dan a terceros el suministro de obras. También sucede que las reglas se cambian a media marcha, o que de pronto se pide "unanimidad" de una directiva para dar el visto bueno a un proyecto, como se cocinaba en la ex ANTEL. En otro caso de estafa al socio externo, los juicios no prosperan porque el socio local se ocupó de sobornar al abogado acusador. En fecha reciente publicamos la historia de una empresa ganadora de un suministro, a la que le forzaron a cambiar los precios pactados. Esto que se vio como un "buen negocio para el país", se cobra luego con creces por la desconfianza que genera al exterior.

La diferencia está en el buen servicio

Día a día se nos dice que nuestras posibilidades de desarrollo se darán en la medida que fomentemos la inversión tanto externa como interna. Y eso coincide con lo que piden del interior del país: generación de empleo, lo que básicamente saldrá de la inversión.

Frente a tal contradictorio panorama, de necesitar inversión pero también coger a golpes a los inversionistas, se nos antoja que formar una comisión de alto nivel para cuidar no sólo lo formal sino en particular la praxis de la inversión, es muy urgente. Podría hablarse de un comisionado, o un consejo como el de Seguridad Pública; la "ventanilla única", deficiente en múltiples aspectos, no resuelve lo grueso del asunto.

Los salvadoreños no somos los únicos poseedores de una verdad: que la inversión foránea es decisiva para el desarrollo. Todos los países del mundo lo saben, y todos se esfuerzan por ofrecer los incentivos apropiados.

La gran diferencia no estará en las condiciones formales, sino en el servicio y la seguridad. Que a alguien se le abran las puertas para luego permitir que se le estafe, que lo asalten y secuestren, que no encuentre dónde resolver problemas, que cada vez descubra más exigencias, es la fórmula para ahuyentar inversionistas. De allí la necesidad de crear las instancias y los organismos idóneos para proteger la inversión. Recuérdese que perdimos la oportunidad de ser una maquiladora electrónica y un país industrializado, por la grave inseguridad generada por duartistas y comunistas.


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