La
Nota del
Día
Diciembre 27,
2001
Amores son obras no
palabras
Los buenos deseos, las promesas y bien
intencionadas leyes y regulaciones no son
suficientes para atraer y fomentar la
inversión y, además, lograr que
las nuevas empresas echen perdurables
raíces en nuestro suelo. El
inversionista, como todo ciudadano, requiere de
transparencia en sus tratos con el gobierno,
seguridad física y seguridad
jurídica, agilidad en obtener servicios,
protección cuando la necesita,
interlocutores para exponer problemas o
manifestar inquietudes. Lo que falta saber es
quién se encarga de hacer cumplir las
garantías que se ofrecen a los
inversionistas.
En el pasado reciente se viene hablando de
una "ventanilla única" en la cual los
inversionistas efectúan los
trámites estipulados para operar,
además de evacuar interrogantes. Pero en
la práctica y hasta donde hemos
averiguado, mucho queda en el aire, no hay
claridad en las exigencias y, lo que es peor,
prevalecen los criterios subjetivos, la
discrecionalidad.
Al respecto hay verdaderas historias de
horror, como lo sucedido a una multinacional de
alimentos cuyas marcas han sido robadas, y que
no consigue ponerse en pie en los gelatinosos
pantanos de la justicia nacional. Otros han
ganado licitaciones, para luego descubrir que
las entidades que las maquinaron no cumplen con
el compromiso, o simplemente dan a terceros el
suministro de obras. También sucede que
las reglas se cambian a media marcha, o que de
pronto se pide "unanimidad" de una directiva
para dar el visto bueno a un proyecto, como se
cocinaba en la ex ANTEL. En otro caso de estafa
al socio externo, los juicios no prosperan
porque el socio local se ocupó de
sobornar al abogado acusador. En fecha reciente
publicamos la historia de una empresa ganadora
de un suministro, a la que le forzaron a cambiar
los precios pactados. Esto que se vio como un
"buen negocio para el país", se cobra
luego con creces por la desconfianza que genera
al exterior.
La diferencia está en
el buen servicio
Día a día se nos dice que
nuestras posibilidades de desarrollo se
darán en la medida que fomentemos la
inversión tanto externa como interna. Y
eso coincide con lo que piden del interior del
país: generación de empleo, lo que
básicamente saldrá de la
inversión.
Frente a tal contradictorio panorama, de
necesitar inversión pero también
coger a golpes a los inversionistas, se nos
antoja que formar una comisión de alto
nivel para cuidar no sólo lo formal sino
en particular la praxis de la inversión,
es muy urgente. Podría hablarse de un
comisionado, o un consejo como el de Seguridad
Pública; la "ventanilla única",
deficiente en múltiples aspectos, no
resuelve lo grueso del asunto.
Los salvadoreños no somos los
únicos poseedores de una verdad: que la
inversión foránea es decisiva para
el desarrollo. Todos los países del mundo
lo saben, y todos se esfuerzan por ofrecer los
incentivos apropiados.
La gran diferencia no estará en las
condiciones formales, sino en el servicio y la
seguridad. Que a alguien se le abran las puertas
para luego permitir que se le estafe, que lo
asalten y secuestren, que no encuentre
dónde resolver problemas, que cada vez
descubra más exigencias, es la
fórmula para ahuyentar inversionistas. De
allí la necesidad de crear las instancias
y los organismos idóneos para proteger la
inversión. Recuérdese que perdimos
la oportunidad de ser una maquiladora
electrónica y un país
industrializado, por la grave inseguridad
generada por duartistas y comunistas.