Montesinitos
Nunca da la cara, pero si se observa bien,
sus ojos están atentos a lo que acontece
a su alrededor y sus orejas dirigidas a lo que
sale de la boca de su hermano.
Luis
Laínez
Las
garras, prestas a dar el zarpazo. Quizás
por eso llama "tigre" a sus interlocutores. Lo
que en realidad quiere es que le devuelvan el
saludo de la misma manera, porque todo aquel que
posea un gramo de información se
convierte en su apetecida presa.
- Mirá -dijo el vástago del
líder- ese es el Montesinitos de El
Salvador. Mejor no me hablés al
teléfono celular. Vení a mi
oficina.
Pero ese nada más es una faceta para
poder dirigir los hilos del poder.
Tuvo sus meses de gloria, cuando su rostro
visible, su hermano mayor (que tiene más
de zorro caído en desgracia que de
tigre), dirigió la Sociedad Franca y la
Casa del Pueblo.
Fue entonces que, según sus amigos,
fue el poder atrás del trono, el que
verdaderamente regentaba la Sociedad.
Sus detractores buscan el más
mínimo error para poderlo sacar a luz,
pero no hacen nada a pesar de saber de su triple
trabajo en la administración
pública, porque él tiene
información comprometedora.
Cuando su hermano zorrino dirigía la
Sociedad, él era el encargado de
conspirar las estrategias de control.
Era el cerebro detrás del traje de
sastre, loción francesa y lapicero Mont
Blanc de su hermano.
Acechaba a los periodistas que,
crédulos, creían que era el
líder quien urdía las
estratagemas.
Lo que no veían era que, tras sus
espaldas, el Montesinitos hablaba sin voz. Su
hermano había aprendido a leer los labios
y repetía las respuestas elaboradas.
Sólo salía de las sombras al
final de la entrevista, para estrechar la mano
del representante de la comunicación.
Prefería mantener un perfil bajo, casi
nulo. Las veces que no estuvo cerca de su
hermano, los errores fueron gigantescos.
En el hogar, el zorrino lo sabía, le
esperaba una reprimenda.
Un buen día, Montesinitos
descubrió que el poder no era eterno,
aunque fuera su más insaciable
necesidad.
Urdió un plan para que el hermano
mayor saliera bien parado (después de
todo, el prestigio del tigre dependía de
la imagen del otro hijo de su madre).
El hermano de Montesinitos salió
ileso.
El tigre mantiene el saludo, pero está
enfermo. Le hace falta el poder, de ese que
ahora sólo es un recuerdo
embriagante.