Viernes 28 de diciembre 2001


Montesinitos

Nunca da la cara, pero si se observa bien, sus ojos están atentos a lo que acontece a su alrededor y sus orejas dirigidas a lo que sale de la boca de su hermano.

Luis Laínez

Las garras, prestas a dar el zarpazo. Quizás por eso llama "tigre" a sus interlocutores. Lo que en realidad quiere es que le devuelvan el saludo de la misma manera, porque todo aquel que posea un gramo de información se convierte en su apetecida presa.

- Mirá -dijo el vástago del líder- ese es el Montesinitos de El Salvador. Mejor no me hablés al teléfono celular. Vení a mi oficina.

Pero ese nada más es una faceta para poder dirigir los hilos del poder.

Tuvo sus meses de gloria, cuando su rostro visible, su hermano mayor (que tiene más de zorro caído en desgracia que de tigre), dirigió la Sociedad Franca y la Casa del Pueblo.

Fue entonces que, según sus amigos, fue el poder atrás del trono, el que verdaderamente regentaba la Sociedad.

Sus detractores buscan el más mínimo error para poderlo sacar a luz, pero no hacen nada a pesar de saber de su triple trabajo en la administración pública, porque él tiene información comprometedora.

Cuando su hermano zorrino dirigía la Sociedad, él era el encargado de conspirar las estrategias de control.

Era el cerebro detrás del traje de sastre, loción francesa y lapicero Mont Blanc de su hermano.

Acechaba a los periodistas que, crédulos, creían que era el líder quien urdía las estratagemas.

Lo que no veían era que, tras sus espaldas, el Montesinitos hablaba sin voz. Su hermano había aprendido a leer los labios y repetía las respuestas elaboradas.

Sólo salía de las sombras al final de la entrevista, para estrechar la mano del representante de la comunicación.

Prefería mantener un perfil bajo, casi nulo. Las veces que no estuvo cerca de su hermano, los errores fueron gigantescos.

En el hogar, el zorrino lo sabía, le esperaba una reprimenda.

Un buen día, Montesinitos descubrió que el poder no era eterno, aunque fuera su más insaciable necesidad.

Urdió un plan para que el hermano mayor saliera bien parado (después de todo, el prestigio del tigre dependía de la imagen del otro hijo de su madre).

El hermano de Montesinitos salió ileso.

El tigre mantiene el saludo, pero está enfermo. Le hace falta el poder, de ese que ahora sólo es un recuerdo embriagante.


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