Diez años
después
Marvin
Galeas.
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marvin@telemovil.com
El
Emiliano Zapata, el avión presidencial de
México, aterrizó con suavidad en
el Aeropuerto Internacional El Salvador aquella
tarde soleada de enero de 1992. Dentro del
avión venían los cinco integrantes
de la Comandancia General del FMLN, miembros de
la Comisión Negociadora, un grupo de
periodistas y personalidades invitadas. La
guerra había terminado.
Los comandantes venían emocionados,
haciendo bromas. Muchos de ellos habían
estado hasta hacía poco en los frentes de
guerra. Tenían muchos años sin ver
la capital. Otros que se la habían pasado
en el extranjero viviendo las delicias de las
"tareas de solidaridad", ni siquiera
habían venido en mas de una década
al país. El sueño de entrar a la
capital, en una mañana triunfante de la
revolución, en uniformes de fatiga,
barbudos y sudorosos; boina en la cabeza y fusil
terciado, con multitudes saludando desde las
ventanas a los héroes, había
quedado en eso: un sueño de las
delirantes noches de trazadoras y bengalas en
los campamentos guerrilleros.
De todos modos, venían emocionados.
Hermanados por las andanzas de guerra y los
desvelos de la negociación
estratégica. Hacían planes de
futuro, de ganar en la arena política lo
que no se pudo a balazos. En tierra, los
combatientes de primera línea, los pobres
de toda la vida, por los que, se supone, se
había armado la colosal batalla, los que
cuando morían pasaban a ser un numerito
más en los recuentos y balances
militares, tenían sentimientos
mezclados.
Por un lado, le ponían punto final a
toda una vida de vivir con la muerte a cuestas,
aferrados al fusil, jugándose la vida por
la promesa de un mundo mejor repartido. "Tierra
para quien la trabaja", "en las fábricas
los patrones salen sobrando", "un
ejército de nuevo tipo", "salud,
educación, vivienda". Todo gratis,
proporcionado por los nuevos dirigentes: la
vanguardia. Los cuadros más
desarrollados. Los hombres nuevos.
Por otro lado, tenían angustia.
Incertidumbre. Tenían que entregar las
armas. Meterse en planes de reinserción.
Volver a ser quienes siempre fueron: pobres,
sólo que más viejos y más
pobres todavía. Durante la guerra fueron
respetados responsables de colectivos,
comandantes de pequeñas unidades,
representantes -así les dijeron- de una
clase elegida por la historia. Gozaron de
pequeños poderes y respeto.
Ilusión momentánea. De regreso a
la dura realidad.
Los más afortunados, unos pocos,
recibieron prestamitos para pequeños
negocios de fotocopias, tienditas, cosas de
esas. Otros se metieron en cooperativas
condenadas al fracaso. Unos se hicieron
policías y otros reanudaron sus estudios,
largamente interrumpidos.
A la mayoría le dieron, no miento, un
colchón rayado, media docena de peroles y
un tambo de gas. Un tambo de gas que a muchos
les costaron -literalmente- los ojos de la cara,
una mano, un pie, el rancho quemado y una
juventud incinerada.
Los que dirigían se repartieron los
cargos políticos. Un sueldo de diputado
no está nada mal en comparación
con el estipendio de la clandestinidad. Pusieron
oenegés como quien pone un negocio
particular, se hicieron "sociedad civil". Se
pelearon con odios insospechados por el
"patrimonio" de la guerra. La sencillez, la
humildad, los valores proletarios, dieron paso a
la muy humana envidia, codicia y el comprensible
miedo, que digo pánico, a vivir una vejez
en la indigencia. Y continuaron en la
conspiración, en la emboscada, en la suma
de correlaciones, pero ya no contra enemigos
respetables como la oligarquía y el
imperialismo. No. El nuevo enemigo es el antiguo
camarada. El renovador, el ortodoxo, el
unionista
En suma cualquiera que "no es
como nosotros". Tanta guerra, tanta muerte, a
muchos de ellos les quemó para siempre
los fusibles de la normalidad. No pueden querer
a éste sin odiar aquél.
No pueden debatir sin buscar la
aniquilación total. No toleran el caer en
la cuenta de que son seres comunes y corrientes,
que no van a ser los Fidel Castro ni los Che
Guevara. Y esa frustración, fácil
de comprobar, los hace vivir en eternas
rupturas, en el planeta de la desconfianza, en
la taimada simulación ante el adversario,
con el cuchillo traicionero en la mano y la
permanente crispación en pleno
rostro.
¡Qué destinos más
extraños los de aquellos pasajeros del
Emiliano Zapata! Unos, aferrados a los viejos
dogmas. Otros, en la mira de los unos. Y la
gloria de la guerra, diez años
después, se les redujo a nada como la
Piel de Zapa, de Balzac. En cuanto a mí,
que por esas cosas de la vida venía en
ese avión, puedo decir -como dijo una vez
Machado después de la guerra civil
española- que "
A mi trabajo acudo,
con mi dinero pago el traje que me cubre y la
mansión que habito, el pan que me
alimenta y el lecho donde yago".