Jueves 27 de diciembre 2001


Diez años después
Marvin Galeas.

E-mail: marvin@telemovil.com

El Emiliano Zapata, el avión presidencial de México, aterrizó con suavidad en el Aeropuerto Internacional El Salvador aquella tarde soleada de enero de 1992. Dentro del avión venían los cinco integrantes de la Comandancia General del FMLN, miembros de la Comisión Negociadora, un grupo de periodistas y personalidades invitadas. La guerra había terminado.

Los comandantes venían emocionados, haciendo bromas. Muchos de ellos habían estado hasta hacía poco en los frentes de guerra. Tenían muchos años sin ver la capital. Otros que se la habían pasado en el extranjero viviendo las delicias de las "tareas de solidaridad", ni siquiera habían venido en mas de una década al país. El sueño de entrar a la capital, en una mañana triunfante de la revolución, en uniformes de fatiga, barbudos y sudorosos; boina en la cabeza y fusil terciado, con multitudes saludando desde las ventanas a los héroes, había quedado en eso: un sueño de las delirantes noches de trazadoras y bengalas en los campamentos guerrilleros.

De todos modos, venían emocionados. Hermanados por las andanzas de guerra y los desvelos de la negociación estratégica. Hacían planes de futuro, de ganar en la arena política lo que no se pudo a balazos. En tierra, los combatientes de primera línea, los pobres de toda la vida, por los que, se supone, se había armado la colosal batalla, los que cuando morían pasaban a ser un numerito más en los recuentos y balances militares, tenían sentimientos mezclados.

Por un lado, le ponían punto final a toda una vida de vivir con la muerte a cuestas, aferrados al fusil, jugándose la vida por la promesa de un mundo mejor repartido. "Tierra para quien la trabaja", "en las fábricas los patrones salen sobrando", "un ejército de nuevo tipo", "salud, educación, vivienda". Todo gratis, proporcionado por los nuevos dirigentes: la vanguardia. Los cuadros más desarrollados. Los hombres nuevos.

Por otro lado, tenían angustia. Incertidumbre. Tenían que entregar las armas. Meterse en planes de reinserción. Volver a ser quienes siempre fueron: pobres, sólo que más viejos y más pobres todavía. Durante la guerra fueron respetados responsables de colectivos, comandantes de pequeñas unidades, representantes -así les dijeron- de una clase elegida por la historia. Gozaron de pequeños poderes y respeto. Ilusión momentánea. De regreso a la dura realidad.

Los más afortunados, unos pocos, recibieron prestamitos para pequeños negocios de fotocopias, tienditas, cosas de esas. Otros se metieron en cooperativas condenadas al fracaso. Unos se hicieron policías y otros reanudaron sus estudios, largamente interrumpidos.

A la mayoría le dieron, no miento, un colchón rayado, media docena de peroles y un tambo de gas. Un tambo de gas que a muchos les costaron -literalmente- los ojos de la cara, una mano, un pie, el rancho quemado y una juventud incinerada.

Los que dirigían se repartieron los cargos políticos. Un sueldo de diputado no está nada mal en comparación con el estipendio de la clandestinidad. Pusieron oenegés como quien pone un negocio particular, se hicieron "sociedad civil". Se pelearon con odios insospechados por el "patrimonio" de la guerra. La sencillez, la humildad, los valores proletarios, dieron paso a la muy humana envidia, codicia y el comprensible miedo, que digo pánico, a vivir una vejez en la indigencia. Y continuaron en la conspiración, en la emboscada, en la suma de correlaciones, pero ya no contra enemigos respetables como la oligarquía y el imperialismo. No. El nuevo enemigo es el antiguo camarada. El renovador, el ortodoxo, el unionista …En suma cualquiera que "no es como nosotros". Tanta guerra, tanta muerte, a muchos de ellos les quemó para siempre los fusibles de la normalidad. No pueden querer a éste sin odiar aquél.

No pueden debatir sin buscar la aniquilación total. No toleran el caer en la cuenta de que son seres comunes y corrientes, que no van a ser los Fidel Castro ni los Che Guevara. Y esa frustración, fácil de comprobar, los hace vivir en eternas rupturas, en el planeta de la desconfianza, en la taimada simulación ante el adversario, con el cuchillo traicionero en la mano y la permanente crispación en pleno rostro.

¡Qué destinos más extraños los de aquellos pasajeros del Emiliano Zapata! Unos, aferrados a los viejos dogmas. Otros, en la mira de los unos. Y la gloria de la guerra, diez años después, se les redujo a nada como la Piel de Zapa, de Balzac. En cuanto a mí, que por esas cosas de la vida venía en ese avión, puedo decir -como dijo una vez Machado después de la guerra civil española- que "…A mi trabajo acudo, con mi dinero pago el traje que me cubre y la mansión que habito, el pan que me alimenta y el lecho donde yago".


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