Miércoles 26 de diciembre 2001


Ministerio Espiga
La matanza de los inocentes
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

Dicen las Sagradas Escrituras que cuando Herodes se dio cuenta de que los magos tomaron otro camino para evadirlo y no informarle de dónde habían encontrado al Niño Jesús, "se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca" (Mt. 2, 16).

Siempre los más inocentes resultan ser las víctimas. ¡Cuántos niños están hoy sufriendo lo que no podríamos expresar con palabras!

Desde el aborto hasta el maltrato intrafamiliar y los hogares desintegrados, sobran las espadas que hieren a los niños, a los mismos de quien el Divino Maestro decía: "Quien recibe a uno de estos pequeños, a Mí me recibe".

Estos preferidos de Dios son los que muchas veces vagan pidiendo limosna por las calles, u oliendo pega o son presas de las pandillas o que son explotados por sujetos inescrupulosos.

Cómo olvidar a Jaime, de 8 años, y Claudia, de 9, para hacerme la misma petición: "Hermano Salvador, pídale a Jesús que mis papás no se separen, pues los quiero a los dos y no me gustaría tener que vivir con uno solo".

No he podido más que llorar con ellos y enseñarles a orar: Si mi padre y mi madre me abandonan, Tú nunca me abandonarás. Los que estamos contigo, Jesús, no estamos solos. Señor: que me falte todo, menos Tú".

Ha sido imposible olvidar el rostro de una niña que cuando me disponía a iniciar una conferencia para más de mil empresarios en San Pedro Sula, Honduras, sorpresivamente se acercó con su madre para decirme: "He venido para pedirle una fantasía: quiero que usted me ayude a que mi papá regrese a casa".

Aproveché que dos estaciones de radio estaban transmitiendo en vivo y que se estaba filmando para la televisión; puse a todos a orar, no por una fantasía, sin para pedir a Dios el milagro de que ese y muchos otros padres tomaran concienciade lo valiosos que son y cuánta falta hacen al lado de sus hijos.

Todavía no he podido evaluar lo que pasó aquella noche, pero al menos sé que desde ese día estoy más consciente del dolor de los niños abandonados por sus padres.

No quiero relatar aquí los casos reales que conozco de niños que han intentado suicidarse pues no soportan la desintegración de su hogar; otros no se que daron en el intento y cada día aumenta el índice de suicidios de niños y adolescentes.

Muchos más, aun viviendo con sus padres, son víctimas del maltrato, el abuso sexual, la explotación, sin que a los adultos les importen las heridas que para toda la vida se hacen en la mente y en el corazón de esos inocentes.

Sólo Dios, y no el tiempo, podrán sanarlos.


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