Lunes 24 de diciembre 2001



Iglesias instan a fieles a recibirlo en su corazón
Cristo, el centro de la Navidad

Los salvadoreños se aprestan a celebrar hoy la más importante de las fiestas cristianas: la Natividad o el nacimiento de Jesucristo, el Divino Salvador del Mundo.

El Diario de Hoy

Como un ritual, las familias asistirán a la misa del gallo o a los cultos para recordar ese sublime acontecimiento y luego se reunirán en casa para cenar y festejar.

Cerca de la antigua fiesta judía de las luces y buscando dar un sentido cristiano a las celebraciones paganas del solsticio de invierno, la naciente iglesia cristiana aprovechó el momento para celebrar la Navidad, reseñaron fuentes católicas.

En este tiempo, los cristianos se preparan para recibir a Cristo, "luz del mundo", en sus almas, rectificando sus vidas y renovando el compromiso de seguirlo. En la Navidad se conmemora que Dios se hizo hombre y habitó entre los hombres.

La Iglesia consideró que, así como el sol despeja las tinieblas durante el alba, la presencia de Cristo irrumpe en las tinieblas del pecado y el mundo para mostrar a la humanidad el camino por seguir.

"Jesús nació para hacernos el mejor regalo: ofrecer su vida para que nosotros viviéramos", afirmó el reverendo Roberto Bustamante, pastor de la congregación cristiana evangélica La Familia de Jesús.

Bustamante dice que ese Niño Jesús, tierno e indefenso, "tiene un corazón lleno de amor para nosotros".

"Jesús entra en nuestros corazones cuando lo invitamos y nos ofrece su hombro y sus brazos para consolarnos, nos da fe y esperanza".

"Hallaréis al Niño en el pesebre" Lucas 2:1-14

Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo... Iban todos a empadronarse, cada uno a su ciudad.

Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta.

Sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento.

Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y vigilaban por turno durante la noche su rebaño.

Se les presentó el Angel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y se llenaron de temor.

El ángel les dijo: «No temáis, pues os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre».

Y de pronto se juntó con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres en quienes él se complace».

Lección de humildad

-Para que Jesús naciera en la Tierra, el Padre no buscó un palacio, sino un lugar muy humilde, un pesebre dentro de un gruta oscura, sucia, maloliente y que era morada de animales.

-Nuestro corazón es muy semejante a la gruta de Belén -estrecho, lleno de miserias y pobreza-. Pero, a pesar de ello, Jesús quiere nacer allí, y lo único que nos pide es buena voluntad y que estemos dispuestos a purificar nuestro interior y cambiar nuestras vidas.

-Para ello necesitamos ser humildes. El pesebre es signo de humildad.

Año nuevo vida nueva

El Hijo del Rey

Hoy y cada día me sentiré el hijo de un Rey poderoso y rico en gracia. Como heredero de Su reino, soy un Príncipe.

No pediré permiso para amar y ser optimista.

No necesitaré vanagloriarme, pues tengo seguridad de mi linaje.

No sentiré miedo, pues su Ejército me protege.

No sentiré envidia, pues con Él nada me falta.

No sentiré impaciencia ni exasperación, pues mi Padre me alimenta con su paz.

Seré generoso y no sentiré egoísmo, pues es tanta mi felicidad que la compartiré a manos llenas.

No sentiré frustración, pues Él siempre me tendrá algo mejor.

No sentiré rencores, pues mi Padre me da amor en abundancia.

No temeré a la muerte y al dolor, pues en esos momentos Él estará más cerca de mí.

No temeré al mal, porque mi Padre me ha dado la armadura de la fe para luchar.

Como hijo del Soberano, desterraré el odio, la violencia y la mentira de mi existencia.

Desterraré la avaricia y la codicia de bienes que pronto acaban, así como la tentación de inflarme con el orgullo y la vanidad.

Desterraré la indiferencia para con mis hermanos enfermos, presos o más necesitados.

Evitaré criticar a mis hermanos, sobre todo si no están presentes o no pueden defenderse.

Sentiré compasión de mi adversario y juzgaré a partir de lo bueno y noble que haya en él.

Encerraré mi prepotencia en la cárcel de la eternidad. Tomaré a la humildad, a la fe, la esperanza y la caridad como consejeras.

Amaré la Creación, sus plantas, animales y tierra, como mi legado que son y ejemplos para que yo imite a mi Padre como Creador.

Defenderé la vida desde que se concibe, pues es regalo y única prerrogativa de mi Padre.

Celebraré cada vez que sepa del nacimiento de un niño, pues mi Padre ha vuelto a ser papá.

Cuando vea niños de la calle, huelepega o pandilleros no los rehuiré, sino que les regalaré aunque sea una sonrisa, pues ellos tienen más derecho a la herencia del Reino.

Repartiré sonrisas y parabienes a quienes encuentre. Comprenderé los corazones duros y trataré de sembrar y regar en ellos la buena semilla con mi testimonio.

No haré leña del árbol caído, no escarneceré a quienes han caído en desgracia, pues yo puedo ser el próximo.

Respetaré a mis hermanos de otros credos, pues me hace feliz que ellos adoren a mi Padre, aunque no piensen igual que yo.

Pediré a mi Padre mucha inteligencia y consejo para mis hermanos que gobiernan y para quienes se les oponen.

Promoveré la justicia y la igualdad, pues mi Padre nos ama a todos &emdash;ricos, pobres, buenos, malos, santos, pecadores, negros, blancos, feos y bonitos&emdash; sin distinción.

Entenderé y ayudaré a mis hermanos descarriados, pues son a los que Él más espera.

Lucharé por la paz, no sólo de mi espíritu y de mi familia, sino por la del Reino entero.

Hoy y cada día del año me sentiré el hijo del Rey...

Quiero estar siempre a sus pies, no como un hijo mimado, sino como el último de sus siervos...

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!


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