Iglesias
instan a fieles a recibirlo en su
corazón
Cristo, el centro de
la Navidad
Los salvadoreños se aprestan a
celebrar hoy la más importante de las
fiestas cristianas: la Natividad o el nacimiento
de Jesucristo, el Divino Salvador del
Mundo.
El Diario de
Hoy
Como
un ritual, las familias asistirán a la
misa del gallo o a los cultos para recordar ese
sublime acontecimiento y luego se
reunirán en casa para cenar y
festejar.
Cerca de la antigua fiesta judía de
las luces y buscando dar un sentido cristiano a
las celebraciones paganas del solsticio de
invierno, la naciente iglesia cristiana
aprovechó el momento para celebrar la
Navidad, reseñaron fuentes
católicas.
En este tiempo, los cristianos se preparan
para recibir a Cristo, "luz del mundo", en sus
almas, rectificando sus vidas y renovando el
compromiso de seguirlo. En la Navidad se
conmemora que Dios se hizo hombre y
habitó entre los hombres.
La Iglesia consideró que, así
como el sol despeja las tinieblas durante el
alba, la presencia de Cristo irrumpe en las
tinieblas del pecado y el mundo para mostrar a
la humanidad el camino por seguir.
"Jesús nació para hacernos el
mejor regalo: ofrecer su vida para que nosotros
viviéramos", afirmó el reverendo
Roberto Bustamante, pastor de la
congregación cristiana evangélica
La Familia de Jesús.
Bustamante dice que ese Niño
Jesús, tierno e indefenso, "tiene un
corazón lleno de amor para nosotros".
"Jesús entra en nuestros corazones
cuando lo invitamos y nos ofrece su hombro y sus
brazos para consolarnos, nos da fe y
esperanza".
"Hallaréis al Niño en el
pesebre" Lucas 2:1-14
Sucedió que por aquellos días
salió un edicto de César Augusto
ordenando que se empadronase todo el mundo...
Iban todos a empadronarse, cada uno a su
ciudad.
Subió también José desde
Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la
ciudad de David, que se llama Belén, por
ser él de la casa de David, para
empadronarse con María, su esposa, que
estaba encinta.
Sucedió que, mientras ellos estaban
allí, se le cumplieron los días
del alumbramiento, y dio a luz a su hijo
primogénito, le envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre,
porque no tenían sitio en el
alojamiento.
Había en la misma comarca unos
pastores, que dormían al raso y vigilaban
por turno durante la noche su rebaño.
Se les presentó el Angel del
Señor, y la gloria del Señor los
envolvió en su luz; y se llenaron de
temor.
El ángel les dijo: «No
temáis, pues os anuncio una gran
alegría, que lo será para todo el
pueblo: Os ha nacido hoy, en la ciudad de David,
un salvador, que es el Cristo Señor; y
esto os servirá de señal:
encontraréis un niño envuelto en
pañales y acostado en un
pesebre».
Y de pronto se juntó con el
ángel una multitud del ejército
celestial, que alababa a Dios, diciendo:
«Gloria a Dios en las alturas y en la
tierra paz a los hombres en quienes él se
complace».
Lección de humildad
-Para que Jesús naciera en la Tierra,
el Padre no buscó un palacio, sino un
lugar muy humilde, un pesebre dentro de un gruta
oscura, sucia, maloliente y que era morada de
animales.
-Nuestro corazón es muy semejante a la
gruta de Belén -estrecho, lleno de
miserias y pobreza-. Pero, a pesar de ello,
Jesús quiere nacer allí, y lo
único que nos pide es buena voluntad y
que estemos dispuestos a purificar nuestro
interior y cambiar nuestras vidas.
-Para ello necesitamos ser humildes. El
pesebre es signo de humildad.
Año nuevo vida nueva
El Hijo del Rey
Hoy y cada día me sentiré el
hijo de un Rey poderoso y rico en gracia. Como
heredero de Su reino, soy un
Príncipe.
No pediré permiso para amar y ser
optimista.
No necesitaré vanagloriarme, pues
tengo seguridad de mi linaje.
No sentiré miedo, pues su
Ejército me protege.
No sentiré envidia, pues con Él
nada me falta.
No sentiré impaciencia ni
exasperación, pues mi Padre me alimenta
con su paz.
Seré generoso y no sentiré
egoísmo, pues es tanta mi felicidad que
la compartiré a manos llenas.
No sentiré frustración, pues
Él siempre me tendrá algo
mejor.
No sentiré rencores, pues mi Padre me
da amor en abundancia.
No temeré a la muerte y al dolor, pues
en esos momentos Él estará
más cerca de mí.
No temeré al mal, porque mi Padre me
ha dado la armadura de la fe para luchar.
Como hijo del Soberano, desterraré el
odio, la violencia y la mentira de mi
existencia.
Desterraré la avaricia y la codicia de
bienes que pronto acaban, así como la
tentación de inflarme con el orgullo y la
vanidad.
Desterraré la indiferencia para con
mis hermanos enfermos, presos o más
necesitados.
Evitaré criticar a mis hermanos, sobre
todo si no están presentes o no pueden
defenderse.
Sentiré compasión de mi
adversario y juzgaré a partir de lo bueno
y noble que haya en él.
Encerraré mi prepotencia en la
cárcel de la eternidad. Tomaré a
la humildad, a la fe, la esperanza y la caridad
como consejeras.
Amaré la Creación, sus plantas,
animales y tierra, como mi legado que son y
ejemplos para que yo imite a mi Padre como
Creador.
Defenderé la vida desde que se
concibe, pues es regalo y única
prerrogativa de mi Padre.
Celebraré cada vez que sepa del
nacimiento de un niño, pues mi Padre ha
vuelto a ser papá.
Cuando vea niños de la calle,
huelepega o pandilleros no los rehuiré,
sino que les regalaré aunque sea una
sonrisa, pues ellos tienen más derecho a
la herencia del Reino.
Repartiré sonrisas y parabienes a
quienes encuentre. Comprenderé los
corazones duros y trataré de sembrar y
regar en ellos la buena semilla con mi
testimonio.
No haré leña del árbol
caído, no escarneceré a quienes
han caído en desgracia, pues yo puedo ser
el próximo.
Respetaré a mis hermanos de otros
credos, pues me hace feliz que ellos adoren a mi
Padre, aunque no piensen igual que yo.
Pediré a mi Padre mucha inteligencia y
consejo para mis hermanos que gobiernan y para
quienes se les oponen.
Promoveré la justicia y la igualdad,
pues mi Padre nos ama a todos &emdash;ricos,
pobres, buenos, malos, santos, pecadores,
negros, blancos, feos y bonitos&emdash; sin
distinción.
Entenderé y ayudaré a mis
hermanos descarriados, pues son a los que
Él más espera.
Lucharé por la paz, no sólo de
mi espíritu y de mi familia, sino por la
del Reino entero.
Hoy y cada día del año me
sentiré el hijo del Rey...
Quiero estar siempre a sus pies, no como un
hijo mimado, sino como el último de sus
siervos...
¡Venga a nosotros tu Reino,
Señor!