Aníbal
J. Salazar
El historiador
gráfico de El Salvador
Desde la llegada al país de las
primeras máquinas para daguerrotipos, la
evolución de la fotografía
nacional ha tenido avances significativos en
tecnología y habilidades. Y ella se
refleja en los siguientes párrafos,
dedicados a un esbozo biográfico de uno
de los más importantes fotógrafos
salvadoreños del siglo XX.
Carlos
Cañas-Dinarte
E-mail.:
ccdinarte@elsalvador.com
Desde
mediados del siglo XIX, los productos
fotográficos y fílmicos se han
constituido en formas insuperables para fijar el
desarrollo de una sociedad y retratar su pulso y
sus personajes en momentos determinados de su
historia.
El Salvador no ha sido la excepción.
Desde 1867, extranjeros como Auguste Feusier,
Charles Dorat y Armand Harcq fotografiaban y
litografiaban el desarrollo
arquitectónico de la capital
salvadoreña, a la vez que dejaban
testimonio gráfico de la
devastación inflingida por el Gran
Terremoto de San José, ocurrido el 19 de
marzo de 1873.
Doce años más tarde, en 1885,
Benito Imery efectuaba jocosas tomas
fotográficas del presidente y general
Francisco Menéndez y el joven escritor
Francisco Gavidia hablaba del cine en una
sesión espiritista, cuando aún
faltaban siete años para que el primer
cinematógrafo fuera creado en
París por los hermanos
Lumière.
Un año antes de esa charla gavidiana,
en el hogar del doctor Emeterio Salazar y su
esposa Mercedes Serrano de Salazar fue recibido
un nuevo vástago, el cual recibió
el nombre de Aníbal J. Salazar
Serrano.
Advino al mundo en una mansión del
centro de San Salvador, donde por años
funcionó el ahora desaparecido Instituto
de Vivienda Urbana (IVU) y en la que aún
habitaban varios descendientes indirectos de los
hermanos, sacerdotes y próceres
independentistas Vicente, Nicolás y
Manuel Aguilar.
Escribiente y cajero
Durante su niñez y adolescencia,
Aníbal recibió conocimientos de
ciencias y letras en su propia casa, por lo que
no fue hasta los 14 años de edad que
ingresó al Liceo Salvadoreño,
fundado en 1881 y que para ese momento ocupaba
locales frente al portón central del
cuartel de la Policía Nacional (hoy sede
de la Policía Nacional Civil).
Inició sus estudios de secundaria en
el Instituto Nacional Central de Varones (ahora
llamado "Francisco Menéndez"), situado en
la manzana frente al costado poniente de la
Catedral de San Salvador.
Sin embargo, la muerte de su progenitor,
ocurrida en 1900, impidió que completara
su bachillerato y que las necesidades
económicas lo forzaran a buscar un
trabajo, con el cual contribuir con su
progenitora y con sus hermanos, César y
Emeterio Oscar.
Dotado de buena letra, aquel joven de 16
años fue contratado como escribiente en
el Juzgado Tercero de lo Laboral, conducido por
el doctor Casimiro Chica, quien ya
conocía al novel contratado, pues
había sido profesor suyo en el Liceo
Salvadoreño.
Poco tiempo después, Aníbal
abandonó ese empleo porque obtuvo el
nombramiento como oficinista y cajero en el
primer Banco Agrícola Comercial, donde
devengó por dos décadas un sueldo
mensual de treinta colones mensuales, los que le
alcanzaron para ayudar a salir adelante a su
familia.
El dinero también le permitió
comprar sus sombreros de paja, trajes de lana,
bastones... y su primera cámara
fotográfica: una Bull's Eye Kodak, de
cajón, que le compró al
comerciante Max Rosenblum junto con algunos
folletos para orientarse en los inicios de sus
labores entre las lentes, bromuros y
emulsiones.
Surge
el aficionado
La compra de esa primera máquina de
sus afanes e ilusiones debe haber ocurrido hacia
1903, pues entre agosto y octubre del año
siguiente se dedicó a fotografiar los
actos inaugurales y los distintos eventos que
hubo en la Finca Modelo (hoy Parque
Zoológico Nacional), donde tuvo lugar la
primera gran exposición nacional de
productos y la premiación de los primeros
juegos florales del país.
La serie completa de fotos de ese magno
acontecimiento le fue comprada por el coronel y
escritor festivo Luis "el Negro" Lagos y Lagos,
quien le canceló cien colones y
divulgó las fotos en diversas
publicaciones del gobierno.
Junto con él surgieron otros
fotógrafos e impulsores de las primeras
filmaciones nacionales. Entre ellos estaban
Felipe G. Viaud &endash;dueño de la casa
de empeños La Confianza-, Alfredo
Bustamante &endash;quien ocupó cargos
diplomáticos en Italia-, Alfredo Massi y
Virgilio Crisonino, quien con el tiempo
estableció su importante Estudio Iris y
filmó la primera película
salvadoreña, titulada "Aguilas
civilizadas" y que era una historia de amor
creada por el escritor José Llerena, cuya
única copia fue consumida en un incendio,
en 1928, cuando era proyectada en un cine de la
capital guatemalteca.
Con su cámara en mano, Aníbal
realizó algunas proezas con cierto toque
descabellado. Se destaca la vez en que, con
cuerdas y sin mayor protección en el
rostro, se amarró a la estructura de un
avión monomotor, para poder ser el
primero en lograr una fotografía
aérea de la ciudad de San Salvador.
Pero si la suerte buena lo perseguía
en las alturas, en la tierra estaba a merced de
los malos hados. En la noche del 22 de julio de
1920, un voraz incendio consumió al Banco
Agrícola Comercial, junto con el
almacén París Volcán, el
restaurante Lion D'Or y la casa comercial
Goldtree Liebes. La destrucción fue
total, al igual que la desolación y el
desempleo en que, de pronto, se encontró
aquel soltero hasta la muerte, ya cercano a los
40 años de edad.
De la suerte al campo profesional
Sin embargo, la buena fortuna le
sonrió a su hermano César cuando
un billete de lotería le otorgó la
inmensa suma de veinte mil colones, tan solo un
mes antes de que el propio Aníbal
resultara beneficiado con igual suma en el
siguiente sorteo. Con esa cifra en mano, el
inquieto señor pudo comprar el estudio
fotográfico y fílmico de Francisco
Fernández, importante porque su
dueño original filmó la llegada
del tren de San Miguel a San Salvador y se
convirtió así en el primer
"cineasta" salvadoreño.
Instalado sobre la sexta calle oriente y la
avenida 29 de agosto, a pocos metros de la
Iglesia del Calvario, Aníbal le
solicitó al comerciante Thomas Slater que
le consiguiera una lente fuerte en Alemania, con
la cual armó su propia cámara de
estudio, para efectuar retratos de parejas,
niños, reinas de belleza y
pájaros, de los cuales fue
apasionado.
En ese antiguo local de fachada verde, la luz
eléctrica y los flashes modernos eran
elementos que no tenían cabida, porque el
fotógrafo salvadoreño llegó
a dirigir la luz solar y a aprovecharla con
magníficos resultados. Además,
esta técnica personal lo obligó a
trabajar pocas horas al día, para dedicar
el resto a sus colecciones gráfica,
histórica, arqueológica y
bibliográfica.
Fruto de muchos esfuerzos y más de
cuarenta años de recopilación,
logró adquirir cientos de libros y
papeles sueltos, periódicos, medallas y
monedas antiguas, piezas arqueológicas de
distintos puntos del país &endash;que,
según quienes la vieron, hacía
palidecer a la del Museo Nacional-, espadas,
armas de fuego, troncos de árboles,
fotografías centroamericanas de corte
etnográfico y una inmensa variedad de
elementos de la historia salvadoreña
desde inicios del siglo XIX.
Pero lo más relevante de su
colección era su archivo gráfico y
fílmico, donde custodiaba trabajos
realizados por otras personas, como los dibujos
al crayón del fusilamiento de Gerardo
Barrios (1863), un hospital de sangre
establecido por el mariscal y presidente
Santiago González, el cliché del
nuevo edificio central de la Universidad
Nacional (1879) y las fotografías de la
erupción del Lago de Ilopango
(1879-1880), la muerte del mandatario
guatemalteco Justo Rufino Barrios en los campos
de Chalchuapa (1885), la edificación de
la segunda Catedral de San Salvador (1884-1888),
el entierro del presidente Francisco
Menéndez (junio de 1890), la
inauguración del Campo de Marte (1892) y
el derrocamiento de los hermanos Carlos y
Antonio Ezeta (1894).
Su
propia cámara fotográfica
también captó la
inauguración de la Sala Cuna (1904), el
incendio de la Iglesia del Calvario (1908), los
primeros automóviles en el país
(1909) y los iniciales accidentes de
tránsito (un Dodge de alquiler lanzado a
un barranco y Mauricio Duke, fallecido al
estrellarse su carro contra un camión),
la llegada del primer avión, tripulado
por el suizo Durafour (1912), la
proclamación como candidato presidencial
y el entierro del Dr. Manuel Enrique Araujo
(1913) y la juramentación de la bandera y
escudo nacionales (1912).
A esas placas y positivos sumó los de
la devastación producida por el terremoto
volcánico del 7 de junio de 1917, los
escombros humeantes de Casa Blanca o antiguo
Palacio del Ejecutivo (1918), la masacre de
mujeres manifestantes sobre la sexta calle
(1922), el aspecto de las avenidas y calles de
San Salvador, antes, durante y después de
las obras de pavimentación (1927),
Alberto Masferrer mientras pronuncia un
discurso, en apoyo a la campaña
presidencial del ingeniero Arturo Araujo (1931)
y cientos de actos más, entre
históricos y de la vida diaria, casi
todos ocurridos en esa "París chiquito"
que fue San Salvador durante la primera mitad de
la centuria pasada.
Pero sus cámaras de cine tampoco
estuvieron quietas. Con ellas filmó el
entierro del arzobispado Adolfo Pérez y
Aguilar, la ciudad de San Salvador (con una
cámara alemana Hernemann, amarrada al ala
de un avión gubernamental de dos
asientos, conducido por el francés
Durel), una semana deportiva en los tiempos
presidenciales del Dr. Alfonso
Quiñónez Molina, el incendio de la
Catedral metropolitana (1951) y muchos hechos y
eventos más.
¿Y qué pasó con su
archivo?
Aníbal J. Salazar falleció en
su ciudad natal, el miércoles 18 de
septiembre de 1957. En la tarde del jueves 19,
sus restos fueron conducidos y sepultados en el
Cementerio General de la capital, llorados por
unos cuantos familiares y por artículos
necrológicos aparecidos en El Diario de
Hoy, Diario Latino y La Prensa
Gráfica.
Su hermano, Oscar Emeterio, lo siguió
a la tumba a los pocos meses. Al igual que
Aníbal, este destacado profesional
reunió, en su residencia de la sexta
calle oriente y avenida Cuscatlán, una
profusa colección de piezas
arqueológicas e históricas, la
cual fue saqueada después del terremoto
del 10 de octubre de 1986, pues ambas casas
Salazar Serrano fueron destruidas por las
fuerzas telúricas, con lo que sus
interiores quedaron a merced de cualquier
persona.
De la colección del Dr. Salazar se
supo que algunos vendedores ambulantes la
ofrecieron por meses en las calles capitalinas.
Pero del archivo fílmico y
fotográfico de su hermano nada se sabe
hasta la fecha. Y, como puede advertirse, en la
actualidad constituiría un tesoro para
los historiadores, investigadores y el pueblo
salvadoreño en general, tan ávido
de conocer su pasado y tan privado de elementos
con los cuales realizar un viaje provechoso
hacia sus raíces.
A Aníbal J. Salazar ninguna
institución privada, gubernamental,
cultural, histórica o fotográfica
le ha hecho justicia ni le ha tributado
reconocimiento alguno. Por el momento,
reproducciones de sus fotos forman parte de un
volumen titulado "El Salvador ilustrado" (1930),
de 125 postales producidas con Alberto
Hellebuyck (1946-1995) y de sendos libros de
Gustavo Herodier y Stephen Grant, dedicados a
las historias de San Salvador y de las postales
salvadoreñas (1999). Pero sus valiosos
originales se encuentran en lugar desconocido,
quizá atesorados por algún celoso
coleccionista o, simplemente, perdidos para
siempre, a causa de la desidia humana o por la
acción de nuestra naturaleza
tropical.
Mientras no se esclarezca lo que
ocurrió con sus preciadas colecciones y
no se le rinda un merecido homenaje a este
salvadoreño pionero, retomaré una
feliz expresión del malogrado escritor y
periodista Manuel Aguilar Chávez y
proclamaré a Aníbal J. Salazar
como el "historiador gráfico de El
Salvador". ¡Ojalá que, de
aquí en adelante, su obra y su memoria
merezcan mejor trato por las nuevas generaciones
de hombres y mujeres dedicadas al arte de
Daguerre!