Lunes 24 de diciembre 2001



Aníbal J. Salazar
El historiador gráfico de El Salvador

Desde la llegada al país de las primeras máquinas para daguerrotipos, la evolución de la fotografía nacional ha tenido avances significativos en tecnología y habilidades. Y ella se refleja en los siguientes párrafos, dedicados a un esbozo biográfico de uno de los más importantes fotógrafos salvadoreños del siglo XX.

Carlos Cañas-Dinarte

E-mail.: ccdinarte@elsalvador.com

Desde mediados del siglo XIX, los productos fotográficos y fílmicos se han constituido en formas insuperables para fijar el desarrollo de una sociedad y retratar su pulso y sus personajes en momentos determinados de su historia.

El Salvador no ha sido la excepción. Desde 1867, extranjeros como Auguste Feusier, Charles Dorat y Armand Harcq fotografiaban y litografiaban el desarrollo arquitectónico de la capital salvadoreña, a la vez que dejaban testimonio gráfico de la devastación inflingida por el Gran Terremoto de San José, ocurrido el 19 de marzo de 1873.

Doce años más tarde, en 1885, Benito Imery efectuaba jocosas tomas fotográficas del presidente y general Francisco Menéndez y el joven escritor Francisco Gavidia hablaba del cine en una sesión espiritista, cuando aún faltaban siete años para que el primer cinematógrafo fuera creado en París por los hermanos Lumière.

Un año antes de esa charla gavidiana, en el hogar del doctor Emeterio Salazar y su esposa Mercedes Serrano de Salazar fue recibido un nuevo vástago, el cual recibió el nombre de Aníbal J. Salazar Serrano.

Advino al mundo en una mansión del centro de San Salvador, donde por años funcionó el ahora desaparecido Instituto de Vivienda Urbana (IVU) y en la que aún habitaban varios descendientes indirectos de los hermanos, sacerdotes y próceres independentistas Vicente, Nicolás y Manuel Aguilar.

Escribiente y cajero

Durante su niñez y adolescencia, Aníbal recibió conocimientos de ciencias y letras en su propia casa, por lo que no fue hasta los 14 años de edad que ingresó al Liceo Salvadoreño, fundado en 1881 y que para ese momento ocupaba locales frente al portón central del cuartel de la Policía Nacional (hoy sede de la Policía Nacional Civil).

Inició sus estudios de secundaria en el Instituto Nacional Central de Varones (ahora llamado "Francisco Menéndez"), situado en la manzana frente al costado poniente de la Catedral de San Salvador.

Sin embargo, la muerte de su progenitor, ocurrida en 1900, impidió que completara su bachillerato y que las necesidades económicas lo forzaran a buscar un trabajo, con el cual contribuir con su progenitora y con sus hermanos, César y Emeterio Oscar.

Dotado de buena letra, aquel joven de 16 años fue contratado como escribiente en el Juzgado Tercero de lo Laboral, conducido por el doctor Casimiro Chica, quien ya conocía al novel contratado, pues había sido profesor suyo en el Liceo Salvadoreño.

Poco tiempo después, Aníbal abandonó ese empleo porque obtuvo el nombramiento como oficinista y cajero en el primer Banco Agrícola Comercial, donde devengó por dos décadas un sueldo mensual de treinta colones mensuales, los que le alcanzaron para ayudar a salir adelante a su familia.

El dinero también le permitió comprar sus sombreros de paja, trajes de lana, bastones... y su primera cámara fotográfica: una Bull's Eye Kodak, de cajón, que le compró al comerciante Max Rosenblum junto con algunos folletos para orientarse en los inicios de sus labores entre las lentes, bromuros y emulsiones.

Surge el aficionado

La compra de esa primera máquina de sus afanes e ilusiones debe haber ocurrido hacia 1903, pues entre agosto y octubre del año siguiente se dedicó a fotografiar los actos inaugurales y los distintos eventos que hubo en la Finca Modelo (hoy Parque Zoológico Nacional), donde tuvo lugar la primera gran exposición nacional de productos y la premiación de los primeros juegos florales del país.

La serie completa de fotos de ese magno acontecimiento le fue comprada por el coronel y escritor festivo Luis "el Negro" Lagos y Lagos, quien le canceló cien colones y divulgó las fotos en diversas publicaciones del gobierno.

Junto con él surgieron otros fotógrafos e impulsores de las primeras filmaciones nacionales. Entre ellos estaban Felipe G. Viaud &endash;dueño de la casa de empeños La Confianza-, Alfredo Bustamante &endash;quien ocupó cargos diplomáticos en Italia-, Alfredo Massi y Virgilio Crisonino, quien con el tiempo estableció su importante Estudio Iris y filmó la primera película salvadoreña, titulada "Aguilas civilizadas" y que era una historia de amor creada por el escritor José Llerena, cuya única copia fue consumida en un incendio, en 1928, cuando era proyectada en un cine de la capital guatemalteca.

Con su cámara en mano, Aníbal realizó algunas proezas con cierto toque descabellado. Se destaca la vez en que, con cuerdas y sin mayor protección en el rostro, se amarró a la estructura de un avión monomotor, para poder ser el primero en lograr una fotografía aérea de la ciudad de San Salvador.

Pero si la suerte buena lo perseguía en las alturas, en la tierra estaba a merced de los malos hados. En la noche del 22 de julio de 1920, un voraz incendio consumió al Banco Agrícola Comercial, junto con el almacén París Volcán, el restaurante Lion D'Or y la casa comercial Goldtree Liebes. La destrucción fue total, al igual que la desolación y el desempleo en que, de pronto, se encontró aquel soltero hasta la muerte, ya cercano a los 40 años de edad.

De la suerte al campo profesional

Sin embargo, la buena fortuna le sonrió a su hermano César cuando un billete de lotería le otorgó la inmensa suma de veinte mil colones, tan solo un mes antes de que el propio Aníbal resultara beneficiado con igual suma en el siguiente sorteo. Con esa cifra en mano, el inquieto señor pudo comprar el estudio fotográfico y fílmico de Francisco Fernández, importante porque su dueño original filmó la llegada del tren de San Miguel a San Salvador y se convirtió así en el primer "cineasta" salvadoreño.

Instalado sobre la sexta calle oriente y la avenida 29 de agosto, a pocos metros de la Iglesia del Calvario, Aníbal le solicitó al comerciante Thomas Slater que le consiguiera una lente fuerte en Alemania, con la cual armó su propia cámara de estudio, para efectuar retratos de parejas, niños, reinas de belleza y pájaros, de los cuales fue apasionado.

En ese antiguo local de fachada verde, la luz eléctrica y los flashes modernos eran elementos que no tenían cabida, porque el fotógrafo salvadoreño llegó a dirigir la luz solar y a aprovecharla con magníficos resultados. Además, esta técnica personal lo obligó a trabajar pocas horas al día, para dedicar el resto a sus colecciones gráfica, histórica, arqueológica y bibliográfica.

Fruto de muchos esfuerzos y más de cuarenta años de recopilación, logró adquirir cientos de libros y papeles sueltos, periódicos, medallas y monedas antiguas, piezas arqueológicas de distintos puntos del país &endash;que, según quienes la vieron, hacía palidecer a la del Museo Nacional-, espadas, armas de fuego, troncos de árboles, fotografías centroamericanas de corte etnográfico y una inmensa variedad de elementos de la historia salvadoreña desde inicios del siglo XIX.

Pero lo más relevante de su colección era su archivo gráfico y fílmico, donde custodiaba trabajos realizados por otras personas, como los dibujos al crayón del fusilamiento de Gerardo Barrios (1863), un hospital de sangre establecido por el mariscal y presidente Santiago González, el cliché del nuevo edificio central de la Universidad Nacional (1879) y las fotografías de la erupción del Lago de Ilopango (1879-1880), la muerte del mandatario guatemalteco Justo Rufino Barrios en los campos de Chalchuapa (1885), la edificación de la segunda Catedral de San Salvador (1884-1888), el entierro del presidente Francisco Menéndez (junio de 1890), la inauguración del Campo de Marte (1892) y el derrocamiento de los hermanos Carlos y Antonio Ezeta (1894).

Su propia cámara fotográfica también captó la inauguración de la Sala Cuna (1904), el incendio de la Iglesia del Calvario (1908), los primeros automóviles en el país (1909) y los iniciales accidentes de tránsito (un Dodge de alquiler lanzado a un barranco y Mauricio Duke, fallecido al estrellarse su carro contra un camión), la llegada del primer avión, tripulado por el suizo Durafour (1912), la proclamación como candidato presidencial y el entierro del Dr. Manuel Enrique Araujo (1913) y la juramentación de la bandera y escudo nacionales (1912).

A esas placas y positivos sumó los de la devastación producida por el terremoto volcánico del 7 de junio de 1917, los escombros humeantes de Casa Blanca o antiguo Palacio del Ejecutivo (1918), la masacre de mujeres manifestantes sobre la sexta calle (1922), el aspecto de las avenidas y calles de San Salvador, antes, durante y después de las obras de pavimentación (1927), Alberto Masferrer mientras pronuncia un discurso, en apoyo a la campaña presidencial del ingeniero Arturo Araujo (1931) y cientos de actos más, entre históricos y de la vida diaria, casi todos ocurridos en esa "París chiquito" que fue San Salvador durante la primera mitad de la centuria pasada.

Pero sus cámaras de cine tampoco estuvieron quietas. Con ellas filmó el entierro del arzobispado Adolfo Pérez y Aguilar, la ciudad de San Salvador (con una cámara alemana Hernemann, amarrada al ala de un avión gubernamental de dos asientos, conducido por el francés Durel), una semana deportiva en los tiempos presidenciales del Dr. Alfonso Quiñónez Molina, el incendio de la Catedral metropolitana (1951) y muchos hechos y eventos más.

¿Y qué pasó con su archivo?

Aníbal J. Salazar falleció en su ciudad natal, el miércoles 18 de septiembre de 1957. En la tarde del jueves 19, sus restos fueron conducidos y sepultados en el Cementerio General de la capital, llorados por unos cuantos familiares y por artículos necrológicos aparecidos en El Diario de Hoy, Diario Latino y La Prensa Gráfica.

Su hermano, Oscar Emeterio, lo siguió a la tumba a los pocos meses. Al igual que Aníbal, este destacado profesional reunió, en su residencia de la sexta calle oriente y avenida Cuscatlán, una profusa colección de piezas arqueológicas e históricas, la cual fue saqueada después del terremoto del 10 de octubre de 1986, pues ambas casas Salazar Serrano fueron destruidas por las fuerzas telúricas, con lo que sus interiores quedaron a merced de cualquier persona.

De la colección del Dr. Salazar se supo que algunos vendedores ambulantes la ofrecieron por meses en las calles capitalinas. Pero del archivo fílmico y fotográfico de su hermano nada se sabe hasta la fecha. Y, como puede advertirse, en la actualidad constituiría un tesoro para los historiadores, investigadores y el pueblo salvadoreño en general, tan ávido de conocer su pasado y tan privado de elementos con los cuales realizar un viaje provechoso hacia sus raíces.

A Aníbal J. Salazar ninguna institución privada, gubernamental, cultural, histórica o fotográfica le ha hecho justicia ni le ha tributado reconocimiento alguno. Por el momento, reproducciones de sus fotos forman parte de un volumen titulado "El Salvador ilustrado" (1930), de 125 postales producidas con Alberto Hellebuyck (1946-1995) y de sendos libros de Gustavo Herodier y Stephen Grant, dedicados a las historias de San Salvador y de las postales salvadoreñas (1999). Pero sus valiosos originales se encuentran en lugar desconocido, quizá atesorados por algún celoso coleccionista o, simplemente, perdidos para siempre, a causa de la desidia humana o por la acción de nuestra naturaleza tropical.

Mientras no se esclarezca lo que ocurrió con sus preciadas colecciones y no se le rinda un merecido homenaje a este salvadoreño pionero, retomaré una feliz expresión del malogrado escritor y periodista Manuel Aguilar Chávez y proclamaré a Aníbal J. Salazar como el "historiador gráfico de El Salvador". ¡Ojalá que, de aquí en adelante, su obra y su memoria merezcan mejor trato por las nuevas generaciones de hombres y mujeres dedicadas al arte de Daguerre!


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