Lunes 24 de diciembre 2001


Ante la Navidad
Un hombre para toda época
Luis Fernández Cuervo* 

Esta noche los ángeles anunciarán en Belén a unos sencillos pastores que les ha nacido el Mesías, el Salvador de todo hombre. Y a continuación elevarán su canto diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad".

Ese tipo de hombres -hombres de buena voluntad-son los que el mundo necesita ahora, en esta Navidad ensombrecida por la guerra y la violencia en Tierra Santa. Hombres de buena voluntad para hoy, para el futuro y para siempre. Hombres que siembran amor, concordia, comprensión, entendimiento, sabiduría y paz. No son frecuentes. Por eso nuestro mundo sigue enfermo. No son frecuentes esos hombres que unen en vez de dividir, que aman en vez de odiar, pero yo tuve la suerte de conocer a uno de ellos.

Fue un hombre que nació y murió en el pasado siglo XX, pero del cual se pudo decir que pertenecía a esa clase de hombres universales, que "nacen como hijos de su tiempo pero lo trascienden. Porque poseen el don de encarnar radicalmente el espíritu evangélico, con una vigencia y efectividad que atraviesa todas las edades y latitudes… un alma selecta que, por la dedicación de su vida y la universalidad de su enseñanza, es ya modelo para todos nosotros (Franz Koenig, card.)".

Un hombre que enseñó siempre que el signo cristiano de la cruz era también el signo aritmético de sumar, de unir. Un hombre que supo perdonar siempre con una sonrisa -y a veces fue calumniado duramente-, sin el menor asomo de rencor. Un hombre del cual nadie escuchó de sus labios una palabra de crítica o de ataque, ni siquiera en defensa propia.

Un hombre al que le repugnaba toda discriminación racial, social o cultural, todo odio y fanatismo y también toda esa frecuente y poderosa manipulación masificadora, embrutecedora, tan de nuestro tiempo. "No hay más que una raza en la tierra:" -solía decir- "la raza de los hijos de Dios". "¡No pueden tratarse las almas en masa! No es lícito ofender la dignidad humana y la dignidad de hijo de Dios, no acudiendo personalmente a cada uno… porque cada alma es un tesoro maravilloso: cada hombre es único, insustituible. Cada uno vale toda la sangre de Cristo".

Fue alguien que, dentro de su optimismo inquebrantable, pudo decir, echando una mirada conmovida a su alrededor, que "se comprenden muy bien la impaciencia, la angustia, los deseos inquietos de quienes, con un alma naturalmente cristiana, no se resignan ante la injusticia personal y social que puede crear el corazón humano. Tantos siglos de convivencia entre los hombres y todavía tanto odio, tanta destrucción, tanto fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y en corazones que no quieren amar".

Un hombre que se hizo sacerdote para estar más disponible a lo que Dios le pidiera y que entendió su ministerio sacerdotal con una perenne disposición cordial, con ambos brazos abiertos &emdash;"como Jesucristo en la cruz"&emdash; para recibir a todos, para servir a todos, respetando y defendiendo la dignidad humana de todos.

Tuvo, entre sus muchas cualidades humanas y espirituales, un decidido y muy certero amor a la libertad personal, de hondura teológica que le llevó a decir: "En esa tarea que va realizando en el mundo, Dios ha querido que seamos cooperadores suyos, ha querido correr el riesgo de nuestra libertad. Me llega a lo hondo del alma contemplar la figura de Jesús nacido en Belén: un niño indefenso, inerme, incapaz de ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de los hombres, se acerca y se abaja hasta nosotros". Pero insistía también en el aspecto civil de "defender la libertad personal de todos, sabiendo que Jesucristo es el que nos ha adquirido esa libertad; si no actuamos así, ¿con qué derecho reclamaremos la nuestra?

Debemos difundir también la verdad, porque… la verdad nos libera, mientras que la ignorancia esclaviza. Hemos de sostener el derecho de todos los hombres a vivir, a poseer lo necesario para llevar una existencia digna, a trabajar y a descansar, a elegir estado, a formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro del matrimonio y poder educarlos, a pasar serenamente el tiempo de enfermedad o de la vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con los demás ciudadanos para alcanzar fines lícitos".

Este hombre fue Josemaría Escrivá de Balaguer, español universal, fundador del Opus Dei y precursor del Concilio Vaticano II por su decidido amor a la libertad, su llamada universal a la santidad, su doctrina de la santificación del trabajo y de la vida ordinaria y del papel decisivo del apostolado de los laicos en la misión de la Iglesia.

No es extraño entonces que su obra, el Opus Dei, cuando pronto se cumpla el centenario del nacimiento de su fundador (el 9 de enero del 2002), se haya extendido por los cinco continentes y cuente entre sus miembros con una multitud de gente de muy diversos países, razas, profesiones, estados civiles y condiciones sociales. Y que entre sus cooperadores no católicos, haya no sólo cristianos de otras confesiones, sino también judíos, musulmanes y gente sin religión alguna pero que entienden que esa obra es una labor que difunde, con paz y alegría, valores muy positivos, labores fructíferas de promoción social abierta a todos, sin ser antinada, tratando de "ahogar el mal en abundancia de bien" y atrayendo a todas las personas de buena voluntad.


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