Ante la
Navidad
Un hombre para toda
época
Luis
Fernández Cuervo*
Esta noche los ángeles
anunciarán en Belén a unos
sencillos pastores que les ha nacido el
Mesías, el Salvador de todo hombre. Y a
continuación elevarán su canto
diciendo: "Gloria a Dios en las alturas y paz en
la tierra a los hombres de buena voluntad".
Ese tipo de hombres -hombres de buena
voluntad-son los que el mundo necesita ahora, en
esta Navidad ensombrecida por la guerra y la
violencia en Tierra Santa. Hombres de buena
voluntad para hoy, para el futuro y para
siempre. Hombres que siembran amor, concordia,
comprensión, entendimiento,
sabiduría y paz. No son frecuentes. Por
eso nuestro mundo sigue enfermo. No son
frecuentes esos hombres que unen en vez de
dividir, que aman en vez de odiar, pero yo tuve
la suerte de conocer a uno de ellos.
Fue un hombre que nació y murió
en el pasado siglo XX, pero del cual se pudo
decir que pertenecía a esa clase de
hombres universales, que "nacen como hijos de su
tiempo pero lo trascienden. Porque poseen el don
de encarnar radicalmente el espíritu
evangélico, con una vigencia y
efectividad que atraviesa todas las edades y
latitudes
un alma selecta que, por la
dedicación de su vida y la universalidad
de su enseñanza, es ya modelo para todos
nosotros (Franz Koenig, card.)".
Un hombre que enseñó siempre
que el signo cristiano de la cruz era
también el signo aritmético de
sumar, de unir. Un hombre que supo perdonar
siempre con una sonrisa -y a veces fue
calumniado duramente-, sin el menor asomo de
rencor. Un hombre del cual nadie escuchó
de sus labios una palabra de crítica o de
ataque, ni siquiera en defensa propia.
Un hombre al que le repugnaba toda
discriminación racial, social o cultural,
todo odio y fanatismo y también toda esa
frecuente y poderosa manipulación
masificadora, embrutecedora, tan de nuestro
tiempo. "No hay más que una raza en la
tierra:" -solía decir- "la raza de los
hijos de Dios". "¡No pueden tratarse las
almas en masa! No es lícito ofender la
dignidad humana y la dignidad de hijo de Dios,
no acudiendo personalmente a cada uno
porque cada alma es un tesoro maravilloso: cada
hombre es único, insustituible. Cada uno
vale toda la sangre de Cristo".
Fue alguien que, dentro de su optimismo
inquebrantable, pudo decir, echando una mirada
conmovida a su alrededor, que "se comprenden muy
bien la impaciencia, la angustia, los deseos
inquietos de quienes, con un alma naturalmente
cristiana, no se resignan ante la injusticia
personal y social que puede crear el
corazón humano. Tantos siglos de
convivencia entre los hombres y todavía
tanto odio, tanta destrucción, tanto
fanatismo acumulado en ojos que no quieren ver y
en corazones que no quieren amar".
Un hombre que se hizo sacerdote para estar
más disponible a lo que Dios le pidiera y
que entendió su ministerio sacerdotal con
una perenne disposición cordial, con
ambos brazos abiertos &emdash;"como Jesucristo
en la cruz"&emdash; para recibir a todos, para
servir a todos, respetando y defendiendo la
dignidad humana de todos.
Tuvo, entre sus muchas cualidades humanas y
espirituales, un decidido y muy certero amor a
la libertad personal, de hondura
teológica que le llevó a decir:
"En esa tarea que va realizando en el mundo,
Dios ha querido que seamos cooperadores suyos,
ha querido correr el riesgo de nuestra libertad.
Me llega a lo hondo del alma contemplar la
figura de Jesús nacido en Belén:
un niño indefenso, inerme, incapaz de
ofrecer resistencia. Dios se entrega en manos de
los hombres, se acerca y se abaja hasta
nosotros". Pero insistía también
en el aspecto civil de "defender la libertad
personal de todos, sabiendo que Jesucristo es el
que nos ha adquirido esa libertad; si no
actuamos así, ¿con qué
derecho reclamaremos la nuestra?
Debemos difundir también la verdad,
porque
la verdad nos libera, mientras que
la ignorancia esclaviza. Hemos de sostener el
derecho de todos los hombres a vivir, a poseer
lo necesario para llevar una existencia digna, a
trabajar y a descansar, a elegir estado, a
formar un hogar, a traer hijos al mundo dentro
del matrimonio y poder educarlos, a pasar
serenamente el tiempo de enfermedad o de la
vejez, a acceder a la cultura, a asociarse con
los demás ciudadanos para alcanzar fines
lícitos".
Este hombre fue Josemaría
Escrivá de Balaguer, español
universal, fundador del Opus Dei y precursor del
Concilio Vaticano II por su decidido amor a la
libertad, su llamada universal a la santidad, su
doctrina de la santificación del trabajo
y de la vida ordinaria y del papel decisivo del
apostolado de los laicos en la misión de
la Iglesia.
No es extraño entonces que su obra, el
Opus Dei, cuando pronto se cumpla el centenario
del nacimiento de su fundador (el 9 de enero del
2002), se haya extendido por los cinco
continentes y cuente entre sus miembros con una
multitud de gente de muy diversos países,
razas, profesiones, estados civiles y
condiciones sociales. Y que entre sus
cooperadores no católicos, haya no
sólo cristianos de otras confesiones,
sino también judíos, musulmanes y
gente sin religión alguna pero que
entienden que esa obra es una labor que difunde,
con paz y alegría, valores muy positivos,
labores fructíferas de promoción
social abierta a todos, sin ser antinada,
tratando de "ahogar el mal en abundancia de
bien" y atrayendo a todas las personas de buena
voluntad.