Sábado 22 de diciembre 2001



Desolación y tristeza en Buenos Aires

Aun bajo los efectos de un estallido social, con un futuro político incierto y su economía destruida, la Argentina se asemejaba el viernes a una postal de la desolación y la tristeza

BUENOS AIRES
SERVICIOS CABLEGRAFICOS.-

Una extraña tranquilidad vivía la capital argentina ayer, tras la ola de muerte y destrucción que la asoló un día antes y que precipitó la caída del presidente Fernando de la Rúa.

Aunque el gobierno había dado asueto a la administración pública, los bancos funcionaban con algunas limitaciones por un feriado financiero y los porteños caminaban despreocupados por veredas inundadas con restos de vidrios y barricadas, mientras aún flotaba en el ambiente un penetrante olor a quemado.

"Ahí frente murió un hombre de un balazo", comentó Manuel Domínguez, propietario del céntrico restaurante London City, cuyas ventanas sufrieron el rigor de la protesta.

Los incidentes en Buenos Aires, donde la policía reprimió violentamente, provocaron al menos cinco muertos por heridas de bala, que se sumaron a las 22 víctimas fatales que dejaron en todo el país el miércoles la peor ola de saqueos a comercios y supermercados.

"Son unos miserables, les encanta destruir. En vez de hambre por comida, tienen hambre de destrucción", reclamaba una indignada mujer frente a una oficina del banco local privado Comafi, saqueada e incendiada a metros del palacio presidencial.

Como la gran mayoría de los argentinos, la mujer estuvo el jueves pendiente frente a la televisión, observando las dantescas imágenes de dos bancos ardiendo en el centro de Buenos Aires y miles de manifestantes chocando con la policía en los alrededores del palacio presidencial al grito de "abajo De la Rúa". Pero, tras la tormenta vino la calma.

"Esto es como un parto, después del dolor vendrá el resurgimiento", comentó el resignado director de la aerolínea local Dinar, José Luis Devoto, cuyas oficinas fueron destruidas.

"Creo que la gente tenía razones para protestar, aunque evidentemente no para hacer esto", agregó.

A una cuadra de allí, el anciano dueño de un puesto de diarios intentaba remover con una escoba los restos de metal calcinado.

''Perdóneme, pero no tengo fuerzas para hablar'', alcanzó a decir entre lágrimas.

Buenos Aires parecía un campo de batalla abandonado, donde el espíritu navideño desaparecía entre el humo.


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