Desolación y
tristeza en Buenos Aires
Aun bajo los efectos de un estallido
social, con un futuro político incierto y
su economía destruida, la Argentina se
asemejaba el viernes a una postal de la
desolación y la tristeza
- BUENOS
AIRES
- SERVICIOS
CABLEGRAFICOS.-
Una
extraña tranquilidad vivía la
capital argentina ayer, tras la ola de muerte y
destrucción que la asoló un
día antes y que precipitó la
caída del presidente Fernando de la
Rúa.
Aunque el gobierno había dado asueto a
la administración pública, los
bancos funcionaban con algunas limitaciones por
un feriado financiero y los porteños
caminaban despreocupados por veredas inundadas
con restos de vidrios y barricadas, mientras
aún flotaba en el ambiente un penetrante
olor a quemado.
"Ahí frente murió un hombre de
un balazo", comentó Manuel
Domínguez, propietario del
céntrico restaurante London City, cuyas
ventanas sufrieron el rigor de la protesta.
Los incidentes en Buenos Aires, donde la
policía reprimió violentamente,
provocaron al menos cinco muertos por heridas de
bala, que se sumaron a las 22 víctimas
fatales que dejaron en todo el país el
miércoles la peor ola de saqueos a
comercios y supermercados.
"Son unos miserables, les encanta destruir.
En vez de hambre por comida, tienen hambre de
destrucción", reclamaba una indignada
mujer frente a una oficina del banco local
privado Comafi, saqueada e incendiada a metros
del palacio presidencial.
Como la gran mayoría de los
argentinos, la mujer estuvo el jueves pendiente
frente a la televisión, observando las
dantescas imágenes de dos bancos ardiendo
en el centro de Buenos Aires y miles de
manifestantes chocando con la policía en
los alrededores del palacio presidencial al
grito de "abajo De la Rúa". Pero, tras la
tormenta vino la calma.
"Esto es como un parto, después del
dolor vendrá el resurgimiento",
comentó el resignado director de la
aerolínea local Dinar, José Luis
Devoto, cuyas oficinas fueron destruidas.
"Creo que la gente tenía razones para
protestar, aunque evidentemente no para hacer
esto", agregó.
A una cuadra de allí, el anciano
dueño de un puesto de diarios intentaba
remover con una escoba los restos de metal
calcinado.
''Perdóneme, pero no tengo fuerzas
para hablar'', alcanzó a decir entre
lágrimas.
Buenos Aires parecía un campo de
batalla abandonado, donde el espíritu
navideño desaparecía entre el
humo.