El fin de la
convertibilidad
Fracasó el modelo que muchos
creyeron ideal para brindar estabilidad
económica. Un triste final para Domingo
Cavallo
- Antonio
Trujillo
- El Diario
de Hoy
La
convertibilidad, el producto estrella del modelo
económico que durante diez años se
aplicó en Argentina, se colocó
ayer a las puertas del cementerio, en medio de
un estruendoso fracaso, que arrastró a su
creador, el superministro Domingo Cavallo.
Y no sólo hundió a Cavallo,
sino a todo el gobierno de Fernando de la
Rúa, quien se vio obligado a renunciar
ante el evidente estado de ingobernabilidad en
que se encontraba.
La convertibilidad fue la creación de
la que más se enorgulleció
Argentina en la década de los 90, cuando
empezó a operar bajo el gobierno de
Carlos Menem.
Concebida como la fórmula
mágica para evitar la devaluación,
frenar la inflación e inducir la
estabilida d macroeconómica, la
convertibilidad colocó al peso argentino
en una paridad inmodificable de uno a uno con el
dólar estadounidense.
La "caja"
Para garantizar la vigencia de esa paridad,
el Banco Central estaba obligado a vigilar que
en la economía argentina circularan por
igual pesos y dólares.
En la medida en que a la economía
entraran dólares, el Banco debía
hacer circular pesos en igual proporción.
Y si, al contrario, salían del
país dólares, tenía que
contraer el circulante en moneda local.
La inflación se frenó, pero
antes de ello los precios habían llegado
a tal magnitud, que Buenos Aires se
convirtió, de lejos, en la ciudad
más cara de Latinoamérica.
También se espantó el fantasma
de la devaluación, ya que la tasa de
cambio era inmodificable. Pero el sistema no
garantizaba una protección contra crisis
cambiarias en otros países.
Cavallo paseó por América
Latina exponiendo las bondades de su modelo, y
cautivó a políticos y economistas
que empezaron a hacer coro a las bondades de su
sistema.
Los postulados de Cavallo sirvieron de
máximo argumento a la corriente de
fanáticos de la dolarización, que
hicieron del argentino, uno de sus
ídolos.
Bases débiles
Pero aunque se suponía que era el
sistema cambiario ideal, su permeabilidad a la
crisis cambiaria brasileña de febrero de
1999 dejó en evidencia que no brindaba
competitividad a las exportaciones y en cambio
era ideal para favorecer las importaciones. Y
era ideal también para endeudarse en
dólares.
La deuda se acumuló a lo largo de los
años de la orgullosa "paridad uno a uno"
y llegó a los $132,000 millones, una suma
inimaginable, la cual ningún argentino
sabe cómo se pagará.
Tampoco pudo la convertibilidad servir de
estímulo a la producción. Creer
que sólo con la política de no
devaluar era suficiente para que la empresa
privada se sintiera en un paraíso fue un
craso error
Pensar que la caída de las tasas de
interés, causada por la
dolarización del crédito, era la
panacea para estimular la actividad productiva y
por ende, el empleo, fue una ilusión que
la realidad fue destruyendo poco a poco.
Al final, se comprobó que de nada vale
no tener inflación si no hay
creación de empleo y si el país no
sabe cómo hacer para que su
economía crezca.
El orgullo de creer que pagar en
dólares en los supermercados es
símbolo de desarrollo y de "estabilidad"
es una falsa premisa que la realidad de la
economía se encargó de
desmentir.
Cavallo salió del gobierno de Menem
con el prestigio de ser el economista más
brillante de todos los tiempos en Argentina. Era
el hombre que con su "caja de convertibilidad"
había colocado al país a las
puertas del Primer Mundo.
Del gobierno de de la Rúa salió
ayer casi que a escondidas, odiado por sus
antiguos admiradores y con su teoría
cambiaria hecha añicos.
En la agonía de su gestión,
imploró al Fondo Monetario Internacional
por más ayuda. Fue en vano. Incluso ayer,
apresuradamente, ese organismo se
apresuró a decir que no tenía nada
que ver con la crisis argen tina.
Bajo la presión de los retiros masivos
de dinero de los bancos, el superministro
ideó la última de sus
fórmulas mágicas: limitar las
cantidades que la ciudadanía podía
retirar de sus cuentas. Con esa medida
prendió la mecha que haría
estallar una economía sin salida.