Viernes 21 de diciembre 2001


El traspaso de la Hacienda

Era una especie de Doña Bárbara, pero en la política salvadoreña. A pesar que el mandamás de la Hacienda nunca le tuvo confianza (era machista hasta los tuétanos), ella logró escalar posiciones de poder.

Luis Laínez

Bueno, la verdad es que no sólo tenía a favor la voluntad inquebrantable, el ánimo exultante y la fuerza de activista.

También tenía enormes recursos económicos, heredados de un pasado humeante y servido en taza, una hacienda real.

Estaba antes que surgiera la Hacienda, y su firma, claro está, estaba de entre las fundadoras.

Para evitarse confrontaciones, el líder la envió a la Casa del Pueblo. Ahí permaneció más de tres lustros seguidos.

En el penúltimo período tuvo todo en la bolsa.

Dirigía la Hacienda y a la Casa del Pueblo con voluntad férrea, gracias a que el conejo comerciante se encontró en un encrucijada y depositó en ella el regentazgo.

Era tal su habilidad de convencimiento que logró que la mayor organización de colonos se rompiera en dos pedazos.

Con el trozo más pequeño logró sacó del hoyo financiero a la Asociación de Haciendas. Hundió a sus colonos amigos, pero después hizo que una pequeña finca los acogiera en una extraña alianza, para evitar que murieran por no tener nada que llevarse a la boca).

Los colonos de la casa del pueblo temían su ferocidad y la forma de dar órdenas.

- ¡Cree que está en su propia hacienda! -exclamaban por lo bajo.

Y así era.

En mal momento. A pesar de haber puesto a sus amigas en candidaturas seguras (¡hombre!, ¡esto se trata de fomentar la participación femenina!), la hacienda perdió una docena de socios de la casa del Pueblo.

Y le echaron la culpa. De ser la propietaria de la Hacienda pasó a ser una capataz sin nadie a cargo.

Los que antes, literalmente, comieron de su mano se convirtieron en sus enemigos.

Uno de ellos, que luego se convirtió en gerente interino de la Hacienda, le llegó a decir en la Casa del Pueblo que ella no representaba al grupo.

Esas y otras cosas empezaron a hartarla, sobre todo porque la Hacienda ya no tenía el mismo método de trabajo.

Hizo su esfuerzo para que todo volviera a ser como antes, como cuando ella y otros 32 fundaron la Hacienda. Pero no le hicieron caso.

Así que compró una finca.

- ¡Eso sí, me devuelven la casa que les presté durante 20 años! -amenazó.


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