Jueves 20 de diciembre 2001


El señor de los anillos

Esta es una historia de poder. Es una historia de la influencia que ejerce el poder sobre los pobres mortales. Quien tiene el anillo del poder, es seducido hasta olvidar si sus intenciones eran buenas o malas cuando decidió colocárselo.

Erick Lemus

Esta es la historia del buen joven que olvidó sus orígenes informativos y -una vez asió el anillo del poder- creyó que tenía la prensa en la palma de su mano. Su nombre es tan familiar y tan cercano como Roberto, José, Manuel o Carlos.

El joven que asió el anillo, sin embargo, al saber el poder que tenía entre sus dedos prefirió ceder a las tentaciones délficas y siniestras.

Con una voz sigilosa amenazaba y señalaba y profesaba malos augurios contra aquellos que hoy tenían la desdicha o la fortuna (según el cristal con que se mire) de escribir frente a una hoja en blanco o la pantalla de ordenador (según la época con que se mire).

Quien había forjado esta pieza de oro, sabía que nadie podría fundirlo y desaparecerlo de la faz de la tierra. Estaba hecho de oro, pero no de un oro común.

La leyenda rezaba que solo el fuego de los dragones era capaz de fundir y consumir el anillo del poder. Pero eso es imposible en estos tiempos irreverentes, donde el espíritu del Cipitío, el Justo Juez de la Noche, la Siguanaba y el Dragón de Suchitoto son vanos fantasmas.

Por eso es que cuando el joven señor de los anillos quiso desprenderse de la arrogancia, de la prepotencia, del absolutismo que le confería el cargo que ostentaba no pudo hacerlo.

Bajo el vértice de su nariz, lo único que observaba era a un grupo de pobres escribanos, mal asalariados, mal alimentados que decían haber encontrado la verdad y que juraban defenderla a pesar de las consecuencias terribles.

Al final, el poder cegó a quien lo poseía y lo carcomió hasta que no dejó huella de sus habilidades y atributos intelectuales. Su vida se convirtió en una lástima viviente porque ni las sedas ni los encajes más tersos y fragantes le devolvieron su espíritu original.

El día que se colocó el anillo del poder lo hizo en el mismo dedo con el cual, después, señalaba a sus semejantes; tarde se dio cuenta que su dedo apuntaba a su reflejo.


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