El señor de
los anillos
Esta es una historia de poder. Es una
historia de la influencia que ejerce el poder
sobre los pobres mortales. Quien tiene el anillo
del poder, es seducido hasta olvidar si sus
intenciones eran buenas o malas cuando
decidió colocárselo.
Erick
Lemus
Esta es la historia del buen joven que
olvidó sus orígenes informativos y
-una vez asió el anillo del poder-
creyó que tenía la prensa en la
palma de su mano. Su nombre es tan familiar y
tan cercano como Roberto, José, Manuel o
Carlos.
El joven que asió el anillo, sin
embargo, al saber el poder que tenía
entre sus dedos prefirió ceder a las
tentaciones délficas y siniestras.
Con una voz sigilosa amenazaba y
señalaba y profesaba malos augurios
contra aquellos que hoy tenían la
desdicha o la fortuna (según el cristal
con que se mire) de escribir frente a una hoja
en blanco o la pantalla de ordenador
(según la época con que se
mire).
Quien había forjado esta pieza de oro,
sabía que nadie podría fundirlo y
desaparecerlo de la faz de la tierra. Estaba
hecho de oro, pero no de un oro
común.
La leyenda rezaba que solo el fuego de los
dragones era capaz de fundir y consumir el
anillo del poder. Pero eso es imposible en estos
tiempos irreverentes, donde el espíritu
del Cipitío, el Justo Juez de la Noche,
la Siguanaba y el Dragón de Suchitoto son
vanos fantasmas.
Por eso es que cuando el joven señor
de los anillos quiso desprenderse de la
arrogancia, de la prepotencia, del absolutismo
que le confería el cargo que ostentaba no
pudo hacerlo.
Bajo el vértice de su nariz, lo
único que observaba era a un grupo de
pobres escribanos, mal asalariados, mal
alimentados que decían haber encontrado
la verdad y que juraban defenderla a pesar de
las consecuencias terribles.
Al final, el poder cegó a quien lo
poseía y lo carcomió hasta que no
dejó huella de sus habilidades y
atributos intelectuales. Su vida se
convirtió en una lástima viviente
porque ni las sedas ni los encajes más
tersos y fragantes le devolvieron su
espíritu original.
El día que se colocó el anillo
del poder lo hizo en el mismo dedo con el cual,
después, señalaba a sus
semejantes; tarde se dio cuenta que su dedo
apuntaba a su reflejo.