Tema
para reflexionar
Una feliz Navidad
Evangelina
del Pilar de Sol*
¡Es Navidad! Todo mundo corre. Hay que
comprar los regalos para los niños.
¡Ah! Pero sin olvidar los amigos.
¡Necesitamos hacer lista para la cena
navideña! Hay que comprar tamales y si
alcanza, también un pavo regularcito.
Faltan los cohetes, los foquitos del
árbol y los muñequitos de barro
del nacimiento. ¡Es muy importante recordar
todo para nuestra celebración!
Si ¡excelente!, es un tiempo santo y
feliz para gozarlo y celebrarlo en familia,
pero... ¿qué olvidamos?
A principios de diciembre, me sucedieron dos
inesperados incidentes que me hicieron
recapacitar sobre nuestra usual actitud en
Navidad.
El primero fue haber encontrado un recorte
periodístico publicado en "El Diario de
Hoy" el 23 de diciembre de 1998, que
había olvidado y que guardara obviamente
por impactarme entonces, dado su profundo
contenido que llama fuertemente a la
reflexión.
Éste es un cuento escrito por un autor
desconocido, titulado: "El sueño de
Navidad de la Virgen María".
&emdash;"Tuve un sueño, José.
No lo entendí realmente, pero creo que
era una celebración de cumpleaños
para nuestro Hijo. Yo creo que de eso se
trataba. La gente lo había estado
preparando por cerca de seis semanas. Ellos
habían decorado la casa y comprado ropa
nueva. Habían ido de compras muchas veces
y adquirido regalos muy elaborados. Sin embargo
había algo muy peculiar, los regalos no
eran para nuestro Hijo. Ellos los empacaban en
lindos papeles y los ataban con hermosos lazos y
los ponían debajo de un árbol.
Sí, un árbol José, justo
dentro de la casa. Ellos decoraban
también el árbol. Las ramas
estaban llenas de bolas brillantes y ornamentos
centelleantes. Había una figura en la
punta del árbol. Parecía un
ángel. Era tan hermoso. Todos
reían y estaban felices. Todos estaban
muy emocionados por los regalos. Se repartieron
regalos entre sí José, pero
ninguno era para nuestro Hijo. Yo, incluso, creo
que nunca lo conocieron. ¿No te parece
extraño que alguien se tome tanto trabajo
para celebrar el cumpleaños de alguien a
quien no conocen? Yo tengo el pensamiento que si
nuestro Hijo hubiese asistido a esa
celebración, hubiese sido un intruso.
Todo era tan hermoso José, y todos
estaban felices, pero me dio tristeza.
Qué triste para Jesús, el no ser
querido en su propia fiesta de
cumpleaños. Me alegro que sólo fue
un sueño. ¡Qué terrible,
José, si hubiese sido realidad!"
Posteriormente, tuve ocasión de leer
una historia de la vida real, publicada en la
última "Selecciones", sucedida a Gunther
Schenz, en Lubeck, Alemania, en Navidad de
1966:
"Mi esposa y yo fuimos de compras a la calle
principal de la ciudad. Las calles estaban
repletas de gente. A la derecha había
llamativas vitrinas y a la izquierda varios
puestos, de los que llegaba un delicioso olor a
salchichas. Cerca estaba sentado un hombre con
la cara hundida entre las manos. Llevaba un
rótulo que decía 'Tengo hambre'.
La gente pasaba de prisa sin fijarse en
él.
-"A lo mejor es uno de esos que piden dinero
para embriagarse, comenté a mi
esposa.
-"No sé &emdash;contestó ella-.
Podríamos ofrecerle algo de comer, para
ver qué hace.
"Acepté y le dije al hombre:
-"Quisiéramos comprarle comida,
¿qué le gustaría?
-Alzó la cabeza incrédulo y
agradecido dijo querer una salchicha.
"Crucé la calle para comprarla y
cuando volví más tardé en
dársela que él en devorarla.
"Mi esposa y yo nos miramos: allí en
medio de la gente cuya única
preocupación era hacer sus compras
navideñas, había una persona que
no tenía nada que llevarse a la boca.
-"¿No tiene sed también?¿Le
gustaría beber algo?, pregunté
deseando profundamente que no contestara
'licor'.
"Él respondió -Han gastado
mucho en mí. Mejor cómprenle algo
a otro hambriento. Han sido muy generosos.
¡Feliz Navidad!
"Allí teníamos aquel mendigo
que yo había tomado por ebrio y que
aún en momentos de necesidad pensaba en
los demás.
"Nos hizo ver qué egoístas
somos, cuando deberíamos dar a los
necesitados algo de lo que gastamos
despreocupadamente en quienes, de todos modos,
viven rodeados de comodidades,
olvidándonos de quienes el destino ha
azotado".
Estas dos historias de actualidad en tiempos
de tanto sufrimiento, que cayeran en mis manos,
precisamente en este tiempo navideño y no
en otro tiempo del año,
posibilitándome a compartirlas, no parece
ser obra de la casualidad.
Cuando Jesús nació, pobres
pastorcitos y poderosos magos guiados por una
estrella lo encontraron, lo conocieron, y lo
obsequiaron con humildes presentes los primeros,
y valiosos regalos los segundos. Pero ahora,
¿cómo encontrarlo, conocerlo, y
adorarlo para que no sea un intruso en su
celebración?
Nuestra propia estrella de Belén, que
debe guiarnos a encontrar al Niño, se
encuentra en las palabras de Jesús:
"Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve
sed y me diste de beber, estaba desnudo y me
vestiste, era peregrino y me alojaste, enfermo y
me visitaste". El rostro del Niño
Jesús lo encontramos en el sufriente
rostro de la humanidad. En llevar a la
práctica estas obras de misericordia,
cada cual según sus capacidades, unos
como pobres pastores y otros como poderosos
reyes, daremos a Jesús la mejor de sus
Navidades que debe perdurar todo el Año
Nuevo.