Lunes 17 de diciembre 2001


Sí, pero bien hechas
Privatizaciones, concesiones y transformaciones…
León Moncada Cuéllar*

El neo-liberalismo, que tanta polémica genera y tantas pasiones enciende, se ha implementado con peculiaridades e intensidades diversas en los distintos países, siendo difícil y prematuro emitir juicio sobre el nivel de éxito alcanzado. Pero hay una parte fundamental del modelo de la que sí pueden sacarse algunas conclusiones: la privatización de empresas estatales, la concesión de servicios públicos y los procesos de transformación de instituciones, que han tenido como factor común las agrias polémicas entre defensores y detractores del modelo, entre derechas e izquierdas políticas.

El tiempo parece haber dado la razón al modelo, pues se ha demostrado una y otra vez que en la medida que el Estado incrementa su injerencia en la vida económica de la sociedad, el crecimiento y la estabilidad se desploman, y que los servicios que prestan las empresas privadas, por regla general, superan a los que prestan las empresas públicas. Sin embargo, parte del discurso de los que atacan el modelo parece tener sustentación real: en la práctica se han dado, y continúan dándose, casos de casos, siempre en beneficio de actores de los procesos de privatización o airados defensores de su conveniencia.

Ha habido privatizaciones para reducir déficit fiscales o permitir a los gobiernos cumplir con obligaciones específicas, sin considerar su conveniencia o de si es el momento oportuno para hacerlo. Algunos procesos han sido mal diseñados o mal implementados y, por ende, han generado ingresos mucho menores a las arcas estatales. También hemos sido testigos de procesos de privatización fraudulentos, en los que compradores y vendedores se han apropiado de parte del justo precio de los activos que pertenecen a todo un pueblo.

En último caso, casi todas las decisiones de privatizar se han tomado sin que la sociedad tenga una legislación que evite eficazmente abusos de parte del nuevo proveedor de servicios hacia el consumidor (pueblo en general). Las débiles e incipientes instituciones de nuestros países poco aportan en el intento de legislar y regular en forma adecuada la prestación de los servicios en el nuevo esquema. Como resultado de poner la carreta delante de los bueyes, el consumidor resulta pagando precios mayores que no guardan relación con la mejora en los servicios.

Para muestra, un botón. En el actual problema del sistema de transporte público en El Salvador se ve a las claras que las posiciones de los distintos grupos políticos dependen de su actitud ante el modelo neoliberal en general y de previas experiencias de privatizaciones y concesiones en el país. En este caso, los esfuerzos del gobierno a todas luces parecen estar encaminados a transformar y modernizar un sistema viciado, corrupto y arcaico y a deshacerse de las gremiales conflictivas y cancerosas que solamente defienden sus privilegios (ganados en mesas de negociación de dudosa transparencia).

Sin embargo, la izquierda sólo logra articular comentarios relativos a oscuros intereses de distribuidores de vehículos, grandes empresarios que se aprovecharán del nuevo esquema y futuras alzas a las tarifas. Con ello, empañan el proceso de modernización, confundiendo a muchas personas que dejan de percibir los beneficios de la transformación a causa del mito (que ya ha sido realidad en otras ocasiones) de que las cosas se hacen para beneficio de unos pocos.

En resumen, reciban un voto de confianza los esfuerzos del gobierno del Lic. Francisco Flores por sanear y modernizar el sistema de transporte público. Reciban también un voto de confianza los esfuerzos de dar el protagonismo al mercado y a la propiedad privada. ¡Pero que las cosas se hagan bien!


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