Domingo 16 de diciembre 2001



La imprudencia viaja en bus

El 19 de mayo pasado, seis personas murieron carbonizadas tras la explosión de un tambo de gas en el interior de un autobús que se dirigía de la capital hacia el departamento de La Unión. Al parecer, la ciudadanía no ha tomado conciencia de la mala experiencia.

Iván Gómez
El Diario de Hoy

Estamos ya a las puertas de celebrar la Navidad y, entre otras cosas, la festividad despierta la tentación de quemar pólvora.

Sin embargo, las malas experiencias, como la ocurrida en mayo pasado, cuando seis personas murieron tras la explosión de un tambo de gas en el interior de un autobús departamental, no parecen hacernos reflexionar.

La mañana del sábado, los pasajeros de un bus de la Ruta 41-D, que se dirigía de Soyapango al centro capitalino, vivieron momentos de angustia. La mayoría de ellos iba a visitar a familiares o a realizar compras, como parte de la cotidianidad de la época.

Desde mi asiento, el tercero detrás del conductor, noto que, poco a poco, la capacidad del vehículo se supera hasta alcanzar el espacio del pasillo.

A pocas cuadras, antes de llegar al mercado municipal de la populosa ciudad. En la colonia Prados de Venecia, mientras el bus hacía el alto, se escuchan tres detonaciones. Mi instinto reconoce que se trata de pólvora de menor potencia que pudo haber sido arrojada a las llantas del automotor.

Las pequeñas detonaciones continúan y los pasajeros comienzan a impacientarse.

Como abejas que les han usurpado su colmena, hacen presión para buscar la salida.

"Abran la puerta por favor", grita una señora, quien en sus brazos lleva a un niño de unos tres años.

Pensé que se podría tratar de un robo, y la detonación era la táctica de distracción. Pero no era así.

Atónito y por estar a sólo dos asientos de donde salía el humo, busqué como todos la salida trasera.

Fue imposible, había demasiadas personas en busca de la misma dirección. De un salto alcancé el asiento trasero. Impresionado por el malabar, y al ver que era imposible salir, opté por refugiarme en el asiento y me coloqué en posición fetal.

Otra vez

"Cálmense, son sólo cohetes", insistía el desafortunado motorista.

"El bus va a explotar", gritó una mujer, lo que provocó una reacción en cadena de despavoridos gritos.

Después de unos cinco minutos, el autobús quedó lleno de hojas de periódicos destrozadas.

Terminado el susto, pude constatar que el bus no contaba con extintor, las ventanas estaban atascadas y, los más absurdo, las indicaciones en la ventana de emergencia estaban escritas en inglés.

Por fortuna, la mochila sin dueño no contenía fuegos artificiales de mayor potencia. De lo contrario, el susto se hubiera convertido en tragedia.


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