La "ley del
cuche"
Los moderados de la izquierda empezaron a
sospechar que algo estaba mal desde que el
empate con los duros tuvo sabor a derrota.
Luis
Laínez
Corría el último mes de 1999 y
los moretones de la elección presidencial
aún arrancaban lamentos.
Los duros, con la métodica paciencia
obtenida por más de 60 años de
conspirar, empezaron su trabajo de hormiga: casa
por casa para convencer de la maldad derechista
de los moderados.
Pero también actuaban a otro nivel, el
que también conocían por su larga
trayectoria de intrigas: empezaron a hacer
alianzas con los antiguos aliados de los
blandos. Y, a secretas, se repartieron el
pastel, antes de la fiesta.
Los moderados pusieron en práctica la
antigua e inútil "ley del cuche", es
decir, "puede llorar, gritar y patalear todo lo
que quiera, de todos modos haremos lo que nos
dé la gana".
Usaron todos los métodos conocidos por
la izquierda de la que querían
diferenciarse: hablaron de fraude, de maniobras
sucias ("propias de la derecha") y de un
sinfín de recursos desesperados.
De nada sirvió: los verdugos, con
mucha satisfacción, habían sacado
filo a la guillotina.
Y esto es en sentido literal: decapitaron a
los blandos, de un tajo.
Aún así, el paladín de
los moderados, que antes fuera tan duro como una
Roca, empezó a sentirse
incómodo.
Con su fuerte voz reclamaba los derechos que
sus simpatizantes habían perdido.
Lanzaba llamados a concertar, a volver a los
tiempos cuando la comandancia se ponía de
acuerdo en hoteles de cinco estrellas en el
Viejo Continente.
Pero no. Era como hablarle de frente al Muro
de Berlín. Lo único que
consiguió fue que uno de los guardias del
Telón de Acero le lanzara un tiro de
advertencia.
El otrora pétreo parecía
desmoronarse, tanto así que el día
más importante de la conflagración
interna, perdió el tino.
Como otros grandes dirigentes, tardó
más de 40 minutos en marcar a sus
candidatos.
- ¡Qué terrible! -exclamó
cuando hubo terminado de votar.
De inmediato, buscó al hombre fuerte
del departamento, para reclamar.
- ¡Nos han quitado candidatos a
convencionistas! ¡No son los mismos que yo
tengo en esta lista! ¡Hay que denunciarlo!
-vociferó.
En esos momentos llegó el estratega.
Le pidió el papel y la comparó con
sus anotaciones.
- Te equivocaste de lista -dijo en voz
baja.