Miércoles 12 de diciembre 2001


Carnívoros y herbívoros

Quince mil libras son nada comparado con treinta toneladas. La tierra, sin embargo, tiembla más con el peso de una bomba que con el estruendo que, hace 125 millones de años, dejaba sentir a su paso un manso brontosaurio.

Por Cristian Villalta

La noche de anteayer ("antenoche", dirá el sabio), hice mi humilde y todavía deficitaria digestión con un documental sobre los dinosaurios. No. No era un reportaje sobre el PCN (los tatarabuelos de las iguanas contemporáneas tenían más desarrolladas sus capacidades), sino una reproducción fiel sobre las eras terciaria y jurásica.

Ahí quedó claro que la vida siempre fue un diálogo nada gratificante entre los depredadores y los depredados, entre los carnívoros y los herbívoros. Matar o morir.

Aunque la humanidad es tan irrelevante a la longevidad del planeta como lo puede ser un frijol enfrente del robledal, miramos aquella parte de la efeméride terrestre con una superioridad y un dejo de desprecio. Era el imperio de las bestias, que cercenado por el impacto de un meteorito cedió paso al imperio de los hombres, la máxima especie.

En las últimas horas previas a la primera Natividad del Siglo XXI, no obstante, nuestro linaje de antropopitecos con 'pedigree' se empeña en perpetuar la ley de la selva. Matar o morir.

Es difícil determinar quiénes son los depredadores y quiénes los depreados. Acaso todos seamos todo y lo mismo, en un mismo tiempo, sin reparar en esa alteridad de gusanos sin pasado ni conciencia de la propia irrelevancia.

Israelitas y palestinos, estadounidenses y afganos, los chavistas (partidarios del chiflado de Chávez) y los antichavistas (partidarios de Quico, el alias de Carlos Villagrán), todos son a la vez tiranosaurio y comida de tiranosaurio.

A nadie conmueve el dolor en la parcela ajena, los conflictos se trivializan con hartazgo, no hay invocaciones a los valores universales, sino a los particulares ("la justicia", en el caso estadounidense, "la justicia" en el caso de los musulmanes, "la justicia" en el caso de los israelíes, "la justicia" en el caso de los palestinos).

Un guijarro galáctico sesgó de un sólo tirón a los imponentes dinosaurios. Sólo algunas criaturas, las más pequeñas, las mejor preparadas no fueron aniquiladas. Lo hicieron sin vanidad o sistema, con sólo un sentido, el del oído, para atender al grito de la sobrevivencia.

Ya no hay que ver con miedo a los cielos. Los depredadores, los tiranohomos, decidimos hace tiempo nuestro destino.


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