Carnívoros y
herbívoros
Quince mil libras son nada comparado con
treinta toneladas. La tierra, sin embargo,
tiembla más con el peso de una bomba que
con el estruendo que, hace 125 millones de
años, dejaba sentir a su paso un manso
brontosaurio.
Por Cristian
Villalta
La
noche de anteayer ("antenoche", dirá el
sabio), hice mi humilde y todavía
deficitaria digestión con un documental
sobre los dinosaurios. No. No era un reportaje
sobre el PCN (los tatarabuelos de las iguanas
contemporáneas tenían más
desarrolladas sus capacidades), sino una
reproducción fiel sobre las eras
terciaria y jurásica.
Ahí quedó claro que la vida
siempre fue un diálogo nada gratificante
entre los depredadores y los depredados, entre
los carnívoros y los herbívoros.
Matar o morir.
Aunque la humanidad es tan irrelevante a la
longevidad del planeta como lo puede ser un
frijol enfrente del robledal, miramos aquella
parte de la efeméride terrestre con una
superioridad y un dejo de desprecio. Era el
imperio de las bestias, que cercenado por el
impacto de un meteorito cedió paso al
imperio de los hombres, la máxima
especie.
En las últimas horas previas a la
primera Natividad del Siglo XXI, no obstante,
nuestro linaje de antropopitecos con 'pedigree'
se empeña en perpetuar la ley de la
selva. Matar o morir.
Es difícil determinar quiénes
son los depredadores y quiénes los
depreados. Acaso todos seamos todo y lo mismo,
en un mismo tiempo, sin reparar en esa alteridad
de gusanos sin pasado ni conciencia de la propia
irrelevancia.
Israelitas y palestinos, estadounidenses y
afganos, los chavistas (partidarios del chiflado
de Chávez) y los antichavistas
(partidarios de Quico, el alias de Carlos
Villagrán), todos son a la vez
tiranosaurio y comida de tiranosaurio.
A nadie conmueve el dolor en la parcela
ajena, los conflictos se trivializan con
hartazgo, no hay invocaciones a los valores
universales, sino a los particulares ("la
justicia", en el caso estadounidense, "la
justicia" en el caso de los musulmanes, "la
justicia" en el caso de los israelíes,
"la justicia" en el caso de los palestinos).
Un guijarro galáctico sesgó de
un sólo tirón a los imponentes
dinosaurios. Sólo algunas criaturas, las
más pequeñas, las mejor preparadas
no fueron aniquiladas. Lo hicieron sin vanidad o
sistema, con sólo un sentido, el del
oído, para atender al grito de la
sobrevivencia.
Ya no hay que ver con miedo a los cielos. Los
depredadores, los tiranohomos, decidimos hace
tiempo nuestro destino.