Martes 11 de diciembre 2001


El país quiere orden
Ricardo Rivas

Hoy la moda entre los cipotes es presentarse en público desaliñados, es decir, hiper casuales; tan casual que lo casual parezca formal. El asunto se trata de no lucir convencional. La palabra aliñar procede del latín ad lineare: ordenar en línea recta. Desaliñado, por tanto, es todo lo contrario. Es sinónimo de desordenado y antónimo de ordenado. En este "blues" pueden andar los jóvenes, pero también el mismo país como conjunto. Que los bichos o los menos bichos anden desaliñados es cosa de cada quien -de todas maneras, quién no ha tenido sus épocas de canela fina-; pero que el país haga del desorden su modo de vida... esos, ya deberían ser otros cinco pesos -digo, dólares-.

El país tiene ratos de estar desaliñado. Desde la Firma de los Acuerdos de Paz, el desaliñe social es majestuoso. Claro, callaron las armas -genial-, pero la paz la montaron sobre un país sin institucionalidad -pavoroso-. El tiempo ha transcurrido y ese "pequeño" lapsus lo hemos tenido que pagar todos de alguna manera. Lógico, la paz -no así la guerra- era negocio de todos, por lo tanto, costos y beneficios han sido repartidos por igual. Lo lamentable del caso es que en la repartición no todos hemos tenido la misma suerte. Algunos, a Dios gracias, aún nos mantenemos vivitos y coleando, con un trabajo estable y con las suficientes ganas de seguir empujando el futuro de este país. A otros, en eso de estar vivitos y coleando no les fue muy bien; tampoco con lo otro de tener un trabajo estable, y por eso se han ido o se quieren ir de aquí. Con lo que sí nos ha tocado lidiar a la población entera ha sido con el desorden e irrespeto generalizado hacia las leyes, las buenas costumbres y las normas básicas de convivencia social. La cultura de la mandracada y la animalada ha campeado por El Pulgarcito y eso nos ha desgastado el occipucio, igual o más que la guerra misma. Hasta ahora, lo hecho, si bien importante, ha sido insuficiente. Pero en esta materia, las cosas están tomando un rumbo interesante. Ya en el horizonte nacional se ven señales claras de orden que tanto a usted como a mí, estimado lector, nos conviene, no sólo aplaudir sino también estimular.

El orden, como el desorden, aparece o desaparece de acuerdo con las señales que las autoridades den o dejen de dar. Vea usted: en El Salvador, la forma de obtener cosas del Estado ha venido siendo a través de la presión violenta: "Si me das lo que quiero, te dejo en paz; si no, te hago la vida imposible". Eso, que en buen castellano se llama: chantaje, se convirtió en el método ideal y efectivo para obtener cualquier ocurrencia que a cualquiera se le viniera a la cabeza. Ceder frente a esa estrategia fue un error en el que cayeron presidentes, ministros, encargados de instituciones autónomas, alcaldes, diputados, jueces y demás. Permitieron que el bochinche callejero, las pedradas, la destrucción de bienes públicos y privados, el bloqueo de las calles y carreteras del país se convirtiera en "el" instrumento efectivo de negociación. Claro, ahora todos sabemos que la señal dada únicamente sirvió para fomentar el caos y la anarquía. Hoy, al fin, y respondiendo al clamor de la gente que estaba ya hasta la coronilla de tanto relajo, este gobierno ha comenzado a poner en orden la casa. A los primeros a los que les han pasado la escoba y el trapeador han sido a los transportistas.

El orden genera optimismo y confianza; el desorden, todo lo contrario. En El Salvador aún hay muchas cosas que están patas arriba y que conviene enderezar. Sólo le menciono tres: el caso de los diputados buseros, quienes violando el artículo 128 de la Constitución, obtuvieron concesiones del Estado para explotar un servicio público como lo es el transporte colectivo, y a los que el art. 30, numeral 2 de nuestra Carta Magna ordena destituir inmediatamente. El desorden en el puerto de Acajutla, donde el sindicato, a través de las negociaciones de contratos colectivos, le ha convertido en el puerto más caro y menos eficiente del área.

Y por último, el del Seguro Social, en donde las palabras para calificar lo ocurrido en esta institución, verdaderamente salen sobrando. Todos, trabajadores y patronos, que somos los que pagamos las cuentas de esa institución, sabemos que este "elefante blanco" tiene ratos de estar desahuciado y la única pregunta que asoma a nuestra mente es ¿a qué horas van a pasarle el sacudidor a esto, que tan caro nos cuesta a todos?

Ya nada cohesiona tanto a los salvadoreños como nuestra vocación por el orden. Todos, no importa nuestra ideología, hemos dado pruebas claras de sabernos unir y hacer frente común para empujar juntos medidas, acciones y propuestas que se han encaminado a ordenar a El Salvador, que es la casa de todos. Las buenas ideas, las que le sirven a la gente, no tienen por qué tener bandera política -veamos el apoyo total de la gente al gobierno con esto de la eliminación del subsidio-. Pero este sentimiento hay que profundizarlo y madurarlo. Esa es tarea nuestra, de nadie más. O nos terminamos de unir en favor de quienes promueven el orden y la eficiencia, o quedaremos todos a merced de aquellos que presionan por utilizar el chantaje, las prácticas ilícitas, la confrontación irracional y la lucha de clases para mantener sus privilegios.

En esto nadie se puede hacer el loco.


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