El país
quiere orden
Ricardo
Rivas
Hoy
la moda entre los cipotes es presentarse en
público desaliñados, es decir,
hiper casuales; tan casual que lo casual parezca
formal. El asunto se trata de no lucir
convencional. La palabra aliñar procede
del latín ad lineare: ordenar en
línea recta. Desaliñado, por
tanto, es todo lo contrario. Es sinónimo
de desordenado y antónimo de ordenado. En
este "blues" pueden andar los jóvenes,
pero también el mismo país como
conjunto. Que los bichos o los menos bichos
anden desaliñados es cosa de cada quien
-de todas maneras, quién no ha tenido sus
épocas de canela fina-; pero que el
país haga del desorden su modo de vida...
esos, ya deberían ser otros cinco pesos
-digo, dólares-.
El país tiene ratos de estar
desaliñado. Desde la Firma de los
Acuerdos de Paz, el desaliñe social es
majestuoso. Claro, callaron las armas -genial-,
pero la paz la montaron sobre un país sin
institucionalidad -pavoroso-. El tiempo ha
transcurrido y ese "pequeño" lapsus lo
hemos tenido que pagar todos de alguna manera.
Lógico, la paz -no así la guerra-
era negocio de todos, por lo tanto, costos y
beneficios han sido repartidos por igual. Lo
lamentable del caso es que en la
repartición no todos hemos tenido la
misma suerte. Algunos, a Dios gracias,
aún nos mantenemos vivitos y coleando,
con un trabajo estable y con las suficientes
ganas de seguir empujando el futuro de este
país. A otros, en eso de estar vivitos y
coleando no les fue muy bien; tampoco con lo
otro de tener un trabajo estable, y por eso se
han ido o se quieren ir de aquí. Con lo
que sí nos ha tocado lidiar a la
población entera ha sido con el desorden
e irrespeto generalizado hacia las leyes, las
buenas costumbres y las normas básicas de
convivencia social. La cultura de la mandracada
y la animalada ha campeado por El Pulgarcito y
eso nos ha desgastado el occipucio, igual o
más que la guerra misma. Hasta ahora, lo
hecho, si bien importante, ha sido insuficiente.
Pero en esta materia, las cosas están
tomando un rumbo interesante. Ya en el horizonte
nacional se ven señales claras de orden
que tanto a usted como a mí, estimado
lector, nos conviene, no sólo aplaudir
sino también estimular.
El orden, como el desorden, aparece o
desaparece de acuerdo con las señales que
las autoridades den o dejen de dar. Vea usted:
en El Salvador, la forma de obtener cosas del
Estado ha venido siendo a través de la
presión violenta: "Si me das lo que
quiero, te dejo en paz; si no, te hago la vida
imposible". Eso, que en buen castellano se
llama: chantaje, se convirtió en el
método ideal y efectivo para obtener
cualquier ocurrencia que a cualquiera se le
viniera a la cabeza. Ceder frente a esa
estrategia fue un error en el que cayeron
presidentes, ministros, encargados de
instituciones autónomas, alcaldes,
diputados, jueces y demás. Permitieron
que el bochinche callejero, las pedradas, la
destrucción de bienes públicos y
privados, el bloqueo de las calles y carreteras
del país se convirtiera en "el"
instrumento efectivo de negociación.
Claro, ahora todos sabemos que la señal
dada únicamente sirvió para
fomentar el caos y la anarquía. Hoy, al
fin, y respondiendo al clamor de la gente que
estaba ya hasta la coronilla de tanto relajo,
este gobierno ha comenzado a poner en orden la
casa. A los primeros a los que les han pasado la
escoba y el trapeador han sido a los
transportistas.
El orden genera optimismo y confianza; el
desorden, todo lo contrario. En El Salvador
aún hay muchas cosas que están
patas arriba y que conviene enderezar.
Sólo le menciono tres: el caso de los
diputados buseros, quienes violando el
artículo 128 de la Constitución,
obtuvieron concesiones del Estado para explotar
un servicio público como lo es el
transporte colectivo, y a los que el art. 30,
numeral 2 de nuestra Carta Magna ordena
destituir inmediatamente. El desorden en el
puerto de Acajutla, donde el sindicato, a
través de las negociaciones de contratos
colectivos, le ha convertido en el puerto
más caro y menos eficiente del
área.
Y por último, el del Seguro Social, en
donde las palabras para calificar lo ocurrido en
esta institución, verdaderamente salen
sobrando. Todos, trabajadores y patronos, que
somos los que pagamos las cuentas de esa
institución, sabemos que este "elefante
blanco" tiene ratos de estar desahuciado y la
única pregunta que asoma a nuestra mente
es ¿a qué horas van a pasarle el
sacudidor a esto, que tan caro nos cuesta a
todos?
Ya nada cohesiona tanto a los
salvadoreños como nuestra vocación
por el orden. Todos, no importa nuestra
ideología, hemos dado pruebas claras de
sabernos unir y hacer frente común para
empujar juntos medidas, acciones y propuestas
que se han encaminado a ordenar a El Salvador,
que es la casa de todos. Las buenas ideas, las
que le sirven a la gente, no tienen por
qué tener bandera política -veamos
el apoyo total de la gente al gobierno con esto
de la eliminación del subsidio-. Pero
este sentimiento hay que profundizarlo y
madurarlo. Esa es tarea nuestra, de nadie
más. O nos terminamos de unir en favor de
quienes promueven el orden y la eficiencia, o
quedaremos todos a merced de aquellos que
presionan por utilizar el chantaje, las
prácticas ilícitas, la
confrontación irracional y la lucha de
clases para mantener sus privilegios.
En esto nadie se puede hacer el loco.