Lunes 10 de diciembre 2001



La puerta de la trampa

Los agentes aduanales n o son empleados del gobierno, aunque tienen la autorización para servir de intermediarios en trámites aduanales. Sin esperarlo, un día de estos fueron sorprendidos en sus oficinas en Acajutla, Sonsonate. Lo que comenzó como un auditoría terminó en una recopilación de evidencias de trampas para burlar al Estado.

El Diario de Hoy

En la pequeña oficina, el ambiente era hostil. En una esquina, el hombre, totalmente descompuesto, apenas lograba girar de un lado a otro su silla, mientras observaba sorprendido a los desconocidos visitantes: oficiales de la Policía y del gobierno. La oficina de trámites aduanales había sido cerrada inesperadamente al mediodía.

En pocos minutos, los delegados gubernamentales se relamían con su pretendido hallazgo: encima del escritorio habían colocado &emdash;para efectos de escrutinio&emdash; los documentos encontrados: bloques enteros de facturas sin llenar, formularios para declaración de impuestos &emdash;por ingreso de mercadería&emdash; también sin llenar, aunque tenían ya el sello y firma de la autoridades. Además, estaba media docena de sellos supuestamente falsos.

Esas eran las pruebas que demostraban las artimañas que utilizan los agentes aduanales, en complicidad con los que ingresan mercadería al país, para evadir el pago real y justo de los impuestos. Pero no sólo eran las pruebas de una conducta administrativa incorrecta, sino las evidencias de al menos tres delitos.

Acorralado, el agente aduanal insistía, con una voz de miedo y de derrota, que él no tenía nada que ver con todos esos papeles, ya que sólo estaba arrimado en el local, que el negocio era de otros. Se movía y se recostaba sobre la pared, pintada con un verde claro, pero con negras huellas, de dedos y manos, de suciedad. Los cuadros con las cataratas del Niagara y de otras ciudades de Estados Unidos, le dan a ese espacio ese aire cosmopolita.

Todo debe estar en perfecta consonancia. A tan sólo unos 30 metros de distancia está el puerto de Acajutla, donde atracan todos los días barcos que provienen de lugares tan distantes que ni sus nombres son fáciles de memorizar. Traen toda suerte de mercadería, desde impecables automóviles hasta las piezas domésticas más pequeñas, como alfileres o tijeras.

Trampas y grilletes

La tarde continuó con sus descubrimientos y sorpresas anunciadas. "Esto es una barbaridad", se dijo a sí mismo uno de los inspectores del gobierno, mientras continuaba confirmando sus sospechas. Desde semanas atrás, habían observado movimientos extraños en esas oficinas aduanales. Por ejemplo, automóviles declarados en mil 500 dólares, cuando en realidad costaron unos cinco mil dólares en el exterior; la picardía, obviamente, buscaba minimizar el pago de impuestos.

Los visitantes continuaron hurgando, abriendo cajas y gavetas. En el fondo, el agente aduanal intentaba comportarse con normalidad, aunque era difícil. Escribía un par de palabras y se detenía. Con cierto temor, levantaba la cabeza y fijaba la vista en el escritorio, como haciendo un recuento mental de lo encontrado y lo que faltaba por descubrir.

Afuera de las oficinas, en los calurosos corredores del viejo edificio de CEPA en Acajutla, el ambiente también era tenso. Una docena de hombres, la mayoría tramitadores que vagan por las instalaciones en busca de clientes, estaban inquietos, como coyotes del zoológico, cuando un extraño entra en su territorio. En grupo, daban un par de pasos y se detenían, volvían a ver hacia las oficinas allanadas y se murmuraban al oído. Se movían, sigilosos, hacia otras esquinas y hablaban rápidamente por sus celulares. Caminaban desconfiados, asediados, al borde de la histeria.

Ya cuando el fino sonido de la sirena anuncio el final de la interrumpida jornada, a la 5:00 de la tarde, todo estaba decidido: el agente aduanal de la oficina número tres y dos más de la oficina adyacente serían detenidos por diferentes delitos contra el erario y los intereses del Estado. Los funcionarios del Ministerio de Hacienda sonrieron, al saberse ganadores de esta que sólo es una de las muchas batallas.


Cuento Chino

Gran cantidad de delicias orientales venían en dos contenedores, recibidos en el puerto de Acajutla. Originalmente, el cargamento no era de alimentos, sino de llantas.


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