La puerta de la
trampa
Los agentes aduanales n o son empleados
del gobierno, aunque tienen la
autorización para servir de
intermediarios en trámites aduanales. Sin
esperarlo, un día de estos fueron
sorprendidos en sus oficinas en Acajutla,
Sonsonate. Lo que comenzó como un
auditoría terminó en una
recopilación de evidencias de trampas
para burlar al Estado.
El Diario de
Hoy
En
la pequeña oficina, el ambiente era
hostil. En una esquina, el hombre, totalmente
descompuesto, apenas lograba girar de un lado a
otro su silla, mientras observaba sorprendido a
los desconocidos visitantes: oficiales de la
Policía y del gobierno. La oficina de
trámites aduanales había sido
cerrada inesperadamente al mediodía.
En pocos minutos, los delegados
gubernamentales se relamían con su
pretendido hallazgo: encima del escritorio
habían colocado &emdash;para efectos de
escrutinio&emdash; los documentos encontrados:
bloques enteros de facturas sin llenar,
formularios para declaración de impuestos
&emdash;por ingreso de mercadería&emdash;
también sin llenar, aunque tenían
ya el sello y firma de la autoridades.
Además, estaba media docena de sellos
supuestamente falsos.
Esas eran las pruebas que demostraban las
artimañas que utilizan los agentes
aduanales, en complicidad con los que ingresan
mercadería al país, para evadir el
pago real y justo de los impuestos. Pero no
sólo eran las pruebas de una conducta
administrativa incorrecta, sino las evidencias
de al menos tres delitos.
Acorralado, el agente aduanal
insistía, con una voz de miedo y de
derrota, que él no tenía nada que
ver con todos esos papeles, ya que sólo
estaba arrimado en el local, que el negocio era
de otros. Se movía y se recostaba sobre
la pared, pintada con un verde claro, pero con
negras huellas, de dedos y manos, de suciedad.
Los cuadros con las cataratas del Niagara y de
otras ciudades de Estados Unidos, le dan a ese
espacio ese aire cosmopolita.
Todo debe estar en perfecta consonancia. A
tan sólo unos 30 metros de distancia
está el puerto de Acajutla, donde atracan
todos los días barcos que provienen de
lugares tan distantes que ni sus nombres son
fáciles de memorizar. Traen toda suerte
de mercadería, desde impecables
automóviles hasta las piezas
domésticas más pequeñas,
como alfileres o tijeras.
Trampas y grilletes
La tarde continuó con sus
descubrimientos y sorpresas anunciadas. "Esto es
una barbaridad", se dijo a sí mismo uno
de los inspectores del gobierno, mientras
continuaba confirmando sus sospechas. Desde
semanas atrás, habían observado
movimientos extraños en esas oficinas
aduanales. Por ejemplo, automóviles
declarados en mil 500 dólares, cuando en
realidad costaron unos cinco mil dólares
en el exterior; la picardía, obviamente,
buscaba minimizar el pago de impuestos.
Los visitantes continuaron hurgando, abriendo
cajas y gavetas. En el fondo, el agente aduanal
intentaba comportarse con normalidad, aunque era
difícil. Escribía un par de
palabras y se detenía. Con cierto temor,
levantaba la cabeza y fijaba la vista en el
escritorio, como haciendo un recuento mental de
lo encontrado y lo que faltaba por
descubrir.
Afuera de las oficinas, en los calurosos
corredores del viejo edificio de CEPA en
Acajutla, el ambiente también era tenso.
Una docena de hombres, la mayoría
tramitadores que vagan por las instalaciones en
busca de clientes, estaban inquietos, como
coyotes del zoológico, cuando un
extraño entra en su territorio. En grupo,
daban un par de pasos y se detenían,
volvían a ver hacia las oficinas
allanadas y se murmuraban al oído. Se
movían, sigilosos, hacia otras esquinas y
hablaban rápidamente por sus celulares.
Caminaban desconfiados, asediados, al borde de
la histeria.
Ya cuando el fino sonido de la sirena anuncio
el final de la interrumpida jornada, a la 5:00
de la tarde, todo estaba decidido: el agente
aduanal de la oficina número tres y dos
más de la oficina adyacente serían
detenidos por diferentes delitos contra el
erario y los intereses del Estado. Los
funcionarios del Ministerio de Hacienda
sonrieron, al saberse ganadores de esta que
sólo es una de las muchas batallas.
Cuento
Chino
Gran cantidad de
delicias orientales venían en dos
contenedores, recibidos en el puerto de
Acajutla. Originalmente, el cargamento no era de
alimentos, sino de llantas.