Invaluable
tesoro
Niñez y
adolescencia: la oportunidad para forjar un
mejor futuro
Lourdes
de Flores*
*Primera Dama de la
República
Los salvadoreños tenemos un tesoro
invaluable: la adolescencia, ese grupo de
hombres y mujeres llenos de sueños,
energía y esperanza, que mueven y
refuerzan nuestros ideales por construir un
país cada vez mejor.
La cuarta parte de nuestra población
es adolescente. Este es un hecho que nos motiva,
pero también nos causa gran inquietud,
pues da cuenta de la responsabilidad que
tenemos, como familias, como gobierno y como
sociedad, de rodearlos de un ambiente que les
permita desarrollar su potencialidad y sus
proyectos de vida, sin que nada los
entorpezca.
Los ilimitados atributos que tiene la
adolescencia nos llevan a pensar en ella de
manera romántica, y con justa
razón, pero a menudo olvidamos que
también se trata de una etapa compleja,
en la cual el individuo experimenta la
mayoría de cambios biológicos,
sociales y psicológicos que
enfrentará en toda su vida.
Es durante la adolescencia cuando se
introduce más concretamente la
noción de futuro, cuando la vida se
replantea e inician los procesos de
búsqueda de pertenencia y de razón
de ser; es entonces que se consolida la
autoestima y se desarrollan aptitudes para la
vida, entre ellas la conducta frente a los
jóvenes del sexo opuesto. Es decir, no se
trata de un simple período de crecimiento
o el mero tránsito hacia la adultez, sino
de una etapa tan compleja como peligrosa y los
salvadoreños tenemos a más de un
millón de adolescentes atravesando por
ella; adolescentes que necesitan de la
formación adecuada para tomar las
decisiones correctas cuando la vida, la
presión social y la búsqueda
individual les lleve por terrenos desconocidos
hasta entonces, como por ejemplo la sexualidad o
la drogadicción.
¿Por qué nos preocupa tanto? En
El Salvador tenemos razones de sobra. La
cantidad de embarazos en adolescentes, la
creciente incidencia de contagio de enfermedades
de transmisión sexual, entre ellas el
VIH/SIDA, la exposición a la violencia y
la drogadicción nos hablan de una
juventud vulnerable, que no está
respondiendo en forma adecuada a las situaciones
propias de su desarrollo, por múltiples
razones.
Antes, veamos cuál es nuestro
panorama. El año pasado, en El Salvador,
uno de cada tres partos atendidos por el
Ministerio de Salud, correspondió a
niñas de entre 10 y 19 años, es
decir, 23,317 adolescentes. Es más
lamentable aún que por lo menos un millar
de esas jóvenes madres ni siquiera
habían cumplido 15 años. Si a
estos números se suman las 18 muertes de
jóvenes por complicaciones con el
embarazo o el parto, tenemos cifras
escalofriantes que dan cuenta del estado de
nuestras adolescentes. De hecho, El Salvador es
contado como el cuarto país con mayor
tasa de fecundidad adolescente de entre las 26
naciones de América Latina y el Caribe,
según estudios de Naciones Unidas de
inicios de año.
Esto resulta preocupante, pues implica una
carga social inmensa para estas jóvenes
que enfrentarán mayores dificultades para
continuar con la formación
académica que les permita insertarse en
mejores condiciones al mercado de trabajo.
Aunque no es el único motivo, el embarazo
precoz es uno de los factores que
acentúan la alta tasa de deserción
escolar en el nivel de educación media,
que alcanza el 10.88 por ciento de una
matrícula de por sí, baja: la
cobertura escolar en este nivel apenas abarca al
34.5 por ciento de los adolescentes entre 16 y
18 años.
Las abultadas cifras de maternidad precoz no
hacen más que confirmar que nuestros
jóvenes inician a temprana edad la
actividad sexual. La encuesta FESAL-98 cita como
edad promedio del primer contacto sexual los
18.5 años y un estudio realizado el
año pasado con 305 adolescentes que
llegaron a dar a luz a los dos principales
hospitales obstétricos en los meses de
noviembre y diciembre de 1998, encontró
que la edad promedio para la primera
relación sexual fue de 15 años; un
veintiocho por ciento de estas adolescentes
tenía ya por los menos un hijo.
Estos datos merecen nuestra total
atención, pues el inicio precoz de las
relaciones sexuales no sólo deriva en
embarazos no deseados como consecuencia
única, sino también en abortos y
en enfermedades de transmisión sexual,
tales como el SIDA, que en la actualidad hace
presa de por lo menos 500 jóvenes entre
15 y 24 años, así como de
más de un millar de adultos que se
infectaron con VIH durante la adolescencia.
Estos datos nos encaran a una realidad dura,
pero no imposible de revertir y es ese el motivo
de nuestro esfuerzo. Estamos conscientes que
durante generaciones venimos arrastrando
elementos culturales que no nos permiten hablar
abiertamente sobre sexualidad con nuestros
jóvenes, lo cual crea el vacío
formativo que los mantiene al borde del
abismo.
La familia, que debería fungir como el
ambiente ideal para la formación de los
jóvenes en temas de sexualidad, no
está cumpliendo con su labor. La
comprensión y el apoyo de los adultos, en
especial de los padres de familia, reviste una
importancia clave en este tema, pero no siempre
es asumido.
En nuestra sociedad el tema de la sexualidad
sigue estigmatizado y esto nos genera un
problema creciente, pues mientras menor sea la
educación en sexualidad y mientras menos
hablemos con nuestros jóvenes sobre los
riesgos que su práctica entraña,
mayores serán las consecuencias que estos
acarreen, y con ellos, la sociedad entera.
Es para suplir estas carencias, que la
Secretaría Nacional de la Familia, en
estrecha coordinación con los ministerios
de Salud Pública y de Educación,
estamos desarrollando desde inicios de este
año, el "Programa Educación para
la Vida", un esfuerzo importante por fomentar en
nuestra adolescencia y juventud, la vivencia de
valores y el desarrollo de aptitudes que le
permitan aprender a conducir sus emociones y su
sexualidad con madurez y responsabilidad,
así como a crear un proyecto de vida
definido.
Este esfuerzo busca, entre otras cosas,
brindar a los maestros de todos los centros
educativos, las herramientas para facilitar la
enseñanza de los temas relacionados con
la Educación para la Vida; asimismo, a
los padres de familia, que recibirían la
orientación necesaria para que aborden
esta temática con sus hijos.
Este programa aborda los temas de proyecto de
vida, educación de la sexualidad,
prevención de conductas adictivas,
prevención de violencia intrafamiliar y
de pandillas y prevención de desastres;
cinco grandes áreas a través de
las cuales, los adolescentes y jóvenes
deberán lograr una nueva
visión.
Esta formación daría a nuestros
jóvenes una mejor oportunidad de tener
éxito en la vida y alentaría el
comportamiento responsable, en todos los
ámbitos de su vida.
El país tiene en su adolescencia y
juventud uno de sus principales bienes y es
dotándoles de formación en valores
y brindándoles condiciones de salud y
educación adecuadas como garantizaremos
un relevo generacional saludable, que les lleve
a asumir, con toda su capacidad, el rol que les
corresponde como nuevos actores sociales,
responsables de continuar la línea de
desarrollo social y económico del
país.