Un trabajo entre
tumbas
En el marco de la celebración del
Día de los Difuntos, en los cementerios
se hicieron presentes decenas de niños,
quienes a cambio de dinero aseaban sepulcros,
mausoleos y capillas.
- José
Osmín Monge
- El Diario
de Hoy
- FOTOS
EDH/MARITZA SANTOS
El dos de noviembre fue el día en el
que muchas personas rindieron homenaje a sus
seres queridos muertos, llevándoles
flores hasta sus tumbas.
Pero la fecha también fue aprovechada
por muchas personas para ganar un poco de
dinero, ya sea vendiendo flores, hojuelas o
limpiando tumbas.
Este último trabajo es uno de los
más comunes durante esa temporada. Por
ello los cementerios se vieron inundados por
muchos "limpiatumbas", quienes asearon o
pintaron las moradas de aquellos que descansan
el sueño eterno.
Muchos de estos trabajadores fueron
niños y niñas, quienes por su
propia voluntad o forzados por sus padres
emplearon muchas horas de su tiempo para limpiar
capillas, mausoleos, nichos y tumbas.
Con jabón y agua
Pero la labor de los limpiatumbas no
sólo se realizó el día de
los muertos. Desde el 29 de octubre, muchos
llegaron a los cementerios a ganarse el sustento
diario.
Uno de los más concurridos fue el
General de San Salvador, donde decenas de
niños y adolescentes se dieron gusto
trabajando.
Desde tempranas horas de la mañana,
los pequeños limpiadores de sepulcros se
instalaron en los portones de ese camposanto,
esperando a que llegaran las personas a enflorar
o a asear las tumbas de sus difuntos.
Cuando miraban aparecer a algún
visitante se dirigían a él y
ofrecían sus servicios. La competencia
era mucha, por tal motivo los pequeños
trabajadores se las ingeniaban para llamar la
atención de la clientela.
Estos niños llevaban consigo su
material de trabajo, que consistía en un
pequeño trapo, detergente, lejía y
agua.
Cargando su equipo de labores, estos
niños se les veía por doquier en
el cementerio, esquivando tumbas adornadas con
flores y acarreando agua de un lado a otro.
Con las pilas puestas
Uno de estos niños fue Jonathan
Bonilla, de 12 años, quien trabajó
durante una semana en el Cementerio General, en
el sector conocido como "Las Parcelas".
Ahí se afanaba aseando las sepulturas de
cemento o de azulejos.
"Mi mamá vende hojuelas en la calle, y
yo aprovecho para trabajar un poco", expresa
Jonathan, quien reside en una popular colonia de
Soyapango.
Con las ganancias obtenidas por su labor,
Jonathan tiene pensado comprarse un par de
zapatos, pues los que tienen en la actualidad
están rotos.
"Yo gano entre dos y cinco colones por
limpiar las sepulturas", comentó el
pequeño Jonathan.
Otro de los limpiatumbas fue Edwin Pineda, de
13 años, quien junto a su hermano Jorge
(de ocho años) permaneció ocupado
en el Cementerio General.
"Desde la 5:00 a.m. estamos trabajando.
Nosotros vivimos cerca de este cementerio",
expresó el pequeño Edwin.
Las ganancias obtenidas por esta labor son
variables, y dependen, según Edwin, de
cómo el trabajador se "ponga las
pilas".
"Hay que estar buzos para que la gente nos
contrate. El dinero que ganamos se lo damos a
nuestra mamá. Ella nos da comida a
cambio", comentó Edwin.
Podadores en La Bermeja
En el cementerio La Bermeja el panorama era
muy similar al del General.
Desde el 25 de octubre, en el Bulevar
Venezuela, frente al portón de ese
camposanto, decenas de niños y
adolescentes ofrecían sus servicios para
limpiar tumbas.
La mayoría de los pequeños
trabajadores lucía pantalones y camisas
viejas, zapatos "burros" y gorra. En sus hombros
llevaban su herramienta de trabajo: el
azadón.
Alineados a orillas del vía se
esforzaban por llamar la atención de los
visitantes.
"Le limpio la tumba", pregonaban los
niños al ver llegar a un posible
cliente.
Ellos fueron los encargados de despejar la
maleza que crecía junto a las tumbas. Por
cinco colones removían la tierra, podaban
y hasta limpiaban con agua y detergente las
tumbas.
Entre estos niños no faltaron aquellos
que trabajaron como pintores de sepulcros. El
costo de este servicio oscilaba entre los 10 y
los 30 colones (dependía del
tamaño de la tumba).
Entre cruces, vírgenes, ángeles
y flores, acompañados de tristes
melodías (ejecutada por bandas musicales)
e impregnados con aromas de cipreses, estos
pequeños hicieron del día de
fieles difuntos su principal día de
trabajo.
Gracias a su labor, muchas personas tuvieron
la oportunidad de estar cerca de sus muertos, en
un ambiente limpio y sin maleza.