Lunes 5 de noviembre 2001



























Un trabajo entre tumbas

En el marco de la celebración del Día de los Difuntos, en los cementerios se hicieron presentes decenas de niños, quienes a cambio de dinero aseaban sepulcros, mausoleos y capillas.

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
FOTOS EDH/MARITZA SANTOS

El dos de noviembre fue el día en el que muchas personas rindieron homenaje a sus seres queridos muertos, llevándoles flores hasta sus tumbas.

Pero la fecha también fue aprovechada por muchas personas para ganar un poco de dinero, ya sea vendiendo flores, hojuelas o limpiando tumbas.

Este último trabajo es uno de los más comunes durante esa temporada. Por ello los cementerios se vieron inundados por muchos "limpiatumbas", quienes asearon o pintaron las moradas de aquellos que descansan el sueño eterno.

Muchos de estos trabajadores fueron niños y niñas, quienes por su propia voluntad o forzados por sus padres emplearon muchas horas de su tiempo para limpiar capillas, mausoleos, nichos y tumbas.

Con jabón y agua

Pero la labor de los limpiatumbas no sólo se realizó el día de los muertos. Desde el 29 de octubre, muchos llegaron a los cementerios a ganarse el sustento diario.

Uno de los más concurridos fue el General de San Salvador, donde decenas de niños y adolescentes se dieron gusto trabajando.

Desde tempranas horas de la mañana, los pequeños limpiadores de sepulcros se instalaron en los portones de ese camposanto, esperando a que llegaran las personas a enflorar o a asear las tumbas de sus difuntos.

Cuando miraban aparecer a algún visitante se dirigían a él y ofrecían sus servicios. La competencia era mucha, por tal motivo los pequeños trabajadores se las ingeniaban para llamar la atención de la clientela.

Estos niños llevaban consigo su material de trabajo, que consistía en un pequeño trapo, detergente, lejía y agua.

Cargando su equipo de labores, estos niños se les veía por doquier en el cementerio, esquivando tumbas adornadas con flores y acarreando agua de un lado a otro.

Con las pilas puestas

Uno de estos niños fue Jonathan Bonilla, de 12 años, quien trabajó durante una semana en el Cementerio General, en el sector conocido como "Las Parcelas". Ahí se afanaba aseando las sepulturas de cemento o de azulejos.

"Mi mamá vende hojuelas en la calle, y yo aprovecho para trabajar un poco", expresa Jonathan, quien reside en una popular colonia de Soyapango.

Con las ganancias obtenidas por su labor, Jonathan tiene pensado comprarse un par de zapatos, pues los que tienen en la actualidad están rotos.

"Yo gano entre dos y cinco colones por limpiar las sepulturas", comentó el pequeño Jonathan.

Otro de los limpiatumbas fue Edwin Pineda, de 13 años, quien junto a su hermano Jorge (de ocho años) permaneció ocupado en el Cementerio General.

"Desde la 5:00 a.m. estamos trabajando. Nosotros vivimos cerca de este cementerio", expresó el pequeño Edwin.

Las ganancias obtenidas por esta labor son variables, y dependen, según Edwin, de cómo el trabajador se "ponga las pilas".

"Hay que estar buzos para que la gente nos contrate. El dinero que ganamos se lo damos a nuestra mamá. Ella nos da comida a cambio", comentó Edwin.

Podadores en La Bermeja

En el cementerio La Bermeja el panorama era muy similar al del General.

Desde el 25 de octubre, en el Bulevar Venezuela, frente al portón de ese camposanto, decenas de niños y adolescentes ofrecían sus servicios para limpiar tumbas.

La mayoría de los pequeños trabajadores lucía pantalones y camisas viejas, zapatos "burros" y gorra. En sus hombros llevaban su herramienta de trabajo: el azadón.

Alineados a orillas del vía se esforzaban por llamar la atención de los visitantes.

"Le limpio la tumba", pregonaban los niños al ver llegar a un posible cliente.

Ellos fueron los encargados de despejar la maleza que crecía junto a las tumbas. Por cinco colones removían la tierra, podaban y hasta limpiaban con agua y detergente las tumbas.

Entre estos niños no faltaron aquellos que trabajaron como pintores de sepulcros. El costo de este servicio oscilaba entre los 10 y los 30 colones (dependía del tamaño de la tumba).

Entre cruces, vírgenes, ángeles y flores, acompañados de tristes melodías (ejecutada por bandas musicales) e impregnados con aromas de cipreses, estos pequeños hicieron del día de fieles difuntos su principal día de trabajo.

Gracias a su labor, muchas personas tuvieron la oportunidad de estar cerca de sus muertos, en un ambiente limpio y sin maleza.





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