La
deshumanización en el arte
El lenguaje de la
pintura
Luis
Fernández Cuervo*
El arte y la vida se influyen mutuamente. Las
Bellas Artes son el espejo que refleja la
cultura de una época; cómo se
piensa, cómo se vive en ella,
cuáles son sus gustos, sus intereses, sus
ideales. Pero al mismo tiempo el arte influye
sobre la cultura, la modifica, le imprime nuevas
direcciones, gustos, intereses, lenguaje; nuevos
modos de ver y de vivir. La ayuda a elevarse o
la ayuda a decaer.
Por eso, echar una mirada a las Bellas Artes
del mundo en el que ahora vivimos, nos muestra
un panorama de gran significado para entender
mejor las luces y sombras de nuestra era. Y
posiblemente de todas las Bellas Artes, del
siglo XX y del comienzo del actual, es la
pintura la que ha sufrido mayores cambios, mayor
diversificación de técnicas y
estilos y la que tiene un lenguaje con mayor
variedad de idiomas y con claves de más
profundo significado.
Existe, desde luego, un contraste muy
profundo entre la pintura contemporánea y
la pintura de épocas anteriores. En una
enumeración incompleta, repasando varias
etapas decisivas de su historia en nuestra
cultura, vemos que en la Edad Media, la pintura
románica y la gótica buscan la
belleza, buscándola, principalmente, en
el tema de Dios y de sus santos. En el
Renacimiento, el centro de gravedad de la
belleza se ha desplazado hacia el ser humano,
realzando su excelencia, ya sea divina, ya sea
humana. Con el arte barroco, el auge de la
técnica del claro-oscuro expresa bien una
humanidad que se ha hecho más
conflictiva, incluso en lo religioso.
El Neoclasicismo, tan acorde con la
Ilustración del siglo XVIII y su
optimismo y superficialidad racionalista,
está lleno de elegancia y exquisitez un
tanto rígida y frívola. Ya ha
desaparecido por completo la tradicional
conexión del arte con la religión.
El ideal ya tampoco es la belleza, sino "lo
bonito". Ni el Romanticismo ni siquiera el
Impresionismo romperán suficientemente
con el pasado. Para liberarse de imposiciones
sociales y de reglas de academia, la pintura
necesitará, después de la Belle
Epoque, dos grandes guerras &emdash;la europea y
la mundial&emdash;.
Cierto es que retrocediendo en el tiempo,
siempre encontramos pintores geniales que de
algún modo se salieron de los moldes que
su época y su cultura estética
querían imponerle. En esa línea
estarían, por ejemplo, Matías
Grünewald (1470-1528), dentro del
gótico tardío alemán; los
flamencos Hieronymus Bosch (1450-1516) y Pieter
Brueghel (1528-1569), de algún modo
precursores del Surrealismo; el Greco
(1541-1614), con su especial estilo
("¿expresionismo místico?") y el
supergenio e inclasificable Francisco de Goya
(1746-1828), precursor de impresionistas,
expresionistas y de tenebristas como James Ensor
(1860-1949), Georges Rouault (1871-1958) o
Gutiérrez Solana (1885-1945). Pero
sólo en el siglo XX , la pintura
romperá toda disciplina y
estallará en multitud de escuelas y
tendencias. ¿Eso fue algo malo?
Para todos los que amamos este arte, esa
verdadera explosión ha sido fecunda y
bienvenida, aunque también ha permitido
la desorientación y el fraude de
artistas, críticos y público.
Nunca el pintor ha tenido mayor libertad para
expresarse de la forma que quisiera. Nunca ha
podido internarse por tantos caminos diferentes
buscando mundos nuevos inexplorados: fauvismo,
cubismo, futurismo, expresionismo, arte
abstracto, dadaísmo, surrealismo, arte
informal, pop art, op art, etc.
Pero la libertad, en el arte como en la vida,
no es todo. La meta hacia dónde se
dirigió esa libertad, qué es lo
que se quiso alcanzar y con qué medios se
intentó, son los que terminan de dar
valor a una empresa. Nadie puede dar lo que no
tiene. De una deshumanización real, en la
vida, de la vaciedad y desorientación que
afecta a tanta gente de nuestra época es
lógico que salieran también muchas
obras efímeras, sin alma, sin vida. Por
eso cuando uno echa una mirada a la pintura del
siglo XX, comprueba cuánto han envejecido
muchas de sus obras y estilos. El cubismo
está muerto. El futurismo es algo viejo,
pasado de moda. El dadaísmo es
sólo una curiosidad. El arte abstracto,
sufre el castigo de ser poco más que algo
decorativo (un cuadro que "queda bien", "que
hace juego" con el espacio y el color de esta
pared o de este mueble). Y así con la
mayoría de los pintores, sus "ismos" y
sus obras.
En cambio las obras, por ejemplo, de
Leonardo, Veláquez, Rembrandt, Vermeer de
Delft, o Goya, a pesar de los siglos pasados, se
mantienen frescas, juveniles, vivas y valiosas.
Se han hecho clásicas. Son perennes.
Cuando el montaje de publicidad, negocio y
vanidad, que sufre la pintura actual, sufra el
castigo de los años ¿qué
quedará de tantos de los que ahora
están en la cresta de la ola y de los
precios? Es difícil saberlo, pero el
tiempo será inexorable para separar el
buen trigo de la paja.
Una pista es que lo figurativo, en sus
diversos modos (realismo, realismo
onírico, hiperrealismo, etc.), resiste
mejor el paso del tiempo y de las modas que lo
abstracto, lo informal, y las diversas formas de
exaltar la fealdad, lo deforme, lo destructivo,
lo monstruoso, que tanto abundan en la pintura
moderna. La deshumanización en el arte y
en la pintura siguen pero no tienen ya
exclusividad. El ser humano es reacio a su
deformación y falsificación. Sigue
siendo un ser que vibra y aspira, por
naturaleza, a lo bello, a lo noble, a lo
perenne, a lo eterno.