Lunes 5 de noviembre 2001


La deshumanización en el arte
El lenguaje de la pintura
Luis Fernández Cuervo*

El arte y la vida se influyen mutuamente. Las Bellas Artes son el espejo que refleja la cultura de una época; cómo se piensa, cómo se vive en ella, cuáles son sus gustos, sus intereses, sus ideales. Pero al mismo tiempo el arte influye sobre la cultura, la modifica, le imprime nuevas direcciones, gustos, intereses, lenguaje; nuevos modos de ver y de vivir. La ayuda a elevarse o la ayuda a decaer.

Por eso, echar una mirada a las Bellas Artes del mundo en el que ahora vivimos, nos muestra un panorama de gran significado para entender mejor las luces y sombras de nuestra era. Y posiblemente de todas las Bellas Artes, del siglo XX y del comienzo del actual, es la pintura la que ha sufrido mayores cambios, mayor diversificación de técnicas y estilos y la que tiene un lenguaje con mayor variedad de idiomas y con claves de más profundo significado.

Existe, desde luego, un contraste muy profundo entre la pintura contemporánea y la pintura de épocas anteriores. En una enumeración incompleta, repasando varias etapas decisivas de su historia en nuestra cultura, vemos que en la Edad Media, la pintura románica y la gótica buscan la belleza, buscándola, principalmente, en el tema de Dios y de sus santos. En el Renacimiento, el centro de gravedad de la belleza se ha desplazado hacia el ser humano, realzando su excelencia, ya sea divina, ya sea humana. Con el arte barroco, el auge de la técnica del claro-oscuro expresa bien una humanidad que se ha hecho más conflictiva, incluso en lo religioso.

El Neoclasicismo, tan acorde con la Ilustración del siglo XVIII y su optimismo y superficialidad racionalista, está lleno de elegancia y exquisitez un tanto rígida y frívola. Ya ha desaparecido por completo la tradicional conexión del arte con la religión. El ideal ya tampoco es la belleza, sino "lo bonito". Ni el Romanticismo ni siquiera el Impresionismo romperán suficientemente con el pasado. Para liberarse de imposiciones sociales y de reglas de academia, la pintura necesitará, después de la Belle Epoque, dos grandes guerras &emdash;la europea y la mundial&emdash;.

Cierto es que retrocediendo en el tiempo, siempre encontramos pintores geniales que de algún modo se salieron de los moldes que su época y su cultura estética querían imponerle. En esa línea estarían, por ejemplo, Matías Grünewald (1470-1528), dentro del gótico tardío alemán; los flamencos Hieronymus Bosch (1450-1516) y Pieter Brueghel (1528-1569), de algún modo precursores del Surrealismo; el Greco (1541-1614), con su especial estilo ("¿expresionismo místico?") y el supergenio e inclasificable Francisco de Goya (1746-1828), precursor de impresionistas, expresionistas y de tenebristas como James Ensor (1860-1949), Georges Rouault (1871-1958) o Gutiérrez Solana (1885-1945). Pero sólo en el siglo XX , la pintura romperá toda disciplina y estallará en multitud de escuelas y tendencias. ¿Eso fue algo malo?

Para todos los que amamos este arte, esa verdadera explosión ha sido fecunda y bienvenida, aunque también ha permitido la desorientación y el fraude de artistas, críticos y público. Nunca el pintor ha tenido mayor libertad para expresarse de la forma que quisiera. Nunca ha podido internarse por tantos caminos diferentes buscando mundos nuevos inexplorados: fauvismo, cubismo, futurismo, expresionismo, arte abstracto, dadaísmo, surrealismo, arte informal, pop art, op art, etc.

Pero la libertad, en el arte como en la vida, no es todo. La meta hacia dónde se dirigió esa libertad, qué es lo que se quiso alcanzar y con qué medios se intentó, son los que terminan de dar valor a una empresa. Nadie puede dar lo que no tiene. De una deshumanización real, en la vida, de la vaciedad y desorientación que afecta a tanta gente de nuestra época es lógico que salieran también muchas obras efímeras, sin alma, sin vida. Por eso cuando uno echa una mirada a la pintura del siglo XX, comprueba cuánto han envejecido muchas de sus obras y estilos. El cubismo está muerto. El futurismo es algo viejo, pasado de moda. El dadaísmo es sólo una curiosidad. El arte abstracto, sufre el castigo de ser poco más que algo decorativo (un cuadro que "queda bien", "que hace juego" con el espacio y el color de esta pared o de este mueble). Y así con la mayoría de los pintores, sus "ismos" y sus obras.

En cambio las obras, por ejemplo, de Leonardo, Veláquez, Rembrandt, Vermeer de Delft, o Goya, a pesar de los siglos pasados, se mantienen frescas, juveniles, vivas y valiosas. Se han hecho clásicas. Son perennes.

Cuando el montaje de publicidad, negocio y vanidad, que sufre la pintura actual, sufra el castigo de los años ¿qué quedará de tantos de los que ahora están en la cresta de la ola y de los precios? Es difícil saberlo, pero el tiempo será inexorable para separar el buen trigo de la paja.

Una pista es que lo figurativo, en sus diversos modos (realismo, realismo onírico, hiperrealismo, etc.), resiste mejor el paso del tiempo y de las modas que lo abstracto, lo informal, y las diversas formas de exaltar la fealdad, lo deforme, lo destructivo, lo monstruoso, que tanto abundan en la pintura moderna. La deshumanización en el arte y en la pintura siguen pero no tienen ya exclusividad. El ser humano es reacio a su deformación y falsificación. Sigue siendo un ser que vibra y aspira, por naturaleza, a lo bello, a lo noble, a lo perenne, a lo eterno.


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