El tallador de las
bateas
En San Jorge, departamento de San Miguel,
reside don Benito de Jesús Rivera, de 83
años, quien por muchas décadas se
dedicó a la fabricación de bateas
de madera. Esta artesanía se extingue con
el pasar del tiempo.
- José
Osmín Monge
- El Diario
de Hoy
- Fotos
Lizette Moreno
Cuentan algunos pobladores de San Jorge que
hace unos 40 años, cuando la delincuencia
no reinaba como hoy, la mayoría de
mujeres del pueblo acudía a los
ríos Ereguayquín, Santa
María y el de Concepción Batres
para bañarse y lavar grandes cantidades
de ropa.
Ellas se hacían acompañar de
sus hijos y sus esposos, y llevaban grandes
bateas de madera, las cuales le facilitaban la
lavada.
La mayoría de esas bateas era
fabricada por un hombre muy reconocido en la
pequeña población: don Benito de
Jesús Rivera, a quien Dios le dio el
privilegio de transformar rústicos
tablones de madera en utensilios de uso
cotidiano.
Las mejores bateas
Don Benito hoy en día es un
señor de complexión delgada, piel
y cabello blancos y de hablar pausado, que
recuerda aquellos tiempos en los que el uso y la
fabricación de la batea era muy
común en su pueblo natal.
Desde su adolescencia se dedicó a la
fabricación de dulce de panela y a los 27
años que decidió trabajar de lleno
en la elaboración de esas bandejas de
madera.
"Un día mi esposa necesitaba una batea
y fui a un lugar donde las elaboraban, pero el
propietario del negocio me preguntó si yo
no tenía manos para hacerla. Me
vendió el tablón, me prestó
las herramientas y terminé
haciéndola yo. Por ser la primera que
hacía no me quedó tan bonita. Al
final terminé vendiéndola en cinco
colones", expresa con una amplia sonrisa don
Benito.
Después de esa primer batea
elaboró muchas más. Algunas las
fabricaba por encargo y otras para venderlas en
los pueblos cercanos, como El Tránsito,
departamento de Usulután. El precio
variaba según el tamaño y la
calidad y el color de la madera.
"Muchas señoras me pedían que
les hiciera sus bateas, que eran usadas no
sólo para lavar ropa, sino también
para amasar pan, para hacer puros y tablillas de
chocolate", manifiesta el señor
Guzmán.
De pueblo en pueblo
El señor Rivera recuerda como con sus
hijos visitaba los aserraderos que funcionaban
en los cantones y en los caseríos
cercanos a San Jorge, ya sea para comprar la
madera o para fabricar los famosos
utensilios.
Siempre se llevaba consigo sus herramientas
básicas, entre ellas una afilada "suela"
plana, una gurbias, lijas, formón y
hacha.
Con estos comenzaba a tallar los
ásperos maderos frente a la mirada de sus
hijos y demás personas. Lo hacía
despacio, teniendo mucho cuidado de no herirse y
de no dejar rugosidad en las tablas.
Algunas veces vendía sus
artesanías a los dueños de los
aserraderos o a las personas que vivían
cerca de ellos, y otras se las llevaba a su
casa, para luego ofrecerlas en las poblaciones
cercanas.
Cuando viajaba a otros pueblos se terciaba en
su pecho y espalda una gruesa cuerda, con la que
sujetaba las bateas. De esa forma ofrecía
sus productos en las plazas de las localidades.
Con su mercancía en más de una
ocasión viajó hasta San Salvador,
al mercado Belloso, donde la demanda de sus
productos fue muy grande.
"Llevé una docena de bateas
pequeñas. Las vendí rápido;
falta me hicieron", dice don Benito.
De buena madera
Aunque don Benito no era el único
fabricante de bateas, él era el preferido
de San Jorge, ya que su trabajo lo hacía
con delicadez y entrega.
"Mucha gente me preguntaba cómo
hacía para que me quedaran tan bonitas
las bateas. Ni yo mismo sabía por
qué me quedaban así. Yo creo que
la misma envidia de los fabricantes hacía
que a ellos le quedaran feas", expresa con una
carcajada el señor Rivera.
Hoy en día, don Benito ha dejado este
tipo de trabajo, pues según él, es
poco el uso que se le da a este objeto. Sin
embargo siempre está dispuesto a volver
hacerlo, siempre y cuando encuentre un buen
tablón, que puede ser de conacaste,
cedro, carreto u otra buena madera.