El Gran Maestro del
Trópico
El Gran Maestro, desde que llegó
al poder, hacía cumplir sus planes,
algunos calculados desde hacía
décadas.
Le hizo una revolución al sistema
político. Desbarató la
oposición y los sumergió en una
permamente batalla interna.
Cambió la moneda e hizo al país
en un satélite de una potencia
extranjera.
El Gran Maestro estaba dispuesto a imponer su
nuevo sistema, costara lo que costara.
Lo hizo, al principio, con mucho tacto.
Después se descubrió tal como era
y no tuvo ninguna delicadeza.
Sus seguidores al principio eran vistos como
héroes, pero luego fueron temidos y
odiados.
Llegó a la capital al frente de una
marcha victoriosa que duró jornadas de
discursos.
Entró a las grandes ligas de la
política mundial. Se codeó con
figurones y todos hablaban, para bien o para
mal, de cómo llevaba las riendas del
país.
Pues bien, el Gran Maestro tenía pocas
cosas de qué preocuparse.
Una de esos asuntos era un grupo de
empresarios. La gente los odiaba, pero sus
servicios eran necesarios.
¡Ah! Y habían obtenido una enorme
cuota de poder gracias al poder de una
cofradía que tenía tintes
mafiosos.
Tenían unas opiniones y costumbres que
no le agradaron al Gran Maestro, al rector de la
política nacional.
¡Y cómo le iban a gustar, si
querían más de esto y más
de lo otro!
Cada vez que hablaban, el Gran Maestro
guardaba silencio. Hasta que una vez se
hartó de escuchar lo mismo y soportar las
mismas amenazas y chantajes.
¿Qué era eso de andar diciendo lo
que le venía en gana y pidiendo lo que le
aconsejaba el bolsillo?
¿Eran acaso esas peticiones desviaciones
malévolas del sistema? ¿Una
enfermedad que debía ser extirpada? A lo
mejor esa fue la explicación del Gran
Maestro.
Ordenó callarlos, a los dirigentes y a
sus grupos disidentes.
Envió tropas y reprimió el
descontento.
- ¡Cuando yo digo algo, se hace!
¡No estoy para negociar!
Los disidentes fueron arrestados. Gritaban
que fueron detenidos por sus ideas, que eran
presos políticos.
El Gran Maestro todavía analiza
qué hacer con ellos. De todos modos, ya
no tienen el negocio que comandaban. Ya los
buses tienen otro sistema, el que él
dispuso.
Porque, como habrán adivinado, esta
historia pasó aquí y no en ninguna
isla caribeña.