Jueves 29 de noviembre 2001


Esclavos del libertinaje
Por el padre Eugenio Hoyos

E-mail: FatherHoyos@utinet.net

Los jóvenes, los niños y los ancianos tienen derecho a divertirse sanamente y responsablemente. Desafortunadamente nos falta educar más a nuestra sociedad en la diversión pues exageramos todo.

Muchos piensan que para pasarla bien en una fiesta hay que bailar todas las canciones y sacar a bailar a todos; que si no hay licor y no salimos bien borrachos entonces la fiesta estuvo malísima y aburrida. Si no nos dan comida con buenos tamales, pupusas de pollo o comida de mar los dueños de la fiesta son tacaños y hambrientos.

Convertimos desafortunadamente nuestras fiestas familiares en carnavales irresponsables, y si vamos a la playa y vamos manejando un auto queremos ir a toda velocidad para después lamentarnos del accidente y tristemente llorar al muerto en el velorio. Divertirnos no es pecado; todo lo contrario, es una gran oportunidad que tenemos todos para compartir, para integrarnos y para desestresarnos. Recuerda que el mismo Jesús sacó tiempo para compartir con sus amigos y con su Santísima Madre en las bodas de Caná, en Galilea.

Padres de familia, ustedes son responsables de educar a sus hijos en la diversión como también de acompañarlos en sus actividades. No se olviden de que también hay terrorismo en las fiestas, en los centros comerciales y en las discotecas. Terrorismo en mentes enfermas que ayudan a perjudicar a otros. Es terrorismo cuando se atenta contra otro ser humano, invitándolo a las drogas, al licor, a la violación, al robo, al secuestro, es decir, a todo lo que produce pecado y terror.

El Papa Juan Pablo II, en una carta a las familias, insiste en el reto que tenemos de construir la civilización del amor. Lo logramos afianzando los valores espirituales y centrando la vida, no en un individualismo egoísta, sino en el altruismo. Este nos saca del calabozo del ego y nos abre al servicio de los demás; nos mueve a compartir, respetar y comprender.

Dar y darse a los demás

El altruismo nace de una ética personalista, que muestra cómo el ser humano sólo se realiza en la entrega sincera de sí mismo a los otros. Todo lo contrario de la ética individualista, en la que cada cual fabrica su propio concepto de verdad, libertad y amor, con serias implicaciones sociales. Hoy en día es común escuchar a muchos que define así la libertad: hacer lo que me gusta y lo que es útil. Se cae así en un subjetivismo en el que todo es bueno mientras me guste, independientemente del daño que cause a los demás.

De ahí el desafío en edificar la civilización del amor y no la civilización del terrorismo. Se edifica con un amor exigente, responsable y honesto. Un amor en el que recuerdo que "mi libertad termina donde comienza la de mis hermanos". De otro modo somos esclavos del libertinaje.

¡Piensa positivo y busca a Dios!


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