Esclavos del
libertinaje
Por
el padre Eugenio Hoyos
E-mail:
FatherHoyos@utinet.net
Los
jóvenes, los niños y los ancianos
tienen derecho a divertirse sanamente y
responsablemente. Desafortunadamente nos falta
educar más a nuestra sociedad en la
diversión pues exageramos todo.
Muchos piensan que para pasarla bien en una
fiesta hay que bailar todas las canciones y
sacar a bailar a todos; que si no hay licor y no
salimos bien borrachos entonces la fiesta estuvo
malísima y aburrida. Si no nos dan comida
con buenos tamales, pupusas de pollo o comida de
mar los dueños de la fiesta son
tacaños y hambrientos.
Convertimos desafortunadamente nuestras
fiestas familiares en carnavales irresponsables,
y si vamos a la playa y vamos manejando un auto
queremos ir a toda velocidad para después
lamentarnos del accidente y tristemente llorar
al muerto en el velorio. Divertirnos no es
pecado; todo lo contrario, es una gran
oportunidad que tenemos todos para compartir,
para integrarnos y para desestresarnos. Recuerda
que el mismo Jesús sacó tiempo
para compartir con sus amigos y con su
Santísima Madre en las bodas de
Caná, en Galilea.
Padres de familia, ustedes son responsables
de educar a sus hijos en la diversión
como también de acompañarlos en
sus actividades. No se olviden de que
también hay terrorismo en las fiestas, en
los centros comerciales y en las discotecas.
Terrorismo en mentes enfermas que ayudan a
perjudicar a otros. Es terrorismo cuando se
atenta contra otro ser humano,
invitándolo a las drogas, al licor, a la
violación, al robo, al secuestro, es
decir, a todo lo que produce pecado y
terror.
El Papa Juan Pablo II, en una carta a las
familias, insiste en el reto que tenemos de
construir la civilización del amor. Lo
logramos afianzando los valores espirituales y
centrando la vida, no en un individualismo
egoísta, sino en el altruismo. Este nos
saca del calabozo del ego y nos abre al servicio
de los demás; nos mueve a compartir,
respetar y comprender.
Dar y darse a los
demás
El altruismo nace de una ética
personalista, que muestra cómo el ser
humano sólo se realiza en la entrega
sincera de sí mismo a los otros. Todo lo
contrario de la ética individualista, en
la que cada cual fabrica su propio concepto de
verdad, libertad y amor, con serias
implicaciones sociales. Hoy en día es
común escuchar a muchos que define
así la libertad: hacer lo que me gusta y
lo que es útil. Se cae así en un
subjetivismo en el que todo es bueno mientras me
guste, independientemente del daño que
cause a los demás.
De ahí el desafío en edificar
la civilización del amor y no la
civilización del terrorismo. Se edifica
con un amor exigente, responsable y honesto. Un
amor en el que recuerdo que "mi libertad termina
donde comienza la de mis hermanos". De otro modo
somos esclavos del libertinaje.
¡Piensa positivo y busca a Dios!