Martes 27 de noviembre 2001


Palabras
Los fríos juguetes modernos
Carlos Balaguer

Cuando cierta vez en el "rastro" de Madrid me quedé sin comprar una muñeca antigua de porcelana de a principios de siglo, sinceramente me dieron ganas de patalear y armar un berrinche. No sólo porque me fascinan las antigüedades, sino porque quizá en el fondo lo que yo perseguía era "jugar{ con aquel fantoche del pasado. Los hombres también jugamos con muñecos y muñecas. Les destrozamos el alma, los rompemos, les sacamos el aserrín o la viruta o los dejamos olvidados en la bodega de cosas viejas.

Cuesta un poco aceptarlo, pero eso mismo hacemos cuando "grandes".

El juguete moderno, sin embargo, a pesar de que recoge la medida ideológica del progreso, la fantasía que se pueda desencadenar de los mismos avances científicos y tecnológicos -"ciencia-ficción", "juego-ficción"-, ha perdido con el tiempo y con la producción en cadena de las industrias jugueteras, ese calor de los artesanos chinos, nipones, alemanes, que satisfacieron la demanda de juguetes en el pasado.

El juguete primitivo y de articulación mecánica daba un margen de participación al niño, cosa que no ocurre con el juguete moderno -máquina en el fondo-, que con su "vida" propia, relega o limita en alguna medida la participación creativa del joven jugador.


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