La
columna nacional
Advertencia para las
derechas ante el inicio del año
político
Roberto
López-Geissmann
Cuñas
del mismo palo. ¿Quién no conoce
nuestro dicho que reza: "La cuña para que
apriete tiene que ser del mismo palo"? Esto en
política se aplica lo mismo para las
izquierdas como para las derechas, porque
insistiré siempre en que deben escribirse
en plural, con "s" al final, no en singular. Lo
que quiere decir que los mismos individuos que
una vez formaron una unidad, o que por lo menos
compartían un pensamiento similar y que
hoy se separan, pueden llegar a ser un dolor de
cabeza más fuerte que sus adversarios del
otro lado del espectro político. Y lo son
porque en parte se dirigen a una común
clientela, se conocen sus mañas y pueden
atraer a similares votantes. Y ni modo, no
sería correcto coartar el legítimo
derecho de los ciudadanos a reunirse en torno a
nuevas opciones. Ahora bien, para mi lado
más afín del espectro escribo a
continuación las siguientes
líneas, para que sirvan como elemento de
reflexión en función de las
estrategias que puedan utilizar.
Una carta única. Me valdré para
ilustrar mi punto de algunas referencias de la
carta que el periodista cubano Miguel
Ángel Quevedo le enviara a su amigo
Ernesto Montaner, epístola que recibiera
este cuando ya era cadáver el conocido
editor de la revista "Bohemia" y en la que se
conduele de haber otrora apoyado a Fidel Castro;
fechada el 12 de agosto de 1969, dice, en
parte:
"...Yo no niego mis errores ni culpabilidad,
lo que sí niego es que yo fuera el
único culpable. Culpables fuimos todos,
en mayor o menor grado.... Los periodistas que
llenaban mi mesa de artículos
demoledores, arremetiendo contra todos los
gobernantes. Buscadores de aplausos que por
satisfacer el morbo infecundo y brutal de las
multitudes, por sentirse halagados por la
aprobación de la plebe, vestían el
odioso uniforme de oposicionistas
sistemáticos... que no se quitaban nunca.
No importa quién fuera el presidente. Ni
las cosas buenas que estuviese realizando...
Fidel no es más que el resultado del
estallido de la demagogia y de la insensatez.
Todos contribuimos a crearlo. Y todos, por
resentidos, por demagogos, por estúpidos
o por malvados, somos culpables de que llegara
al poder... Fueron culpables los millonarios que
llenaron de dinero a Fidel para que derribara al
régimen.... los curas de sotana roja...
el State Department, que respaldó la
conjura internacional...
Todos. Por acción u omisión.
Viejos y jóvenes. Ricos y pobres... Los
titanes de esa izquierda democrática que
tan poco tiene de democracia y tanto tiene de
izquierda..." Y termina deseando: "Ojalá
mi muerte sea fecunda. Y obligue a la
meditación. Para que, los que queden
aprenda la lección. Y los
periódicos y los periodistas, no vuelvan
a decir jamás lo que las turbas incultas
y desenfrenadas quieran que ellos digan. Para
que la prensa no sea más un eco de la
calle. Para que los anunciantes no llenen de
poderío con sus anuncios a publicaciones
tendenciosas, sembradores de odio y de infamia,
capaces de destruir hasta la integridad
física y moral de una nación o de
un destierro".
Es en este contexto que las derechas deben
plantear estrategias que no olviden ni por un
solo segundo al contrincante principal y cuyo
triunfo sería nefasto. Claro está
y yo lo he afirmado muchas veces que el
argumento de "estar creando división es
traición" sólo puede caber en
mentes pequeñas y/o calenturientas, no es
así, y dejaríamos de estar en
democracia si no existiera el derecho a disentir
y escoger... pero ¡cuidémonos
también de no hacerles el juego a las
izquierdas! No puede dejar de citar uno de los
últimos párrafos de la aludida
carta de Quevedo, cuando dice:
"Fuimos un pueblo cegado por el odio. Y todos
caímos víctimas de esa ceguera.
Nuestros pecados pesaron más que nuestras
virtudes. Nos olvidamos de Núñez
de Arce, cuando dijo: -Que cuando este pueblo
olvida sus virtudes lleva en sus propios vicios
su tirano..."
Así, la falta de reconocimiento de lo
bien realizado, el ataque mordaz, las usinas de
rumores, el alentar un periodismo insidioso y
feroz no puede sino favorecer al mal
común de todos los
salvadoreños.