Domingo 25 de noviembre 2001



Juan "Chatarra" López
-Otro cuento de la vida real-

Juan fue un niño muy inquieto. Sus manitas traviesas recibieron un castigo en mas de una ocasión, además del sobrenombre de "manitas destructoras".

Lito Montalvo

La costumbre no se le pudo quitar. Cuanta cosa llegaba a sus manos, era examinada y a veces desarmada, para ver qué tenía adentro. Cuando tuvo 8 años le pidió al Niño Dios unas herramientas de juguete con las que empezó su incipiente profesión de mecánico. A los 12 años ya reparaba planchas, licuadoras y otros aparatos electrodomésticos, y con lo que ganaba, además de ahorrar, le ayudaba a su mamá; a los 15, ya tenía su pequeño taller de reparaciones varias, pero su verdadera vocación eran los carros y en especial los camiones. Juan lamentaba no haber nacido en Detroit, Meca de los automóviles, pero estudiaba cuanta revista de auto mecánica le llegaba a sus manos. Poco a poco Juan se convirtió en autoridad en mecánica, y era consultado por los maestros de los talleres vecinos.

Algunos le ofrecieron empleo, pero él se negaba por que tenía otros ideales, pero siempre fue respetado y muy colaborador con sus amigos.

Al fin puso su taller en el patio de la casa, pero su pasatiempo era visitar las "hueseras" de donde le vino el apodó de "Chatarra"; no obstante, su sueño era construir su propio camión hecho con piezas de diferentes vehículos las cuales fue adquiriendo lentamente y pesados a precio de hierro para fundición. Primero compró un motor Cummins, que estaba bueno, pero la culata estaba torcida; compró también un chasis Magirus y allí montó el motor con el que iniciaba su obra maestra. La cabina de Toyota se la regalaron, lo mismo que un cardán de Mack y los guardabarros de Isuzu. Los faroles de Mercedes Benz y el bomper de Nissan se los dieron en pago de una gallada que hizo. Con todas las piezas, Juan terminó de armar su camión; lo lijó con esmero y le aplicó una capa de pintura acrílica de buena calidad. Además le puso dos llantas de repuestos, una mica de 10 toneladas, un extintor y los triángulos reflectores y un cable para remolque.

Cuando la obra maestra, como él la llamaba, estuvo concluida, Juan decidió poner su flamante camión a trabajar para recuperar los gastos que había hecho.

Buscó una empresa tramitadora para sacarle las placas. Le informaron que si no tenía los papeles, sería muy difícil poder matricular el vehículo, porque necesitaba la póliza de importación de la cabina, del motor, del chasis, o por lo menos las tarjetas de circulación de los vehículos deshuesados, los cuales deben tener las matriculas al día, porque de lo contrario hay que pagar las matrículas que no se han matriculado los repuestos; además debe tener placas, porque si ha perdido las viejas, hay que pagar por las viejas, aunque sean para fundirlas, porque SERTRACEN no puede perder ni un centavo aunque sea para fundir las placas viejas que a saber negocio de quién será. Y demostrar que el timón fue puesto a la izquierda de fábrica, porque la "fábrica" de camiones de Juan no tiene esa categoría sino de taller artesanal y puede poner en grave peligro a todos los automovilistas del país.

Juan se sintió desilusionado al darse cuenta de que es más difícil poner en regla su vehículo que construirlo, por lo que aculó el camión en una esquina del taller mientras conseguía los papeles.

Pocos días después se presentaron al taller unos policías pidiendo los papeles de los vehículos que allí se encontraban, y al llegar a su camión se dieron cuenta de que no tenía papeles, a pesar de que Juan les explicó que era "hechizo".

Juan pasó a prisión mientras se ventilaba el caso del camión. Después de cuarenta y cinco días, Juan fue puesto en libertad condicional, pero el juez le advirtió que en el futuro se abstuviera de hacer "bayuncadas". Juan cerró el taller, mientras se recuperaba de una anemia y se libraba de los piojos, pero más que todo de su trauma psicológico. Luego se dirigió al camión, su obra de arte, el producto de se habilidad e ingenio, y después de contemplarlo largamente, tomó firmemente la antorcha de acetileno y partió el camión en partes, las cuales vendió de nuevo a las hueseras como hierro a cincuenta pesos el quintal.

Moraleja: si quieres inventar algo, no lo hagas en El Salvador; aquí todos somos sospechosos, hasta que se demuestre lo contrario. Y si te superas, sobran envidiosos para querer hundirte.

Este artículo fue escrito en 1987, hace 15 años, y las cosas no cambian... empeoran. Las cosas tienen que ser de fábrica, aunque sean de contrabando; lo hecho aquí no vale, por eso desaparecieron las "chintas de palo", que eran las muñecas de los pobres hechas en las penitenciarías, ahora consideradas obras de colección.

INSERTO: Tenga cuidado de inventar algo que se mueva con ruedas, si no tiene la tarjetita azul, puede ser considerado delincuente.


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