Sábado 24 de noviembre 2001



























Evangelio para domingo
San Lucas 23, 35-43

Conmigo en el paraíso

La gente estaba allí mirando; los jefes, por su parte, se burlaban diciendo: "Si salvó a otros, que se salve a sí mismo, ya que es el Mesías de Dios, el Elegido".

También los soldados se burlaban de Él. Le ofrecieron vino agridulce, diciendo: "Si Tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo".

Porque había sobre la cruz un letrero que decía: "Este es el rey de los judíos".

Uno de los malhechores que estaban crucificados con Jesús lo insultaba: "¿No eres Tú el Mesías? ¡Sálvate a ti mismo y también a nosotros!".

Pero el otro lo reprendió: "¿No temes a Dios tú, que estás en el mismo suplicio? Nosotros lo hemos merecido y pagamos por lo que hemos hecho, pero éste no ha hecho nada malo".

Y añadió: "Jesús, acuérdate de mí cuando entres en tu Reino".

Jesús le respondió: "En verdad te digo que hoy mismo estarás conmigo en el paraíso".

Comentario

Jesús reina sirviendo a la humanidad 

"Este es el rey de los judíos"

El Evangelio de Lucas presenta a Jesús como un Rey muy especial, cuestionante, que "reina desde la cruz"; el que está destinado a manifestarse en el futuro como centro y meta de todo lo que existe.

Jesús no había venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida por todos. Ahora está, por lo tanto, en la plenitud de su realeza, porque está en la plenitud de su entrega. Ya toda su vida había sido entrega generosa. De Él se dijo que "pasó haciendo el bien"; consolando, perdonando, curando, atendiendo, comunicando esperanza, dando testimonio de la verdad.

Jesús no es un Rey como los de este mundo, que dominan y maltratan a quienes tiene bajo ellos; no utiliza su poder en beneficio propio, por eso no se salva a sí mismo.

"¿No temes a Dios...?"

Ante ese Rey que muere en la cruz, las reacciones de la gente son diversas: unos lo miran desde lejos, otros han escapado por miedo, otros se burlan; Lucas hasta opone la valiente confesión de uno de los ajusticiados a las blasfemias y la desesperación de otro.

Pero hay una persona que sí cree en Él: el buen ladrón. Descubre que ése que muere a su lado es algo especial: "Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí". Ha creído en Jesús como Rey, a pesar de que lo está viendo en un momento de mínima credibilidad, a punto de morir, como él mismo, ajusticiado en la cruz.

"Te aseguro que hoy estarás conmigo..."

Jesús se manifestó como Rey, sobre todo desde el suplicio de la cruz, ésta fue su trono y su cátedra, pues desde ella enseñó a toda la humanidad cómo se debe presidir y ejercer la autoridad entre los creyentes; o sea, en la disponibilidad al servicio hasta las últimas consecuencias.

El comportamiento de Jesús, que no utilizó su poder en beneficio propio, quebró la dureza de uno de los malhechores con los que fue crucificado. ¡El testimonio del Señor le hizo entender al buen ladrón de qué Reino era Rey Jesús!

Desde este diálogo a media voz entre Jesús y el buen ladrón hay esperanza en el mundo para toda situación difícil. Sin Jesús en la cruz no queda nadie a quien dirigirse en busca de una palabra de esperanza. Con Él allí cambia todo porque Él puede decir siempre y con verdad a cualquier ladrón o criminal a punto de morir que se dirija a Él: "Hoy estarás conmigo en el paraíso".

"Y nosotros..."

Cristo Rey no ejerce su autoridad para oprimir y humillar, sino para liberar y promover a sus hermanos; vino a enseñarnos que todo poder (político, religioso, intelectual) está al servicio de los oprimidos y desvalidos. ¡El Reino de Dios es una realidad global, nada escapa a ella! El buen ladrón nos enseña a  mirar hacia Jesús con ojos profundos.

Nuestra actitud, en nombre de Jesús, no deberá ser la del dominio, sino la del servicio. No la del prestigio político o económico, sino la del diálogo humilde y comunicador de esperanza. Evangelizaremos más a las personas con nuestra entrega generosa que con nuestros discursos. En nosotros también debe cumplirse lo de que "servir es reinar".

En otras palabras, también nosotros debemos estar dispuestos a sacrificar nuestra vida en el servicio, para que se establezca el reinado de la luz y de la paz, de la vida y del amor.

Hoy podemos hacer nuestras las palabras de Dostoieswsky: "Señor, si hubieras empuñado la espada, se te hubieran sometido gustosos todos los hombres. Tendrías en una sola mano el dominio sobre los cuerpos y sobre las almas y hubiera comenzado entonces el Reino de la paz universal. ¡Lo dejaste escapar! No bajaste de la cruz, como te pedían, porque no quieres hacer de los hombres esclavos sirviéndote de la magia de tus prodigios, sino que prefieres servidores libres por amor. ¡Ese es el misterio del Reino de Cristo!".

El mundo no puede salvarse por la violencia de la espada ni por la fuerza devastadora de los cohetes atómicos, sino por la fuerza del amor.

¡Donde un corazón cree en el amor de Dios, allí está el Reino de Cristo!

Sixto Alfonso Flores, Sdb

Estimado lector: También puede leer la cita del evangelio y el comentario en el sitio www.escogecr.com.





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