Viernes 23 de noviembre 2001


Algunas clases de políticos

En este país hay hombres que ingresan a los partidos políticos con el único fin de lucrarse, de tener un salario fijo cada mes y dejar de lado cualquier actividad productiva.

Por Luis Lainez

No les importa mentir de la manera más descarada, ofrecer calles cuando su "trabajo" es hacer leyes y debatir.

Estos son la mayoría. Aunque tengan salarios mayores a los ¢30 mil, visten los mismos trajes fuera de época, pero llevan alrededor de sus cuellos gruesas cadenas de oro, las cuales menean para pavonearse cuando llegan de visita al pueblo.

A otros, en cambio, no les interesa tanto el salario que mamarán del Estado. Ellos llegan para obtener información que los privilegie a la hora de hacer negocios.

Incluso hay más de uno que, después "de dejar la política", son contratados por empresas en calidad de asesores, para desentrañar las leyes que escribieron o para sacar lucro de sus conocimientos.

No se admire. Hubo uno que incluso fue contratado por un gobierno centroamericano para que les diera consejos para privatizar la telefonía.

Sin embargo, hay una clase de políticos a los que los mueve un ideal superior. Ojo, no crea que es servir al pueblo, es una necesidad imperiosa de deleitar el poder.

Estos son los que se desvelan hasta que sale el sol para decifrar la estrategia del enemigo.

Deben tener la sensación de ganar, aunque sea una victoria pírrica.

Conspiran en bares, restaurantes y ventas de pan dulce.

Su único afán es conseguir el poder y disfrutar en el intento todo lo que esto conlleva.

Los que tienen esta vocación, gozan con cada movimiento, con cada logro.

No les importa quedarse sin comer o dedicar todo un día, desde las siete de la mañana hasta las once de la noche, en convencer a otros para su causa.

Hace unos días encontré una escena surrealista. Uno de esos políticos se encontraba en un lavadero con un cuchillo en la mano, mientras otro revelaba su estrategia con total seriedad.

Llegó con un plato de vidrio y trozos de papaya (que estaba dulcísima) recién cortada del patio.

- ¿Y este es el almuerzo? -pregunté.

- ¡No! ¡Este ya se comió una libra de queso y ocho tortillas! -contestó otro.

Más tarde, el mismo que había cortado las papayas, subió al limonero. Encontró dos jugosos frutos y pidió una limonada.

- ¡Es que estoy deshidratado! -explicó.


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