Algunas clases de
políticos
En este país hay hombres que
ingresan a los partidos políticos con el
único fin de lucrarse, de tener un
salario fijo cada mes y dejar de lado cualquier
actividad productiva.
Por Luis
Lainez
No
les importa mentir de la manera más
descarada, ofrecer calles cuando su "trabajo" es
hacer leyes y debatir.
Estos son la mayoría. Aunque tengan
salarios mayores a los ¢30 mil, visten los
mismos trajes fuera de época, pero llevan
alrededor de sus cuellos gruesas cadenas de oro,
las cuales menean para pavonearse cuando llegan
de visita al pueblo.
A otros, en cambio, no les interesa tanto el
salario que mamarán del Estado. Ellos
llegan para obtener información que los
privilegie a la hora de hacer negocios.
Incluso hay más de uno que,
después "de dejar la política",
son contratados por empresas en calidad de
asesores, para desentrañar las leyes que
escribieron o para sacar lucro de sus
conocimientos.
No se admire. Hubo uno que incluso fue
contratado por un gobierno centroamericano para
que les diera consejos para privatizar la
telefonía.
Sin embargo, hay una clase de
políticos a los que los mueve un ideal
superior. Ojo, no crea que es servir al pueblo,
es una necesidad imperiosa de deleitar el
poder.
Estos son los que se desvelan hasta que sale
el sol para decifrar la estrategia del
enemigo.
Deben tener la sensación de ganar,
aunque sea una victoria pírrica.
Conspiran en bares, restaurantes y ventas de
pan dulce.
Su único afán es conseguir el
poder y disfrutar en el intento todo lo que esto
conlleva.
Los que tienen esta vocación, gozan
con cada movimiento, con cada logro.
No les importa quedarse sin comer o dedicar
todo un día, desde las siete de la
mañana hasta las once de la noche, en
convencer a otros para su causa.
Hace unos días encontré una
escena surrealista. Uno de esos políticos
se encontraba en un lavadero con un cuchillo en
la mano, mientras otro revelaba su estrategia
con total seriedad.
Llegó con un plato de vidrio y trozos
de papaya (que estaba dulcísima)
recién cortada del patio.
- ¿Y este es el almuerzo?
-pregunté.
- ¡No! ¡Este ya se comió una
libra de queso y ocho tortillas!
-contestó otro.
Más tarde, el mismo que había
cortado las papayas, subió al limonero.
Encontró dos jugosos frutos y
pidió una limonada.
- ¡Es que estoy deshidratado!
-explicó.