Jueves 22 de noviembre 2001


De mis recuerdos
Llano del Muerto
Marvin Galeas*

E-mail: Marvin@telemovil.com

24 de abril de 1988 en la memoria. La Fuerza Armada había diseñado una nueva táctica operativa. No se trataba ya de penetrar en las zonas bajo control guerrillero con grandes unidades de infantería con el objetivo de búsqueda y destrucción. Resultaban ruidosas y lentas, fáciles de detectarlas, fácil de burlarlas. Ya no. El plan era creativo: introducir en el terreno pequeñas unidades silenciosas, buscar campamentos, chocar y, en cuestión de minutos, desembarcar tropas elites con el objetivo de aniquilar.

Estábamos acampando de emergencia, debido al operativo enemigo, al norte de Perquín, en el Llano del Muerto. Nombre de mal agüero. En tiempos de paz es maravilloso. Desde la cima del cerro Pericón parece una gigantesca mesa de billar. Pero estábamos en guerra, cuando se ensancha la muerte y la vida también. Para colmo el cielo estaba totalmente despejado. Azul intenso arriba, verde exuberante abajo.

Propicio para las operaciones terrestres y helitransportadas. Eran pasadas las 8:00 de la mañana. Los de la comandancia se encontraban reunidos en sus planificaciones, las de la cocina haciendo café, los radistas comunicándose, los de la seguridad en vigilancia, los de la radio preparando los materiales para ese día.

Yo me encontraba escribiendo no se qué y escuchando radio. Recuerdo la canción: "Alone Again", de Gilbert O'Sullivan. "Within a little while from now...". Comía como desayuno un huevo con repollo y una taza de café negro sin azúcar. "If I'm not feeling any less sour...". Los pequeños ruidos de la naturaleza: el rumor del viento entre los árboles, el lejano murmullo de una quebrada, el cantar de los pájaros nos daban una sensación de paz. "I promise myself to treat myself...".

Falsa paz. Por la ladera que sube al llano venía en silencio una de las pequeñas patrullas. Nos habían detectado. En segundos iban a chocar. A pocos metros estábamos sin saber el peligro. Yo, como siempre, escribiendo y soñando. "...alone again, naturally...".

Retumbó el primer noventazo -PUM PUM- y se hizo el infierno. Un certero disparo impactó a Jorge Meléndez, comandante Jonás, en el brazo. Cayó herido, la sangre se le escapa a borbotones. Ruidos, carreras, órdenes y más tiros, granadazos y noventazos. Veo rostros y labios emblanquecidos, pupilas dilatadas. Siento la adrenalina quemando la cara y el corazón acelerado. El viejo Germán, jefe de la seguridad, chele y flaco, asume la defensa con su pequeña tropa. Grita y da órdenes "¡rodeenlos, aniquílenlos, los tenemos!", dice como si comandase un batallón. Sabe que bajo su responsabilidad están las vidas de los miembros de la comandancia, entre ellos Atilio, Mena Sandoval, Roberto Roca y Jonás gravemente herido.

Mientras Germán y sus hombres gritando más que disparando contienen a la patrulla enemiga, los de la comandancia se retiran vaguada arriba. "Rápido, rápido, rápido que pronto vendrá el desembarco y allí sí que nos joden", dice Mena Sandoval con la boca reseca. Yo me perdí. Me solía pasar. Tomé mi mochila, el fusil, la taza de la caramañola con todo y huevo con repollo, la metí en su funda y me fui por donde no era. Terminé, justo cuando aparecieron los helicópteros roqueteros, solitario metido en una vaguada. El paisaje era plano y casi sin árboles. Si salía de la vaguada iba a servir de blanco de feria. Pero si me quedaba corría el peligro de ser capturado. Tomé una decisión. Me llené de ramas y hojas para desfigurar la silueta, con ayuda del agua de un pocito y un palo quemado, me tizné la cara. Repetí completo el salmo 91 "Caerán mil a tu diestra y cien mil a tu siniestra mas a ti no te tocarán". Puse el fusil M-16 en ráfaga, y emprendí la carrera más veloz de mi vida. Lo único que quería era alejarme de aquel llano maldito.

Con el corazón en la boca, con las piernas reventadas y con la espalda arqueada por el peso de la mochila, corrí hasta parar en una bolita de monte. "Alto" me dijo una voz. "No te movás". No era necesario que me lo dijera. Estaba paralizado. "Me tienen" pensé afligidísimo. Y de pronto la voz me dice "Marvin... ¿sos vos?". Era Agustín, miembro de la seguridad que también se había perdido. "No te reconocí con tanta rama, pareces un matocho. Di que eras vos por la gorrita que tenés. Casi te mato". Me volvió el alma al esqueleto. Juntos caminamos hacia el norte... Atrás quedaba el helicopterío disparando cohetes y balas sobre el Llano del Muerto.

Aparte de Jonás y Arnulfo que resultó herido no tuvimos bajas. Le habíamos ganado una pequeña partidita a la parca. Casi a tres años después de aquel episodio pienso: cuánto tuve que despreciar a la muerte, para amar con todas las fuerzas la vida.


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