De mis
recuerdos
Llano del Muerto
Marvin
Galeas*
E-mail:
Marvin@telemovil.com
24
de abril de 1988 en la memoria. La Fuerza Armada
había diseñado una nueva
táctica operativa. No se trataba ya de
penetrar en las zonas bajo control guerrillero
con grandes unidades de infantería con el
objetivo de búsqueda y
destrucción. Resultaban ruidosas y
lentas, fáciles de detectarlas,
fácil de burlarlas. Ya no. El plan era
creativo: introducir en el terreno
pequeñas unidades silenciosas, buscar
campamentos, chocar y, en cuestión de
minutos, desembarcar tropas elites con el
objetivo de aniquilar.
Estábamos acampando de emergencia,
debido al operativo enemigo, al norte de
Perquín, en el Llano del Muerto. Nombre
de mal agüero. En tiempos de paz es
maravilloso. Desde la cima del cerro
Pericón parece una gigantesca mesa de
billar. Pero estábamos en guerra, cuando
se ensancha la muerte y la vida también.
Para colmo el cielo estaba totalmente despejado.
Azul intenso arriba, verde exuberante abajo.
Propicio para las operaciones terrestres y
helitransportadas. Eran pasadas las 8:00 de la
mañana. Los de la comandancia se
encontraban reunidos en sus planificaciones, las
de la cocina haciendo café, los radistas
comunicándose, los de la seguridad en
vigilancia, los de la radio preparando los
materiales para ese día.
Yo me encontraba escribiendo no se qué
y escuchando radio. Recuerdo la canción:
"Alone Again", de Gilbert O'Sullivan. "Within a
little while from now...". Comía como
desayuno un huevo con repollo y una taza de
café negro sin azúcar. "If I'm not
feeling any less sour...". Los pequeños
ruidos de la naturaleza: el rumor del viento
entre los árboles, el lejano murmullo de
una quebrada, el cantar de los pájaros
nos daban una sensación de paz. "I
promise myself to treat myself...".
Falsa paz. Por la ladera que sube al llano
venía en silencio una de las
pequeñas patrullas. Nos habían
detectado. En segundos iban a chocar. A pocos
metros estábamos sin saber el peligro.
Yo, como siempre, escribiendo y soñando.
"...alone again, naturally...".
Retumbó el primer noventazo -PUM PUM-
y se hizo el infierno. Un certero disparo
impactó a Jorge Meléndez,
comandante Jonás, en el brazo.
Cayó herido, la sangre se le escapa a
borbotones. Ruidos, carreras, órdenes y
más tiros, granadazos y noventazos. Veo
rostros y labios emblanquecidos, pupilas
dilatadas. Siento la adrenalina quemando la cara
y el corazón acelerado. El viejo
Germán, jefe de la seguridad, chele y
flaco, asume la defensa con su pequeña
tropa. Grita y da órdenes
"¡rodeenlos, aniquílenlos, los
tenemos!", dice como si comandase un
batallón. Sabe que bajo su
responsabilidad están las vidas de los
miembros de la comandancia, entre ellos Atilio,
Mena Sandoval, Roberto Roca y Jonás
gravemente herido.
Mientras Germán y sus hombres gritando
más que disparando contienen a la
patrulla enemiga, los de la comandancia se
retiran vaguada arriba. "Rápido,
rápido, rápido que pronto
vendrá el desembarco y allí
sí que nos joden", dice Mena Sandoval con
la boca reseca. Yo me perdí. Me
solía pasar. Tomé mi mochila, el
fusil, la taza de la caramañola con todo
y huevo con repollo, la metí en su funda
y me fui por donde no era. Terminé, justo
cuando aparecieron los helicópteros
roqueteros, solitario metido en una vaguada. El
paisaje era plano y casi sin árboles. Si
salía de la vaguada iba a servir de
blanco de feria. Pero si me quedaba
corría el peligro de ser capturado.
Tomé una decisión. Me llené
de ramas y hojas para desfigurar la silueta, con
ayuda del agua de un pocito y un palo quemado,
me tizné la cara. Repetí completo
el salmo 91 "Caerán mil a tu diestra y
cien mil a tu siniestra mas a ti no te
tocarán". Puse el fusil M-16 en
ráfaga, y emprendí la carrera
más veloz de mi vida. Lo único que
quería era alejarme de aquel llano
maldito.
Con el corazón en la boca, con las
piernas reventadas y con la espalda arqueada por
el peso de la mochila, corrí hasta parar
en una bolita de monte. "Alto" me dijo una voz.
"No te movás". No era necesario que me lo
dijera. Estaba paralizado. "Me tienen"
pensé afligidísimo. Y de pronto la
voz me dice "Marvin... ¿sos vos?". Era
Agustín, miembro de la seguridad que
también se había perdido. "No te
reconocí con tanta rama, pareces un
matocho. Di que eras vos por la gorrita que
tenés. Casi te mato". Me volvió el
alma al esqueleto. Juntos caminamos hacia el
norte... Atrás quedaba el
helicopterío disparando cohetes y balas
sobre el Llano del Muerto.
Aparte de Jonás y Arnulfo que
resultó herido no tuvimos bajas. Le
habíamos ganado una pequeña
partidita a la parca. Casi a tres años
después de aquel episodio pienso:
cuánto tuve que despreciar a la muerte,
para amar con todas las fuerzas la vida.