Martes 20 de noviembre 2001



 Ellacuría fue un mártir del proceso de Paz

Según Joaquín Villalobos, insistir en el proceso judicial de los jesuitas asesinados facilita que sangren las heridas abiertas por la guerra y que los mismos religiosos contribuyeron a cicatrizar.

Por Juan Bosco Martín
(Segundaparte)

Mientras la UCA busca en instancias internacionales justicia para los jesuitas asesinados en 1989, Villalobos reivindica la memoria de éstos como impulsores del proceso de Paz. Por tanto, según el ex-dirigente del Frente, reabrir los casos judiciales facilita que sangren las heridas que los mismos jesuitas muertos contribuyeron a cicatrizar.

El Diario de Hoy: A su juicio, ¿son los jesuitas instrumentos de la izquierda o instigadores de la agitación social, como algunos creen?

Joaquin Villalobos (J.V.): Más bien diría que se han equivocado al orientar su energía creadora. La UCA, probablemente, es el mayor poder intelectual que tenemos en un país que se enfrenta multitud de oportunidades. En esta situación, me parece que hay formas más inteligentes de plantearse la lucha contra la impunidad en el presente y la reivindicación histórica del martirio de los jesuitas.

¿Como cuáles?

J.V.: En primer lugar, la lucha por que El Salvador tenga un desarrollo institucional por los casos actuales, por los crímenes de hoy. Y en otro orden: en la medida en que tus muertos son banderas de unos contra otros, dejan de ser banderas nacionales. Esa lógica recurrente, amparada en el derecho de la víctima, que no permite que la sociedad evolucione de manera más reflexiva, menos humillante con respecto a su pasado, deslegitima símbolos que poseen un valor trascendental en la Historia del país, como Mons. Romero y los jesuitas. Estoy convencido de que Ellacuría es un mártir del proceso de Paz, y de que en unos cuantos años todo el mundo, incluido los que celebraron su muerte, se darán cuenta así fue. Pero el que se los quiera imponer como obligación, aleja esa posibilidad.

Pero la UCA no habla de humillar, sino de conocer la verdad para respetar la Justicia que necesita todo país.

J.V.: La confesión impuesta y pública no es confesión. Yo me eduqué en un colegio religioso y me enseñaron que la confesión es privada, y no es una humillación. Aquí lo que se está planteando es eso. Ahora no estamos enfrentando una amenaza grave de derechos humanos. Si el Estado estuviera violándolos, sería legítimo usar la agenda del pasado para denunciar los casos del presente. Pero no es ésa la realidad que vivimos.

Pero al Estado se le critica que está dejando en plena indefensión a los ciudadanos frente al crimen.

J.V.: Esto tiene mayor importancia, pero es otro tema. Tal vez la justicia y los jurados estén fallando a favor de los criminales por una cuestión de carácter educativo. Ante casos como FINSEPRO, los narcotraficandes de la avioneta que fueron liberados, los abogados que falsifican títulos, los buseros que atropellan niños, o la señora que robaba furgones que hasta tenía apoyo popular. ¿A quién le echamos culpa de ese concepto de la justicia? ¿A ARENA? ¿Al FMLN? No, los culpables somos todos, hay un problema de conducta que necesita ser atendido.

¿Por qué, si Ellacuría fue asesinado por un bando y no por otro?

J.V.: El fanatismo afectó a los dos lados. Los conflictos se rigen por una lógica de acción-reacción que encadena provocaciones cada vez mayores. "Tu me sacas un ojo, yo te saco dos". Las protestas populares se reprimían asesinando a gente. Eso condujo a la lucha armada, y a los secuestros. Los secuestros supusieron una gran provocación al Poder y esa provocación se convirtió en una represión más brutal y así llegamos a la guerra. Los secuestros fueron una equivocación, porque la mayoría de los empresarios que secuestramos eran personas valiosas, progresistas en su época, que probablemente pensaban cómo sacar al país del problema en el que estaba. ¿Que las monjas eran guerrilleras?: ¡eso es ridículo! Como ridículo es pensar que los empresarios eran explotadores... pero ésa era la patología de la época. Lo que mueve a la violación de derechos humanos es el miedo. En esas situaciones, los puntos neutros corren mayor peligro. Ellacuría se ubicó en esa posición. Los que estuvimos armados pusimos una cuota de empeño en resolver el conflicto, pero el aporte más importante y de mayor riesgo vino de los que no tenían armas.

Cuando se afirma que los culpables somos todos, ¿se está buscando, fundamentalmente, una absolución general?

J.V.: Pongamos un ejemplo. Ubiquemos el Caso Jesuitas en el conflicto palestino-israelí. ¿Cómo se resuelve eso? ¿Acaso no es necesario decirle a la gente que sufrió vejaciones que tiene que aceptar una cuota de impunidad? ¡No hay otra solución! ¿O cuál es? ¿La continuación de la guerra? La única forma de quebrar esa lógica es pensar en los niños. Es un grave error replantear el conflicto por la vía de la Historia.

¿Eran los jesuitas colaboradores de la guerrilla, como también se afirma?

J.V.: Mira, la guerra es un estado patológico que crea una condición de identificación fanática del adversario. Ellacuría se reunía con el Gobierno y la guerrilla para tratar de acercar a las partes. El FMLN hablaba de compartir el poder para una negociación, y Ellacuría decía que eso era absurdo, que lo que había que compartir eran las reglas. En una de esas reuniones secretas en Managua, sostuvo que podía hacerse la Paz. Y nos dio tres razones: primera, porque el programa económico de Cristiani iba a tener éxito. Segunda, porque con Cristiani se podía hacer la Paz. Y tercera, porque D´Abuisson se había convertido en un político y ya no se opondría al proceso de Paz.

¿Coincidió con él?

J.V.: Yo le rechacé sus tesis, sobre todo la tercera, porque mis percepciones del enemigo estaban condicionadas por la misma guerra. Pero Ellacuría tenía razón. Si él pensó que en el 89 el programa económico estaba bien, ¿qué pensaría ahora? Eso era un pecado mortal para la Izquierda de entonces. La reivindicación del papel mediador de Ellacuría en el proceso de Paz es mucho más importante que aclarar quién fue el autor intelectual de su muerte. Es como si yo me pusiera a averiguar quién secuestró a mi padre y a mi hermano. ¿Para qué?

¿Qué esperaría usted de la UCA?

J.V.: Que se pusieran a tono con la agenda del país y que abonen la posibilidad de que el país siga transformándose. Ellos son los de mayor disciplina, por eso su responsabilidad es muy grande. Hoy tenemos la oportunidad de usar el poder crítico de nuestros centros de estudio para una agenda de futuro.

Usted ha pasado los últimos años en la Universidad de Oxford. ¿Qué opinión le merece el papel de la Universidad en El Salvador?

J.V.: Hay tres universidades que concentran a 35 mil estudiantes, y si revisaran las corrientes de pensamientos filosófico, sociológico y político, se darían cuenta de que descansan en corrientes desfasadas que pueden replantear el conflicto. Y por otro lado tenemos a los señores empresarios con su escuela de negocios, pero no van a invertir un peso Filosofía o Historia, porque no entienden que eso también influye en el futuro. El sector privado está cometiendo errores muy graves: tiene los ojos puestos en lo que pueda darles utilidades en el corto plazo. Y las otras fuerzas recurren el pasado para no asumir los retos del futuro. Conviene recordar que los conflictos no son responsabilidad de la generación que pelea, sino de la que no los previene.

¿Cómo era su relación con los jesuitas asesinados?

J.V.: Muy buena, especialmente con Ellacuría. Segundo Montes se esforzó en convencerme de que no podía haber paz si nosotros tratábamos de mantener nuestro poder armado. Eso era una contribución a la resolución pacífica del conflicto. Una vez me preguntó: ¿Y si se desarmaran los dos? Debo reconocer que cuando me hizo esa propuesta no supe qué decirle, porque el estar armado estaba ligado a una profunda desconfianza. Con Ellacuría estuve largas horas discutiendo sobre la posibilidad de solución política al conflicto. Si algunos me acusan de pragmático les diré que una de las razones de mi pragmatismo fue Ellacuría. Se cuenta que en una ocasión, durante una entrevista televisada fue fuertemente criticado por la izquierda por su acercamiento con el gobierno de ARENA. Posteriormente comentó que si el Diablo traía la paz, él estaba dispuesto a hablar con el Diablo y el Diablo estaba en los dos lados. Yo estoy interesado en honrar la memoria de Ellacuría, pero no comparto que para honrarla halla que humillar a una institución o a personas por suponerlas autores intelectuales de un crimen que tiene una responsabilidad colectiva.

¿Hay lugar para otra guerra en El Salvador?

J.V.: Aunque la violencia fue un agente de cambio en el pasado, hoy estoy convencido de que ya no lo es más. La velocidad de cambio del mundo es tan acelerada, que vas más rápido si esperas, si aplicas la gradualidad, porque si chocas, provocas un atraso de tal magnitud que no se consigue nada. .

Hace algún tiempo, cuando la Fiscalía anunció que iba a reabrir el caso, Flores tuvo unaspalabras muy duras. ¿Por qué cree que tuvo esa reacción?

J.V.: Flores no pertenece a la generación que hizo la guerra. Está plantado en la agenda de futuro y desprendido de la agenda del pasado. Por lo tanto el caso le cayó como una granada en una fiesta. La agenda política entonces era la ICC, el TLC, la depuración de la Fiscalía, los préstamos para construir escuelas... esos son debates positivos. Y de pronto llega alguien con un problema de 1989 y le revuelve el país. Su reacción fue lógica. Pero la responsabilidad la tiene más el anterior gobierno que no blindó el proceso de paz. El país necesita tratar el tema de su identidad y transformación cultural, y eso tiene que ver con la educación y los medios de comunicación. Hay necesidad de curar a los salvadoreños del trauma de la guerra y hacer una reinterpretación del pasado que nos permita entender lo que hizo y sufrió cada quien. Curar ese trauma es tan importante como construir un hospital, porque sino resolvemos ese problema jamás tendremos estabilidad y sin estabilidad no hay progreso. La paz es nuestra identidad, es obra de todos y debe ocupar el lugar más importante de nuestra Historia. Si lo logramos, a nadie le va a gustar que una discusión acerca de quién mató a quién, nos arrebate la posibilidad de trabajar por el futuro y heredar a nuestros hijos un país mejor.


"La Paz debe ser símbolo nacional" (Primera Parte)


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