- Ellacuría
fue un mártir del proceso de
Paz
Según Joaquín Villalobos,
insistir en el proceso judicial de los jesuitas
asesinados facilita que sangren las heridas
abiertas por la guerra y que los mismos
religiosos contribuyeron a cicatrizar.
Por Juan
Bosco Martín
(Segundaparte)
Mientras la UCA busca en instancias
internacionales justicia para los jesuitas
asesinados en 1989, Villalobos reivindica la
memoria de éstos como impulsores del
proceso de Paz. Por tanto, según el
ex-dirigente del Frente, reabrir los casos
judiciales facilita que sangren las heridas que
los mismos jesuitas muertos contribuyeron a
cicatrizar.
El Diario de Hoy: A su juicio, ¿son
los jesuitas instrumentos de la izquierda o
instigadores de la agitación social, como
algunos creen?
Joaquin Villalobos (J.V.): Más
bien diría que se han equivocado al
orientar su energía creadora. La UCA,
probablemente, es el mayor poder intelectual que
tenemos en un país que se enfrenta
multitud de oportunidades. En esta
situación, me parece que hay formas
más inteligentes de plantearse la lucha
contra la impunidad en el presente y la
reivindicación histórica del
martirio de los jesuitas.
¿Como cuáles?
J.V.: En primer lugar, la lucha por
que El Salvador tenga un desarrollo
institucional por los casos actuales, por los
crímenes de hoy. Y en otro orden: en la
medida en que tus muertos son banderas de unos
contra otros, dejan de ser banderas nacionales.
Esa lógica recurrente, amparada en el
derecho de la víctima, que no permite que
la sociedad evolucione de manera más
reflexiva, menos humillante con respecto a su
pasado, deslegitima símbolos que poseen
un valor trascendental en la Historia del
país, como Mons. Romero y los jesuitas.
Estoy convencido de que Ellacuría es un
mártir del proceso de Paz, y de que en
unos cuantos años todo el mundo, incluido
los que celebraron su muerte, se darán
cuenta así fue. Pero el que se los quiera
imponer como obligación, aleja esa
posibilidad.
Pero la UCA no habla de humillar, sino de
conocer la verdad para respetar la Justicia que
necesita todo país.
J.V.: La confesión impuesta y
pública no es confesión. Yo me
eduqué en un colegio religioso y me
enseñaron que la confesión es
privada, y no es una humillación.
Aquí lo que se está planteando es
eso. Ahora no estamos enfrentando una amenaza
grave de derechos humanos. Si el Estado
estuviera violándolos, sería
legítimo usar la agenda del pasado para
denunciar los casos del presente. Pero no es
ésa la realidad que vivimos.
Pero al Estado se le critica que
está dejando en plena indefensión
a los ciudadanos frente al crimen.
J.V.: Esto tiene mayor importancia,
pero es otro tema. Tal vez la justicia y los
jurados estén fallando a favor de los
criminales por una cuestión de
carácter educativo. Ante casos como
FINSEPRO, los narcotraficandes de la avioneta
que fueron liberados, los abogados que
falsifican títulos, los buseros que
atropellan niños, o la señora que
robaba furgones que hasta tenía apoyo
popular. ¿A quién le echamos culpa
de ese concepto de la justicia? ¿A ARENA?
¿Al FMLN? No, los culpables somos todos,
hay un problema de conducta que necesita ser
atendido.
¿Por qué, si Ellacuría
fue asesinado por un bando y no por
otro?
J.V.: El fanatismo afectó a los
dos lados. Los conflictos se rigen por una
lógica de acción-reacción
que encadena provocaciones cada vez mayores. "Tu
me sacas un ojo, yo te saco dos". Las protestas
populares se reprimían asesinando a
gente. Eso condujo a la lucha armada, y a los
secuestros. Los secuestros supusieron una gran
provocación al Poder y esa
provocación se convirtió en una
represión más brutal y así
llegamos a la guerra. Los secuestros fueron una
equivocación, porque la mayoría de
los empresarios que secuestramos eran personas
valiosas, progresistas en su época, que
probablemente pensaban cómo sacar al
país del problema en el que estaba.
¿Que las monjas eran guerrilleras?:
¡eso es ridículo! Como
ridículo es pensar que los empresarios
eran explotadores... pero ésa era la
patología de la época. Lo que
mueve a la violación de derechos humanos
es el miedo. En esas situaciones, los puntos
neutros corren mayor peligro. Ellacuría
se ubicó en esa posición. Los que
estuvimos armados pusimos una cuota de
empeño en resolver el conflicto, pero el
aporte más importante y de mayor riesgo
vino de los que no tenían armas.
Cuando se afirma que los culpables somos
todos, ¿se está buscando,
fundamentalmente, una absolución
general?
J.V.: Pongamos un ejemplo. Ubiquemos
el Caso Jesuitas en el conflicto
palestino-israelí. ¿Cómo se
resuelve eso? ¿Acaso no es necesario
decirle a la gente que sufrió vejaciones
que tiene que aceptar una cuota de impunidad?
¡No hay otra solución! ¿O
cuál es? ¿La continuación de
la guerra? La única forma de quebrar esa
lógica es pensar en los niños. Es
un grave error replantear el conflicto por la
vía de la Historia.
¿Eran los jesuitas colaboradores de
la guerrilla, como también se
afirma?
J.V.: Mira, la guerra es un estado
patológico que crea una condición
de identificación fanática del
adversario. Ellacuría se reunía
con el Gobierno y la guerrilla para tratar de
acercar a las partes. El FMLN hablaba de
compartir el poder para una negociación,
y Ellacuría decía que eso era
absurdo, que lo que había que compartir
eran las reglas. En una de esas reuniones
secretas en Managua, sostuvo que podía
hacerse la Paz. Y nos dio tres razones: primera,
porque el programa económico de Cristiani
iba a tener éxito. Segunda, porque con
Cristiani se podía hacer la Paz. Y
tercera, porque D´Abuisson se había
convertido en un político y ya no se
opondría al proceso de Paz.
¿Coincidió con
él?
J.V.: Yo le rechacé sus tesis,
sobre todo la tercera, porque mis percepciones
del enemigo estaban condicionadas por la misma
guerra. Pero Ellacuría tenía
razón. Si él pensó que en
el 89 el programa económico estaba bien,
¿qué pensaría ahora? Eso era
un pecado mortal para la Izquierda de entonces.
La reivindicación del papel mediador de
Ellacuría en el proceso de Paz es mucho
más importante que aclarar quién
fue el autor intelectual de su muerte. Es como
si yo me pusiera a averiguar quién
secuestró a mi padre y a mi hermano.
¿Para qué?
¿Qué esperaría usted de
la UCA?
J.V.: Que se pusieran a tono con la
agenda del país y que abonen la
posibilidad de que el país siga
transformándose. Ellos son los de mayor
disciplina, por eso su responsabilidad es muy
grande. Hoy tenemos la oportunidad de usar el
poder crítico de nuestros centros de
estudio para una agenda de futuro.
Usted ha pasado los últimos
años en la Universidad de Oxford.
¿Qué opinión le merece el
papel de la Universidad en El Salvador?
J.V.: Hay tres universidades que
concentran a 35 mil estudiantes, y si revisaran
las corrientes de pensamientos
filosófico, sociológico y
político, se darían cuenta de que
descansan en corrientes desfasadas que pueden
replantear el conflicto. Y por otro lado tenemos
a los señores empresarios con su escuela
de negocios, pero no van a invertir un peso
Filosofía o Historia, porque no entienden
que eso también influye en el futuro. El
sector privado está cometiendo errores
muy graves: tiene los ojos puestos en lo que
pueda darles utilidades en el corto plazo. Y las
otras fuerzas recurren el pasado para no asumir
los retos del futuro. Conviene recordar que los
conflictos no son responsabilidad de la
generación que pelea, sino de la que no
los previene.
¿Cómo era su relación
con los jesuitas asesinados?
J.V.: Muy buena, especialmente con
Ellacuría. Segundo Montes se
esforzó en convencerme de que no
podía haber paz si nosotros
tratábamos de mantener nuestro poder
armado. Eso era una contribución a la
resolución pacífica del conflicto.
Una vez me preguntó: ¿Y si se
desarmaran los dos? Debo reconocer que cuando me
hizo esa propuesta no supe qué decirle,
porque el estar armado estaba ligado a una
profunda desconfianza. Con Ellacuría
estuve largas horas discutiendo sobre la
posibilidad de solución política
al conflicto. Si algunos me acusan de
pragmático les diré que una de las
razones de mi pragmatismo fue Ellacuría.
Se cuenta que en una ocasión, durante una
entrevista televisada fue fuertemente criticado
por la izquierda por su acercamiento con el
gobierno de ARENA. Posteriormente comentó
que si el Diablo traía la paz, él
estaba dispuesto a hablar con el Diablo y el
Diablo estaba en los dos lados. Yo estoy
interesado en honrar la memoria de
Ellacuría, pero no comparto que para
honrarla halla que humillar a una
institución o a personas por suponerlas
autores intelectuales de un crimen que tiene una
responsabilidad colectiva.
¿Hay lugar para otra guerra en El
Salvador?
J.V.: Aunque la violencia fue un
agente de cambio en el pasado, hoy estoy
convencido de que ya no lo es más. La
velocidad de cambio del mundo es tan acelerada,
que vas más rápido si esperas, si
aplicas la gradualidad, porque si chocas,
provocas un atraso de tal magnitud que no se
consigue nada. .
Hace algún tiempo, cuando la
Fiscalía anunció que iba a reabrir
el caso, Flores tuvo unaspalabras muy duras.
¿Por qué cree que tuvo esa
reacción?
J.V.: Flores no pertenece a la
generación que hizo la guerra.
Está plantado en la agenda de futuro y
desprendido de la agenda del pasado. Por lo
tanto el caso le cayó como una granada en
una fiesta. La agenda política entonces
era la ICC, el TLC, la depuración de la
Fiscalía, los préstamos para
construir escuelas... esos son debates
positivos. Y de pronto llega alguien con un
problema de 1989 y le revuelve el país.
Su reacción fue lógica. Pero la
responsabilidad la tiene más el anterior
gobierno que no blindó el proceso de paz.
El país necesita tratar el tema de su
identidad y transformación cultural, y
eso tiene que ver con la educación y los
medios de comunicación. Hay necesidad de
curar a los salvadoreños del trauma de la
guerra y hacer una reinterpretación del
pasado que nos permita entender lo que hizo y
sufrió cada quien. Curar ese trauma es
tan importante como construir un hospital,
porque sino resolvemos ese problema jamás
tendremos estabilidad y sin estabilidad no hay
progreso. La paz es nuestra identidad, es obra
de todos y debe ocupar el lugar más
importante de nuestra Historia. Si lo logramos,
a nadie le va a gustar que una discusión
acerca de quién mató a
quién, nos arrebate la posibilidad de
trabajar por el futuro y heredar a nuestros
hijos un país mejor.
"La
Paz debe ser símbolo
nacional"
(Primera
Parte)