Martes 20 de noviembre 2001


Sentido común
Buen viraje
RICARDO RIVAS*

En una ocasión, el alcalde Silva mostró en un programa de opinión televisiva unas fotos del antes y después de que a Lima, capital del Perú, se le hicieran las tareas de limpieza y rescate de su centro histórico. El Alcalde, entusiasmado con mapas, maquetas y demás, prometió que eso haría con San Salvador, es decir: rescatar el centro histórico del desorden y la inmundicia. El entrevistador le preguntó que cuándo sería eso, a lo que don Héctor respondió: "Nos tomará un par de años". La entrevista en cuestión tuvo lugar en 1998. Lastimosamente, y fuera de algunas plazas reacondicionadas, el centro de la capital sigue siendo un desordenado chiquero. La deuda del edil capitalino, entonces, se mantiene pendiente.

Afortunadamente, los que no han andado con tanto cuento ni tanta vuelta han sido las autoridades de Transporte. Ahí, en esa cartera de Estado, donde antes parecía que los señores transportistas eran los patrones de los señores funcionarios, las cosas tienden a virar en favor de la población. Un centro limpio, ordenado y digno, pasa -a wilber- por meter en cintura a los amigos buseros, microbuseros, picacheros y demás entidades conexas y anexas.

Algo de eso ha comenzado a suceder. Que el asunto ha causado escozor, ha causado escozor. Que no les ha gustado a algunos, no les ha gustado. Que si pudieran armar un paro, lo armarían, de plano que lo armarían. Pero ni modo, los tiempos están cambiando y la fiesta, para algunos distinguidos transportistas, está por terminar. Ya es hora de devolver a los ciudadanos un poco de la dignidad perdida en estos casi 20 años en los que la única y real política de transporte ha sido la de laissez-faire (en español: ¡viva la pepa!). El desmadre ha sido regio y a todo nivel. De él se han beneficiado dirigentes gremiales, algunos funcionarios de alto, medio y bajo nivel, y, por supuesto, uno que otro diputado ya de sobra y de todos conocidos.

Quizá por eso al hablar de estas cositas los ciudadanos asociemos al sistema de transporte en El Salvador con corrupción, chantaje y una extraña política de tolerancia gubernamental en el pasado. Vox populi, vox dei.

La situación del transporte público en el centro de la ciudad y fuera de él, es insostenible. El sistema actual hace agua por todos lados: ineficiencia, inseguridad, incumplimiento de las leyes y normas de tránsito, maltrato al pasajero, piratería, pésimo servicio, unidades viejas, obsoletas y sin mantenimiento, contaminación ambiental, entre otros, son el pan nuestro de cada día.

El costo de todo este asunto es altísimo. A los que manejamos: casi 400 millones de colones al año en concepto de subsidio; a los que no manejan y usan los buses: desde incomodidades, maltrato y abusos, hasta magullones, raspaduras y la misma vida. En la vía pública se codea el caos con la anarquía. Los números le congelan la osamenta a cualquiera: sólo en el año 2000 hubo 5,141 accidentes provocados por buses y microbuses que dejaron 148 personas muertas y 1,707 lesionadas. El 2001 tampoco está siendo la excepción: hasta octubre el número de accidentes provocados por estos señores es de 3,364, ciento veinte los fallecidos y 1,168 los golpeados.

Por eso aplaudimos la puesta en marcha de un plan integral anunciado por el Viceministerio de Transporte, para crear un nuevo sistema de transporte colectivo. La más clara muestra de lo que se puede hacer cuando se actúa con eficiencia y honestidad, la hemos visto ya en los primeros hervores del ordenamiento de transporte de pasajeros en el centro capitalino. Salvo uno que otro inconveniente ocasionado más por falta de información que por otra cosa, ahora transitar por esa zona es mucho más seguro, ordenado y saludable.

Ojalá las autoridades de Transporte no desmayen en la aplicación de este plan por medio del cual se pretende ordenar el transporte colectivo del Distrito Comercial Central, proveer de escuelas y licencias especiales a los motoristas en cuyas manos va la integridad y la vida de 800,000 personas diariamente, y fomentar un sano y limpio esquema de competitividad entre los agremiados del sector. Este sí es un buen negocio para todos, para los transportistas conscientes, para los ciudadanos, para los comerciantes… para el país. Ojalá que no se dejen intimidar por quienes ven en este reordenamiento únicamente una amenaza a su capacidad de manipular, chantajear y explotar a sus colegas, al usuario y al mismo Estado, en beneficio propio. Que no se amilanen. Que cumplan lo prometido. Que sigan adelante.

El viceministro Yúdice, a quien algunos estimados buseros trataron de asustarle con el petate del muerto desde el primer día de su gestión, está demostrando que para ser un buen servidor público la mejor receta sigue siendo la de hablar poco y trabajar mucho.


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