Lunes 19 de noviembre 2001



"La Paz debe ser símbolo nacional"

Joaquín Villalobos considera que, si bien los Acuerdos de Chapultepec fueron celebrados por la inmensa mayoría de los salvadoreños, no se han sumado esfuerzos para introducir la Paz como capital básico de la conciencia política de la ciudadanía.

Primera parte
Juan Bosco Martín

Han transcurrido casi diez años desde que se firmó la Paz. ¿Considera que esa firma ha impregnado la conciencia política de los salvadoreños?

Observo dos realidades claras: Por una parte, El Salvador no ha completado su catarsis respecto del pasado. Por otro, los sectores que giran en la órbita intelectual de la izquierda no saben qué hacer con el país en el futuro. El pasado es, para ellos, más argumento que un futuro, que plantea retos muy difíciles.

¿En qué se basa para afirmar que la izquierda no tiene agenda de futuro?

Si en nuestro país prevaleciera una izquierda pensante, renovada, con un proyecto moderno para gobernar, el caso de los jesuitas no tendría por qué ser un tema permanente. No desprecio la búsqueda de la verdad que emprendió la UCA, pero, luego de la transformación trascendental que sufrió el país, la impunidad en términos del funcionamiento de las instituciones no está ubicada en el asesinato de los jesuitas, sino en el caso del robo del abono, de FINSEPRO, del secuestro de Andrés Suster, de la corrupción fiscal y judicial... ¡Ahí está ubicado el tema de la impunidad en el presente! La Fiscalía y la PNC intentan librar batallas y sufren frustraciones porque no es fácil sustituir la tortura por la investigación científica del delito y la justicia directa que teníamos antes por el debido proceso. Como tampoco es fácil hacer que la población pase de la obediencia por miedo a la obediencia consciente de la ley. La impunidad cotidiana ante la violencia social y la delincuencia puede hacernos retornar al autoritarismo que mató a los jesuitas.

Después de Chapultepec, ¿qué errores han cometido la Izquierda y la Derecha salvadoreña respecto al proceso de Paz?

Este tema todavía provoca resquemores en ambos lados porque, en mi opinión, el anterior gobierno no tuvo una estrategia para convertir la Paz en un símbolo de identidad nacional. Me parece un error considerar los Acuerdos como la derrota ideológica de la Izquierda y la pérdida de poder de la Derecha, porque en esa medida la Izquierda se refiere a ellos con frustración, hasta el punto de que hay quienes dijeron que había sido un error firmarlos, y la Derecha ni siquiera quiere tratar el tema, hasta el punto de que el anterior gobierno anuló el 16 de enero como asueto nacional. El 16 de enero de 1992 probablemente fue el día más importante en la Historia de este país desde la Independencia.

Pero se celebra infinitamente más el 15 de septiembre que el 16 de enero.

Y eso es un error. Nos falta una expresión de la Paz que alimente el alma de este país. ¿Por qué razón este país no tiene un gran monumento dedicado a la Paz, que esté a la altura de los ochenta mil muertos del conflicto, y de los mártires de todos? El monumento que se hizo fue pequeño, en una parte baja y feo. ¿Por qué no pueden estar juntos los que combatieron? Al fin y al cabo, de la tenacidad de unos y otros para combatir es que nació la tolerancia. La democracia que hoy vivimos se debe a que no hubo derrota de nadie. Si uno de los dos, la Fuerza Armada o nosotros, hubiera ganado la guerra, el país hubiera sufrido una derrota. En la medida en que la Fuerza Armada y la guerrilla se detuvieron una a la otra, la tolerancia surgió como una salida, y surgió la democracia como una extraordinaria oportunidad para el país. En Guatemala ganó la derecha y en Nicaragua la izquierda y ambos países tienen menos institucionalidad que el nuestro. Yo recuerdo que muchos periodistas, cuando anunciaron la firma de la paz el 31 de diciembre, lloraron ante las cámaras.

¿Cómo es posible que, si la Paz fue un acuerdo entre la Izquierda y la Derecha más puras, representantes de una inmensa mayoría de la población, no se haya convertido en un símbolo nacional?

Porque, tenemos una Derecha muy materialista, que sólo piensa hacer dinero, y una Izquierda con el alma frustrada. Aquí hay unos que creen más importante, editar libros con las flores del país o con fotos de San Salvador del siglo pasado, y no se dan cuenta de que la guerra fue una realidad brutal que mandó dos millones de salvadoreños a Estados Unidos, que no hay un salvadoreño que no tenga un pariente muerto o emigrado, o torturado... Y otros que consideran más importante editar libros que reviven el odio o indagar quién dio la orden para asesinar opositores. Unos quieren olvidarlo todo y otros quieren revivir las emociones. Debemos recordar lo que pasó, pero hay que olvidar las emociones. El éxito de nuestro proceso de paz es un capital político de importancia mundial, que se está desperdiciando.

Usted ha repetido en varias ocasiones que los empresarios están perdiendo la batalla cultural. ¿A qué se refiere exactamente?

La mayoría de los empresarios creen que las investigaciones sociológicas, periodísticas, históricas, filosóficas... en resumen, humanísticas, no sirven para nada porque no generan utilidades inmediatas. Grave error. Ese planteamiento sí puede replantear el conflicto, porque la sociedad es algo más que hacer plata. El pueblo tiene alma, un alma que no se educa sólo con dinero. Tan importante como hacer una carretera es usar la televisión, la radio y los periódicos para crear identidad con la paz.

La lógica de los empresarios costarricenses fue exactamente la contraria que la nuestra. Tuvieron su revolución, pero crearon una sociedad segura basada en el respeto consciente a la ley. Los demás países centroamericanos sufrieron guerrillas y golpes de Estado porque, entre otros factores, sus empresarios pensaban que educar era desperdiciar dinero.

Algunas voces críticas señalan que la Paz no será completa mientras no se conozca la Verdad de lo sucedido, porque sólo así &endash;sostienen esos críticos&endash; se puede perdonar.

Algunos tratan el perdón como un acto demasiado solemne. Aquí nos hicimos daño todos. Aquí todos fuimos víctimas. El problema no es el perdón por el pasado, sino la convivencia en el presente y en el futuro. En la medida en que aceptemos que los otros están ahí enfrente y que tienen derecho a vivir en paz, hayan hecho lo que hayan hecho, lograremos una sociedad estable.

¿Y la Verdad sobre lo sucedido?

Con todo respeto, ése es un debate improductivo. Es muy difícil poder llegar a esos extremos de verdad. Difícil y contraproducente. Por ejemplo, la insistencia de juzgar a los asesinos intelectuales de las monjas fue sumamente inconveniente, porque los pasó de oficiosamente culpables a oficialmente inocentes. ¡Qué cosa más absurda! Todo el mundo sabe que esos señores tenían en alguna medida la responsabilidad de las muertes, aunque sólo ellos saben si dieron o no la orden. ¿Qué provocó el juicio? Que ahora puedan lavarse completamente las manos. ¿No es mejor, ante casos como este, decirle a la sociedad que evolucione, que interprete la razón objetiva de las cosas, incluso entendiendo las razones que movieron al contrincante a hacer lo que hizo? Detrás de cada crimen hay una razón, a veces absurda e inaceptable, pero es una razón. ¿Qué explica el asesinato de Mons. Romero? El pánico a que llamara a una insurrección. No justifica el crimen, pero se explica por un temor tan profundo en la Derecha que les llevó a cometer la terrible estupidez de asesinarlo.

¿A quién se le responsabiliza entonces de los crímenes?

En mi opinión, todos esos crímenes, que son políticos, tienen una responsabilidad colectiva. El que lo ejecuta está movido por una fuerza psicológica, emocional, y una racionalidad empujada por un colectivo de miles que aplauden el crimen. Cuando asesinaron a Mons. Romero hubo fiestas en barrios residenciales, y nosotros pusimos veinte bombas como respuesta a esas fiestas. Ésa era la lógica de la confrontación. ¿Cómo haces frente a esas realidades? El millón de muertos en Ruanda no fue cosa de cuatro o cinco... Hay dosis de responsabilidad individual, pero fueron crímenes colectivos. El mismo nazifascismo colocó a muchos países al servicio del terror.

Y por eso Alemania fue severamente juzgada tras la Segunda Guerra Mundial…

Pero no fue humillada, como sí ocurrió luego de la Primera. En Versalles los aliados sembraron la semilla de un conflicto peor. Al enemigo se le vence, pero no se le humilla. Sobre todo si el contrario es guerrero, y tiene un orgullo, una dignidad y un sentido de nación. ¿No es poner en riesgo nuestro proceso, cuando hemos tenido sesenta años de gobiernos militares y tenemos otra agenda, con el Ejército tranquilo en sus cuarteles, ponerse a juzgar a los militares? Las generaciones que pelearon están todavía dentro de la Fuerza Armada. Los que pecamos de palabra y de obra, estamos aquí presentes y somos todos en los dos lados. Era imposible meterse en la guerra y no pecar y fue casi imposible no tomar partido directa o indirectamente.


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