"La Paz debe ser
símbolo nacional"
Joaquín Villalobos considera que,
si bien los Acuerdos de Chapultepec fueron
celebrados por la inmensa mayoría de los
salvadoreños, no se han sumado esfuerzos
para introducir la Paz como capital
básico de la conciencia política
de la ciudadanía.
- Primera
parte
- Juan
Bosco Martín
Han
transcurrido casi diez años desde que se
firmó la Paz. ¿Considera que esa
firma ha impregnado la conciencia
política de los salvadoreños?
Observo dos realidades claras: Por una parte,
El Salvador no ha completado su catarsis
respecto del pasado. Por otro, los sectores que
giran en la órbita intelectual de la
izquierda no saben qué hacer con el
país en el futuro. El pasado es, para
ellos, más argumento que un futuro, que
plantea retos muy difíciles.
¿En qué se basa para afirmar que
la izquierda no tiene agenda de futuro?
Si en nuestro país prevaleciera una
izquierda pensante, renovada, con un proyecto
moderno para gobernar, el caso de los jesuitas
no tendría por qué ser un tema
permanente. No desprecio la búsqueda de
la verdad que emprendió la UCA, pero,
luego de la transformación trascendental
que sufrió el país, la impunidad
en términos del funcionamiento de las
instituciones no está ubicada en el
asesinato de los jesuitas, sino en el caso del
robo del abono, de FINSEPRO, del secuestro de
Andrés Suster, de la corrupción
fiscal y judicial... ¡Ahí
está ubicado el tema de la impunidad en
el presente! La Fiscalía y la PNC
intentan librar batallas y sufren frustraciones
porque no es fácil sustituir la tortura
por la investigación científica
del delito y la justicia directa que
teníamos antes por el debido proceso.
Como tampoco es fácil hacer que la
población pase de la obediencia por miedo
a la obediencia consciente de la ley. La
impunidad cotidiana ante la violencia social y
la delincuencia puede hacernos retornar al
autoritarismo que mató a los
jesuitas.
Después de Chapultepec,
¿qué errores han cometido la
Izquierda y la Derecha salvadoreña
respecto al proceso de Paz?
Este tema todavía provoca resquemores
en ambos lados porque, en mi opinión, el
anterior gobierno no tuvo una estrategia para
convertir la Paz en un símbolo de
identidad nacional. Me parece un error
considerar los Acuerdos como la derrota
ideológica de la Izquierda y la
pérdida de poder de la Derecha, porque en
esa medida la Izquierda se refiere a ellos con
frustración, hasta el punto de que hay
quienes dijeron que había sido un error
firmarlos, y la Derecha ni siquiera quiere
tratar el tema, hasta el punto de que el
anterior gobierno anuló el 16 de enero
como asueto nacional. El 16 de enero de 1992
probablemente fue el día más
importante en la Historia de este país
desde la Independencia.
Pero se celebra infinitamente más el
15 de septiembre que el 16 de enero.
Y eso es un error. Nos falta una
expresión de la Paz que alimente el alma
de este país. ¿Por qué
razón este país no tiene un gran
monumento dedicado a la Paz, que esté a
la altura de los ochenta mil muertos del
conflicto, y de los mártires de todos? El
monumento que se hizo fue pequeño, en una
parte baja y feo. ¿Por qué no pueden
estar juntos los que combatieron? Al fin y al
cabo, de la tenacidad de unos y otros para
combatir es que nació la tolerancia. La
democracia que hoy vivimos se debe a que no hubo
derrota de nadie. Si uno de los dos, la Fuerza
Armada o nosotros, hubiera ganado la guerra, el
país hubiera sufrido una derrota. En la
medida en que la Fuerza Armada y la guerrilla se
detuvieron una a la otra, la tolerancia
surgió como una salida, y surgió
la democracia como una extraordinaria
oportunidad para el país. En Guatemala
ganó la derecha y en Nicaragua la
izquierda y ambos países tienen menos
institucionalidad que el nuestro. Yo recuerdo
que muchos periodistas, cuando anunciaron la
firma de la paz el 31 de diciembre, lloraron
ante las cámaras.
¿Cómo
es posible que, si la Paz fue un acuerdo entre
la Izquierda y la Derecha más puras,
representantes de una inmensa mayoría de
la población, no se haya convertido en un
símbolo nacional?
Porque, tenemos una Derecha muy materialista,
que sólo piensa hacer dinero, y una
Izquierda con el alma frustrada. Aquí hay
unos que creen más importante, editar
libros con las flores del país o con
fotos de San Salvador del siglo pasado, y no se
dan cuenta de que la guerra fue una realidad
brutal que mandó dos millones de
salvadoreños a Estados Unidos, que no hay
un salvadoreño que no tenga un pariente
muerto o emigrado, o torturado... Y otros que
consideran más importante editar libros
que reviven el odio o indagar quién dio
la orden para asesinar opositores. Unos quieren
olvidarlo todo y otros quieren revivir las
emociones. Debemos recordar lo que pasó,
pero hay que olvidar las emociones. El
éxito de nuestro proceso de paz es un
capital político de importancia mundial,
que se está desperdiciando.
Usted ha repetido en varias ocasiones que los
empresarios están perdiendo la batalla
cultural. ¿A qué se refiere
exactamente?
La mayoría de los empresarios creen
que las investigaciones sociológicas,
periodísticas, históricas,
filosóficas... en resumen,
humanísticas, no sirven para nada porque
no generan utilidades inmediatas. Grave error.
Ese planteamiento sí puede replantear el
conflicto, porque la sociedad es algo más
que hacer plata. El pueblo tiene alma, un alma
que no se educa sólo con dinero. Tan
importante como hacer una carretera es usar la
televisión, la radio y los
periódicos para crear identidad con la
paz.
La lógica de los empresarios
costarricenses fue exactamente la contraria que
la nuestra. Tuvieron su revolución, pero
crearon una sociedad segura basada en el respeto
consciente a la ley. Los demás
países centroamericanos sufrieron
guerrillas y golpes de Estado porque, entre
otros factores, sus empresarios pensaban que
educar era desperdiciar dinero.
Algunas voces críticas señalan
que la Paz no será completa mientras no
se conozca la Verdad de lo sucedido, porque
sólo así &endash;sostienen esos
críticos&endash; se puede perdonar.
Algunos tratan el perdón como un acto
demasiado solemne. Aquí nos hicimos
daño todos. Aquí todos fuimos
víctimas. El problema no es el
perdón por el pasado, sino la convivencia
en el presente y en el futuro. En la medida en
que aceptemos que los otros están
ahí enfrente y que tienen derecho a vivir
en paz, hayan hecho lo que hayan hecho,
lograremos una sociedad estable.
¿Y
la Verdad sobre lo sucedido?
Con todo respeto, ése es un debate
improductivo. Es muy difícil poder llegar
a esos extremos de verdad. Difícil y
contraproducente. Por ejemplo, la insistencia de
juzgar a los asesinos intelectuales de las
monjas fue sumamente inconveniente, porque los
pasó de oficiosamente culpables a
oficialmente inocentes. ¡Qué cosa
más absurda! Todo el mundo sabe que esos
señores tenían en alguna medida la
responsabilidad de las muertes, aunque
sólo ellos saben si dieron o no la orden.
¿Qué provocó el juicio? Que
ahora puedan lavarse completamente las manos.
¿No es mejor, ante casos como este, decirle
a la sociedad que evolucione, que interprete la
razón objetiva de las cosas, incluso
entendiendo las razones que movieron al
contrincante a hacer lo que hizo? Detrás
de cada crimen hay una razón, a veces
absurda e inaceptable, pero es una razón.
¿Qué explica el asesinato de Mons.
Romero? El pánico a que llamara a una
insurrección. No justifica el crimen,
pero se explica por un temor tan profundo en la
Derecha que les llevó a cometer la
terrible estupidez de asesinarlo.
¿A quién se le responsabiliza
entonces de los crímenes?
En mi opinión, todos esos
crímenes, que son políticos,
tienen una responsabilidad colectiva. El que lo
ejecuta está movido por una fuerza
psicológica, emocional, y una
racionalidad empujada por un colectivo de miles
que aplauden el crimen. Cuando asesinaron a
Mons. Romero hubo fiestas en barrios
residenciales, y nosotros pusimos veinte bombas
como respuesta a esas fiestas. Ésa era la
lógica de la confrontación.
¿Cómo haces frente a esas
realidades? El millón de muertos en
Ruanda no fue cosa de cuatro o cinco... Hay
dosis de responsabilidad individual, pero fueron
crímenes colectivos. El mismo
nazifascismo colocó a muchos
países al servicio del terror.
Y por eso Alemania fue severamente juzgada
tras la Segunda Guerra Mundial
Pero no fue humillada, como sí
ocurrió luego de la Primera. En Versalles
los aliados sembraron la semilla de un conflicto
peor. Al enemigo se le vence, pero no se le
humilla. Sobre todo si el contrario es guerrero,
y tiene un orgullo, una dignidad y un sentido de
nación. ¿No es poner en riesgo
nuestro proceso, cuando hemos tenido sesenta
años de gobiernos militares y tenemos
otra agenda, con el Ejército tranquilo en
sus cuarteles, ponerse a juzgar a los militares?
Las generaciones que pelearon están
todavía dentro de la Fuerza Armada. Los
que pecamos de palabra y de obra, estamos
aquí presentes y somos todos en los dos
lados. Era imposible meterse en la guerra y no
pecar y fue casi imposible no tomar partido
directa o indirectamente.