Cuscatlán
Parricidio
Rencor
hecho muerte
Los nombres
ficticios que protagonizan esta historia revelan
la tragedia de dos niñas que, tras ser
abandonadas, se ven envueltas en pasiones que
concluyen en la muerte de su
madre
- Rosemarié
Mixco/Julio Mejía
- El Diario
de Hoy
Tiene
14 años y purga una condena de cinco de
reclusión por el homicidio de su madre.
Guadalupe pagó 500 dólares a un
sicario para que asesinara a su
progenitora.
Ella odiaba a su
mamá. La mujer de 33 años la
"abandonó" a ella y a su hermana para
emigrar a los Estados Unidos, seis años
antes del crimen.
El dinero que
pagó Guadalupe al asesino de su madre lo
sustrajo de los dos mil dólares que la
víctima guardaba para llevarse a las dos
niñas a Estados Unidos.
"Las madres nunca deben
dejar solos a sus hijos", expresó entre
lágrimas Julieta, de 13 años,
hermana de Guadalupe.
Ella describió
el crimen durante la vista de la causa que
enfrentó la infractora, el 1 de julio de
2001, y en el juicio contra el homicida, en
octubre del mismo año.
Julieta fue la testigo
clave de la subregional de la Fiscalía en
Cojutepeque, ciudad donde ocurrió el
hecho.
Ambas adolescentes
amaron a su madre. Julieta lo reconoció
en público, cargada de remordimientos.
"Sí, la quería, ahora que
pasó todo, me doy cuenta que la
quería mucho. Pero la odie tanto",
exclamó, tras recorrer la mirada por el
salón de audiencias del Juzgado de
Menores y observar los rostros allí
presentes.
Guadalupe aún
calla cuando se le interroga sobre el hecho.
Llora y lamenta permanecer recluida. Luego, pide
no hablar de su madre.
Mayo de
2000
Blanca llegó de
sorpresa el 17 de mayo de 2000. Venía de
Estados Unidos cargada de obsequios para sus dos
hijas. Guadalupe y Julieta no podían
creerlo.
Su madre las
dejó cuando eran muy pequeñas.
Tenían seis y cinco años,
respectivamente, el día que la vieron
partir. Una empleada que decía ser amiga
de Blanca quedó a cargo de ellas. Desde
ese día, se protegieron una a la otra.
Seis años
después, la madre que se fue
regresó para llevárselas. La casa
no era la misma. Ambas chicas, ya adolescentes,
mostraban rasgos de una vida cargada de vicios y
promiscuidad.
Blanca trató de
ordenar su casa e imponer la disciplina entre
sus hijas. La rebeldía de la juventud de
estas degeneró en resentimiento y
cólera. Tales emociones alimentaron los
deseos de exterminar a "la madre ingrata", en la
mente de Guadalupe.
"La chica lo
ideó, pensó el homicidio. Luego,
planificó el hecho. Buscó a
alguien que lo hiciera por ella y éste
consumó el delito", detalló el
Lic. Rolando García Mendoza, jefe de
fiscales de Cojutepeque.
Julieta declaró
haber visto a su hermana con un hombre gordo, de
estatura mediana, pelo colocho y moreno claro.
"Esa noche, ella abrió la gaveta de un
ropero, donde mi madre guardaba el dinero, y
sacó 500 dólares; y los
guardó", describió en su
testimonio. Al siguiente día, la hermana
menor presenció el pago hecho al
asesino.
Guadalupe pidió
al sicario cumplir con lo acordado lo más
rápido posible. Julieta, intrigada, le
pidió decirle lo qué
ocurría. La infractora se limitó a
decir: "El domingo va a morir mi mamá. La
he mandado a matar".
La tarde del 2 de julio
de 2001, Guadalupe le pidió a su madre
que las acompañara a la misa de las 4:00
de la tarde. Julieta sabía lo que
planeaba su hermana y días antes
advirtió a su madre. Blanca no le
creyó.
El
crimen
Salieron a las 5:00 de
la parroquia de San Sebastián y Blanca
invitó a sus dos hijas a comer un helado,
en el centro de la ciudad. Ahí
permanecieron 45 minutos.
Cerca de las 6:00 de la
tarde, madre e hijas caminaban abrazadas hacia
su casa. Pocos metros antes de llegar, Blanca
escuchó una voz masculina que le
ordenó: "Señora, párese
allí". El sicario disparó en
dirección de Julieta. Blanca logró
empujarla hacia Guadalupe, antes de que la bala
hiciera blanco en la joven.
Luego, un segundo
disparo atravesó la cabeza de Blanca.
Ambas hermanas esperaron a que su madre muriera,
para informar a su tía Ana -a su manera-
lo que había ocurrido.
Guadalupe y el sicario
amenazaron de muerte a Julieta. La consigna era
callar y no involucrarlos. Seis meses
después, Julieta habló.
La
quiero, pero la odio
Guadalupe
y Julieta sufren de lo que en psicología
se conoce como ambivalencia afectiva. Una crisis
de sentimientos opuestos