Lunes 19 de noviembre 2001


Cuscatlán
Parricidio

Rencor hecho muerte

Los nombres ficticios que protagonizan esta historia revelan la tragedia de dos niñas que, tras ser abandonadas, se ven envueltas en pasiones que concluyen en la muerte de su madre

Rosemarié Mixco/Julio Mejía
El Diario de Hoy

Tiene 14 años y purga una condena de cinco de reclusión por el homicidio de su madre. Guadalupe pagó 500 dólares a un sicario para que asesinara a su progenitora.

Ella odiaba a su mamá. La mujer de 33 años la "abandonó" a ella y a su hermana para emigrar a los Estados Unidos, seis años antes del crimen.

El dinero que pagó Guadalupe al asesino de su madre lo sustrajo de los dos mil dólares que la víctima guardaba para llevarse a las dos niñas a Estados Unidos.

"Las madres nunca deben dejar solos a sus hijos", expresó entre lágrimas Julieta, de 13 años, hermana de Guadalupe.

Ella describió el crimen durante la vista de la causa que enfrentó la infractora, el 1 de julio de 2001, y en el juicio contra el homicida, en octubre del mismo año.

Julieta fue la testigo clave de la subregional de la Fiscalía en Cojutepeque, ciudad donde ocurrió el hecho.

Ambas adolescentes amaron a su madre. Julieta lo reconoció en público, cargada de remordimientos. "Sí, la quería, ahora que pasó todo, me doy cuenta que la quería mucho. Pero la odie tanto", exclamó, tras recorrer la mirada por el salón de audiencias del Juzgado de Menores y observar los rostros allí presentes.

Guadalupe aún calla cuando se le interroga sobre el hecho. Llora y lamenta permanecer recluida. Luego, pide no hablar de su madre.

Mayo de 2000

Blanca llegó de sorpresa el 17 de mayo de 2000. Venía de Estados Unidos cargada de obsequios para sus dos hijas. Guadalupe y Julieta no podían creerlo.

Su madre las dejó cuando eran muy pequeñas. Tenían seis y cinco años, respectivamente, el día que la vieron partir. Una empleada que decía ser amiga de Blanca quedó a cargo de ellas. Desde ese día, se protegieron una a la otra.

Seis años después, la madre que se fue regresó para llevárselas. La casa no era la misma. Ambas chicas, ya adolescentes, mostraban rasgos de una vida cargada de vicios y promiscuidad.

Blanca trató de ordenar su casa e imponer la disciplina entre sus hijas. La rebeldía de la juventud de estas degeneró en resentimiento y cólera. Tales emociones alimentaron los deseos de exterminar a "la madre ingrata", en la mente de Guadalupe.

"La chica lo ideó, pensó el homicidio. Luego, planificó el hecho. Buscó a alguien que lo hiciera por ella y éste consumó el delito", detalló el Lic. Rolando García Mendoza, jefe de fiscales de Cojutepeque.

Julieta declaró haber visto a su hermana con un hombre gordo, de estatura mediana, pelo colocho y moreno claro. "Esa noche, ella abrió la gaveta de un ropero, donde mi madre guardaba el dinero, y sacó 500 dólares; y los guardó", describió en su testimonio. Al siguiente día, la hermana menor presenció el pago hecho al asesino.

Guadalupe pidió al sicario cumplir con lo acordado lo más rápido posible. Julieta, intrigada, le pidió decirle lo qué ocurría. La infractora se limitó a decir: "El domingo va a morir mi mamá. La he mandado a matar".

La tarde del 2 de julio de 2001, Guadalupe le pidió a su madre que las acompañara a la misa de las 4:00 de la tarde. Julieta sabía lo que planeaba su hermana y días antes advirtió a su madre. Blanca no le creyó.

El crimen

Salieron a las 5:00 de la parroquia de San Sebastián y Blanca invitó a sus dos hijas a comer un helado, en el centro de la ciudad. Ahí permanecieron 45 minutos.

Cerca de las 6:00 de la tarde, madre e hijas caminaban abrazadas hacia su casa. Pocos metros antes de llegar, Blanca escuchó una voz masculina que le ordenó: "Señora, párese allí". El sicario disparó en dirección de Julieta. Blanca logró empujarla hacia Guadalupe, antes de que la bala hiciera blanco en la joven.

Luego, un segundo disparo atravesó la cabeza de Blanca. Ambas hermanas esperaron a que su madre muriera, para informar a su tía Ana -a su manera- lo que había ocurrido.

Guadalupe y el sicario amenazaron de muerte a Julieta. La consigna era callar y no involucrarlos. Seis meses después, Julieta habló.


La quiero, pero la odio

Guadalupe y Julieta sufren de lo que en psicología se conoce como ambivalencia afectiva. Una crisis de sentimientos opuestos


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