Tomando
la palabra
El comercio mundial,
esperanzas y exclusiones
Carmen
Gallardo de Hernández
En estos momentos se plantea en todo el mundo
la siguiente interrogante: ¿en qué
medida la disminución de los
índices de pobreza y exclusión
pudieran ser un arma poderosa para combatir la
violencia y el terrorismo en el mundo?
Se acaba de realizar en Doha, Qatar, la
conferencia ministerial de los 142 países
miembros de la Organización Mundial del
Comercio (OMC). Simultáneamente en Beirut
se congregaron los representantes de unas 600
ONG. Se mantuvo la convocatoria, pese al
trasfondo internacional sombrío. Los
países del norte han cobrado conciencia
de que es necesario replantear la
liberalización de los intercambios
comerciales, teniendo en cuenta las expectativas
de los países del sur. Y estos a su vez,
ven la necesidad de cohesionar sus posturas para
ser escuchados.
Los ministros de comercio acudieron a Doha
con el propósito, entre otros, de acordar
bajo qué condiciones pudiera lanzarse una
nueva ronda de negociaciones comerciales a
escala mundial. Para ello cabe recordar, de
entrada, algunas de las posiciones regionales,
las cuales han obstaculizado hasta ahora la
apertura de una nueva ronda.
Los países europeos desean seguir
protegiendo su agricultura -mediante subsidios-.
Francia se ha convertido de hecho en el
principal portavoz. Se opone fuertemente a una
disminución gradual de los subsidios a
las exportaciones de productos agrícolas
y aboga por mantener las medidas de
protección del medio ambiente, respetando
asimismo las normas sociales en los intercambios
comerciales. EE.UU. por su parte no desea
renunciar a su política antidumping, la
cual protege a sus productores de aquellas
exportaciones procedentes de países con
menores índices de salarios. Los
países más pobres quieren
seguridad de que el acuerdo Adpic sobre
propiedad intelectual no les impida tomar
decisiones en favor de la salud pública,
sobre todo al tratar de adquirir ciertos
medicamentos esenciales para enfermedades tales
como el SIDA. Los países en desarrollo en
su conjunto, se rehusan asimismo a incluir
nuevos temas tales como la imposición de
normas ecológicas y sociales. Estiman que
las negociaciones de la Ronda Uruguay -marco de
referencia del comercio internacional actual- no
les han brindado la herramienta necesaria para
su propio desarrollo.
Ante tanta adversidad de posiciones previo a
la reunión, los países iniciaron
sus labores teniendo entre manos un documento
lleno de sutilezas, el cual pretendía
mediante la diplomacia comercial desplegada por
el Consejo general de la OMC, bajo la
presidencia del representante de Hong Kong,
Stuart Harbinson, evitar distanciamiento desde
un inicio. El texto se limitaba a sugerir se
redoblen esfuerzos con miras a fortalecer el
crecimiento de la economía y permitir la
disminución de la pobreza, lo cual apunta
entre líneas a impulsar una nueva ronda
de negociaciones entre los países, cuyo
proceso podría durar hasta tres
años. A nadie o a pocos satisfacía
el texto, con lo cual al final se logró
un consenso para abordar con un nuevo enfoque
algunas de las exigencias de los países
menos favorecidos. Puede considerarse una buena
señal apuntando hacia la necesidad de
replantear ciertas reglas en favor de las
economías más desfavorecidas.
Desde el fracaso de la última
reunión de la OMC en Seattle, los
países del sur -entre los cuales se
sitúa El Salvador- han cobrado conciencia
acerca de la plataforma de negociación
que representa la OMC, organismo donde las
decisiones se toman por consenso. Los
intercambios entre países en desarrollo
representan una tercera parte del comercio
mundial, según el Banco Mundial. Por
cuanto, se puede llegar a influir en las reglas
del comercio mundial en la medida en que se
presenten cierta cohesión regional.
En cuanto a los países que integran al
grupo llamado Quad -EE.UU., la Unión
Europea, Japón, Canadá- se han
percatado de la necesidad de contar con el apoyo
de los países más desfavorecidos.
De los 49 países menos avanzados -PMA- en
el mundo, 30 son miembros de la OMC y estos
siguen insistiendo en la necesidad de reducir su
deuda externa. El grupo de países
conocido como G77 -entre los cuales se encuentra
El Salvador- incluye a 95 miembros de la OMC.
Entre ellos los G 15 constituyen un sub grupo
-India, Egipto, Cuba por ejemplo- los cuales son
férreos opositores de abrir una nueva
ronda de negociaciones. El grupo Cairns
-representado en los grandes exportadores
agrícolas- y EE.UU. mantienen entre
otros, su oposición ante la posibilidad
de reabrir una ronda de negociaciones que
incluya protecciones medioambientalistas.
En la reunión de Doha han ingresado
dos nuevos miembros a la OMC: la
República Popular de China -Beijing- y la
República de China -Taiwan-. Esta
decisión de la comunidad internacional
marca un hito en la realidad de las relaciones
comerciales mundiales y no hay que descartar que
en un futuro los intereses comerciales de
países como el nuestro, nos
llevarán a mantener intercambios
comerciales con ambos nuevos miembros. EE.UU.
dio el visto bueno después de largas
negociaciones. Rusia pudiera ser un
próximo miembro.
Queda claro que en medio de todo este
contexto se requiere gran habilidad negociadora
por parte de los representantes, para saber
moverse entre los distintos grupos de
países, defender intereses regionales sin
alejarse de los consensos globales. Nuevamente
ellos nos lleva a insistir en la necesidad de
contar con un equipo nacional competente en
términos de país. La débil
integración como región
centroamericana de frente a la OMC así
como la falta de presencia en la sede misma de
la organización en Ginebra, Suiza, no
dificulta entender el complejo mecanismo
comercial que se está dando en el mundo y
nos debilita en el momento de defender nuestros
intereses comerciales.
La reunión de Doha pretendía
ante todo poner en el tapete las preocupaciones
y las esperanzas de la mayoría de los
países miembros, en búsqueda de un
proceso de liberalización del comercio
mundial que les sea más favorable. Ha
quedado planteada la reapertura de una nueva
ronda de negociación; falta por constatar
la voluntad política que convierta estas
nuevas negociaciones en instrumento para el
desarrollo de los países más
necesitados.