Jueves 15 de noviembre 2001


Recuerdos de Alemania
Alerta por el fanatismo
Luis Sarbelio Navarrete*

Era abril de 1965. Cincuenta médicos que habíamos logrado ser admitidos a un curso especializado sobre Medicina Tropical y Parasitología Médica, de tres meses de duración y que se impartía en el mundialmente famoso Instituto de Enfermedades Tropicales de Hamburgo, nos disponíamos a escuchar la esperada conferencia que correspondía al profesor Lippelt (he olvidado su nombre), con la natural expectación de quienes están ante prominentes científicos. Yo había ganado la oportunidad porque desde el año anterior trabajaba como médico asistente en el hospital del Instituto. Los demás habían sido seleccionados por la excelencia de sus respectivos currículos. La mayoría de ellos era de origen alemán, pero también los había norteamericanos, ingleses, franceses, árabes de distintos países, pero ninguno de España y sólo uno de Trinidad y Tobago.

El Herr Professor Lippelt disertaría aquel día, el primero de su participación en el curso, sobre Epidemiología. Entró al auditorio y le recibimos con un entusiasta golpear de nudillos en los pupitres (en Alemania esa es la forma de recibir a los profesores en las universidades).

El profesor Lippelt nos envolvió a todos con una profunda mirada a manera de saludo, y enseguida comenzó su esperada alocución. Pronto estuvimos todos sorprendidos. En lugar de hablarnos sobre el tema asignado, el notable epidemiólogo comenzó su conferencia hablando sobre... ¡el fanatismo! Por casi treinta minutos de los cuarenta y cinco programados, nos mostró magistralmente el perfil horrible del fanatismo y de los fanáticos. De la sorpresa pasamos a la admiración y la aclamación. Conocía muy bien de lo que hablaba. Y en un alemán bien estructurado y a ratos apasionado, nos pidió reiteradamente que rechazáramos siempre el fanatismo, de todas las procedencias y en todas sus formas, en especial el religioso, que ha causado más muertes en el mundo que las más grandes epidemias.

Desde entonces oigo resonar en mi mente sus sabias palabras y las recordé sobre todo el 11 de septiembre pasado, cuando fanáticos fundamentalistas actuales, en una acción de increíble barbarie, hicieron que el mundo fuera otro a partir de esa fecha.

Hasta qué oscurantismos históricos pueden conducir regímenes totalitarios fanáticos a los pueblos que caen bajo su dominio, quedó demostrado en la Alemania nazi. A fines de los años cincuenta del siglo pasado, en la Universidad de Bonn, entonces capital de Alemania Occidental, y cuando ya existía allí un régimen democrático, los alemanes recién se enteraban de su pasado oprobioso y muchos de ellos -por lo demás seres inteligentes y estudiosos-, se mostraban escépticos ante lo que escuchaban.

Y todo eso se debía, como lo advertía por nuestras conversaciones ocasionales de estudiantes, a que sus padres sólo habían conocido la mentira oficial que campeó en Alemania de 1933 a 1945. Más de diez años hacía desde el suicidio de Adolfo Hitler y la caída estrepitosa de su régimen, pero mis interlocutores negaban sus atrocidades y alegaban que todo sólo era una conspiración de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.

En Alemania Oriental el ambiente era similar pero a la inversa, pues sobre las cenizas del antiguo régimen, los comunistas comenzaban a construir el suyo, indoctrinando a los que habían quedado atrapados detrás de la "Cortina de Hierro", como bautizó Winston Churchill a la infame frontera de ametralladoras, minas terrestres, alambres de púas, perros carniceros, tierra de nadie, etc., que la Unión Soviética impuso entre la Europa del Este y del Oeste. Otra vez una sola voz. Otra vez un nuevo fanatismo.

Los corifeos comunistas solapados, que aprovechaban demasiado bien la libertad de expresión en Alemania Occidental, escribían en los medios cosas a menudo lindantes con el cinismo. La revista "Stern", por ejemplo, publicó una vez en un artículo "serio" que como sólo unos cuantos centenares de personas de Alemania Oriental arriesgaban sus vidas tratando de huir a Occidente a través de la Cortina de Hierro y del Muro de Berlín, era obvio que los millones que se quedaban allá constituían la mejor prueba de que la mayoría estaba contenta y feliz de vivir de aquel lado. ¿Estamos nosotros preparados para resistir tanto fanatismo? Dios quiera que sí. En ello nos va nuestro propio futuro.

* Dr. en Medicina


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