Recuerdos
de Alemania
Alerta por el
fanatismo
Luis
Sarbelio Navarrete*
Era abril de 1965. Cincuenta médicos
que habíamos logrado ser admitidos a un
curso especializado sobre Medicina Tropical y
Parasitología Médica, de tres
meses de duración y que se
impartía en el mundialmente famoso
Instituto de Enfermedades Tropicales de
Hamburgo, nos disponíamos a escuchar la
esperada conferencia que correspondía al
profesor Lippelt (he olvidado su nombre), con la
natural expectación de quienes
están ante prominentes
científicos. Yo había ganado la
oportunidad porque desde el año anterior
trabajaba como médico asistente en el
hospital del Instituto. Los demás
habían sido seleccionados por la
excelencia de sus respectivos currículos.
La mayoría de ellos era de origen
alemán, pero también los
había norteamericanos, ingleses,
franceses, árabes de distintos
países, pero ninguno de España y
sólo uno de Trinidad y Tobago.
El Herr Professor Lippelt disertaría
aquel día, el primero de su
participación en el curso, sobre
Epidemiología. Entró al auditorio
y le recibimos con un entusiasta golpear de
nudillos en los pupitres (en Alemania esa es la
forma de recibir a los profesores en las
universidades).
El profesor Lippelt nos envolvió a
todos con una profunda mirada a manera de
saludo, y enseguida comenzó su esperada
alocución. Pronto estuvimos todos
sorprendidos. En lugar de hablarnos sobre el
tema asignado, el notable epidemiólogo
comenzó su conferencia hablando sobre...
¡el fanatismo! Por casi treinta minutos de
los cuarenta y cinco programados, nos
mostró magistralmente el perfil horrible
del fanatismo y de los fanáticos. De la
sorpresa pasamos a la admiración y la
aclamación. Conocía muy bien de lo
que hablaba. Y en un alemán bien
estructurado y a ratos apasionado, nos
pidió reiteradamente que
rechazáramos siempre el fanatismo, de
todas las procedencias y en todas sus formas, en
especial el religioso, que ha causado más
muertes en el mundo que las más grandes
epidemias.
Desde entonces oigo resonar en mi mente sus
sabias palabras y las recordé sobre todo
el 11 de septiembre pasado, cuando
fanáticos fundamentalistas actuales, en
una acción de increíble barbarie,
hicieron que el mundo fuera otro a partir de esa
fecha.
Hasta qué oscurantismos
históricos pueden conducir
regímenes totalitarios fanáticos a
los pueblos que caen bajo su dominio,
quedó demostrado en la Alemania nazi. A
fines de los años cincuenta del siglo
pasado, en la Universidad de Bonn, entonces
capital de Alemania Occidental, y cuando ya
existía allí un régimen
democrático, los alemanes recién
se enteraban de su pasado oprobioso y muchos de
ellos -por lo demás seres inteligentes y
estudiosos-, se mostraban escépticos ante
lo que escuchaban.
Y todo eso se debía, como lo
advertía por nuestras conversaciones
ocasionales de estudiantes, a que sus padres
sólo habían conocido la mentira
oficial que campeó en Alemania de 1933 a
1945. Más de diez años
hacía desde el suicidio de Adolfo Hitler
y la caída estrepitosa de su
régimen, pero mis interlocutores negaban
sus atrocidades y alegaban que todo sólo
era una conspiración de las potencias
vencedoras de la Segunda Guerra Mundial.
En Alemania Oriental el ambiente era similar
pero a la inversa, pues sobre las cenizas del
antiguo régimen, los comunistas
comenzaban a construir el suyo, indoctrinando a
los que habían quedado atrapados
detrás de la "Cortina de Hierro", como
bautizó Winston Churchill a la infame
frontera de ametralladoras, minas terrestres,
alambres de púas, perros carniceros,
tierra de nadie, etc., que la Unión
Soviética impuso entre la Europa del Este
y del Oeste. Otra vez una sola voz. Otra vez un
nuevo fanatismo.
Los corifeos comunistas solapados, que
aprovechaban demasiado bien la libertad de
expresión en Alemania Occidental,
escribían en los medios cosas a menudo
lindantes con el cinismo. La revista "Stern",
por ejemplo, publicó una vez en un
artículo "serio" que como sólo
unos cuantos centenares de personas de Alemania
Oriental arriesgaban sus vidas tratando de huir
a Occidente a través de la Cortina de
Hierro y del Muro de Berlín, era obvio
que los millones que se quedaban allá
constituían la mejor prueba de que la
mayoría estaba contenta y feliz de vivir
de aquel lado. ¿Estamos nosotros preparados
para resistir tanto fanatismo? Dios quiera que
sí. En ello nos va nuestro propio
futuro.
* Dr. en
Medicina