Miércoles 14 de noviembre 2001


Para ver llover
Aguinaldo vrs. matrícula
Por Cristian Villalta

Uno de cada dos ciudadanos anda por estos días con los pelos de punta. No es por el viento, que azota con singular fuerza, sino por el importe de las matrículas y de las colegiaturas de sus hijos.

Aun cuando el Ministerio de Educación ha establecido un proceso rico en filtros para evitar que los colegios se aprovechen de razones tan inasibles como el 'aumento en el número de docentes' o 'mejoras infraestructurales' (todas ellas objeto de una evaluación previa en reunión de padres de familia y en Asamblea General de Padres) para echarle mano al dinerito que resulta del aguinaldo (cuando lo hay).

La situación, que en el caso de la educación pública parece controlada merced a la institución de una única cuota social (no exenta de manipulaciones, sobre todo al interior del país), dista de ser anárquica, pero no por la falta de quejas en miles de familias, sino por la escasa cultura de denuncia.

La educación es un derecho inalienable (ligeramente más importante que el de echarse unos tragos después de la medianoche), pero no recibe esa investidura del Estado, que cómodamente le tira buena parte del muerto a la iniciativa privada para que se encargue de alfabetizar, catequizar y comerciar con ella. En un año lectivo partido por los terremotos, muchos colegios de distinto credo y el mismo catecismo (el del dólar) cobraron las mensualidades de regla, aún cuando los alumnos no llenaron las aulas sino nueve meses, a ciencia y paciencia de la institucionalidad.

Claro, no es un asunto tan apasionante como poner a pelear a 'bar tenders' europeos con el alcalde, o elegante como el cierre de las casas de juego, o tan cosmopolita como la charada afgana, pero de una relevancia y una popularidad meridianas. Por eso, año tras año, con los primeros vientos y los primeros avisos de 'reserva de matrícula' (figura de suyo insultante, algo así como extorsión contra derecho), viene las mismas quejas, la misma impotencia y los mismos sacrificios de padres abnegados que se saben a la buena de Dios.

Pretender que la educación sea un bien gratuito, y que la escuela pública no sea un mal menor, es arriesgarse a que te tilden de socialista, pero no se queje. Uno de cada dos ciudadanos anda con los pelos de punta, porque el otro no tiene ni para la cuota social...


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