Para
ver llover
Aguinaldo vrs.
matrícula
Por
Cristian Villalta
Uno
de cada dos ciudadanos anda por estos
días con los pelos de punta. No es por el
viento, que azota con singular fuerza, sino por
el importe de las matrículas y de las
colegiaturas de sus hijos.
Aun cuando el Ministerio de Educación
ha establecido un proceso rico en filtros para
evitar que los colegios se aprovechen de razones
tan inasibles como el 'aumento en el
número de docentes' o 'mejoras
infraestructurales' (todas ellas objeto de una
evaluación previa en reunión de
padres de familia y en Asamblea General de
Padres) para echarle mano al dinerito que
resulta del aguinaldo (cuando lo hay).
La situación, que en el caso de la
educación pública parece
controlada merced a la institución de una
única cuota social (no exenta de
manipulaciones, sobre todo al interior del
país), dista de ser anárquica,
pero no por la falta de quejas en miles de
familias, sino por la escasa cultura de
denuncia.
La educación es un derecho inalienable
(ligeramente más importante que el de
echarse unos tragos después de la
medianoche), pero no recibe esa investidura del
Estado, que cómodamente le tira buena
parte del muerto a la iniciativa privada para
que se encargue de alfabetizar, catequizar y
comerciar con ella. En un año lectivo
partido por los terremotos, muchos colegios de
distinto credo y el mismo catecismo (el del
dólar) cobraron las mensualidades de
regla, aún cuando los alumnos no llenaron
las aulas sino nueve meses, a ciencia y
paciencia de la institucionalidad.
Claro, no es un asunto tan apasionante como
poner a pelear a 'bar tenders' europeos con el
alcalde, o elegante como el cierre de las casas
de juego, o tan cosmopolita como la charada
afgana, pero de una relevancia y una popularidad
meridianas. Por eso, año tras año,
con los primeros vientos y los primeros avisos
de 'reserva de matrícula' (figura de suyo
insultante, algo así como
extorsión contra derecho), viene las
mismas quejas, la misma impotencia y los mismos
sacrificios de padres abnegados que se saben a
la buena de Dios.
Pretender que la educación sea un bien
gratuito, y que la escuela pública no sea
un mal menor, es arriesgarse a que te tilden de
socialista, pero no se queje. Uno de cada dos
ciudadanos anda con los pelos de punta, porque
el otro no tiene ni para la cuota social...