Martes 13 de noviembre 2001


Sentido común
¿Ponchados?
Ricardo Rivas*

De primera a segunda, ponche de doña Violeta. De segunda a tercera, ponche de Alemán. De tercera a home, ponche de Enrique Bolaños. Daniel Ortega ¿ponchado? Quién sabe.

De primera a segunda, ponchado en la imagen. De segunda a tercera, ponchado en la probidad. De tercera a home, ponchado en la confianza popular. Arnoldo Alemán ¿ponchado? Quién sabe.

Ortega y Alemán son una pareja pareja. Bien dicen que Dios los crea y el otro los junta. Pese a que ambos están más quemados que un tizón, estos personajes de marras pretenden seguir manejando Nicaragua a su antojo. Aunque el cuento parezca de antología, pudiese llegar a ser cierto; todo dependerá de Enrique Bolaños, nuevo presidente electo de esa hermana República -y a quien la historia podría colocar como el hombre que destrabó el andamiaje de una generación de políticos en los que no cree ni su misma abuelita-, y de los nicaragüenses, sufrido pueblo flagelado por el sandinismo, la mamandurria y la corrupción oportunista.

Pero el asunto no pinta nada fácil. Hace unos meses, don Arnoldo y don Daniel, en un acto de exultante cinismo, se aseguraron con suficiente anticipación una generosa porción del pastel. Merced a un pacto que retrata de cuerpo entero lo que son capaces de hacer ciertos políticos con tal de seguir en el poder, la parejita en cuestión acordó reformar la Constitución e investirse, Alemán, de una diputación vitalicia, y Ortega, de una diputación automática. Es decir, el todavía Presidente: diputado para siempre, hasta que la vida lo separe del divino néctar, y el otro, el candidato perdedor, diputado por "default" o por consolación. Es, pues, en medio de estas fieras, que ha caído don Enrique.

Daniel Ortega ha de tener tanto cuero como vidas tiene un gato. Un sector de los sandinistas afirma que sufre del "síndrome del imprescindible" - y eso ha de ser grave-. Pretender regresar a la Presidencia de Nicaragua después de todo lo que ha hecho y deshecho, como que no suena del todo normal. Sin duda, un tipo que ha sido capaz de violar a su hijastra, de robarse hasta la casa en la que vive, de liderar "turbas divinas" que saquearon y asesinaron a su antojo, de llevar a Nicaragua al desastre económico y social más grande en su historia, y que no alcance a medir el descontento de la gente hacia su persona expresado en tres elecciones consecutivas, es un tipo que negociará hasta con su mismo esqueleto con tal de mantenerse vigente dentro de los círculos del poder, y así lo ha hecho.

En nombre de la gobernabilidad de su país, negoció con su oponente político una partida y repartida de pastel, en una piñata a la que sólo fueron invitados sus hermanitos y primitos más cercanos. Y es que a don Daniel le encantan las piñatas.

¿Y don Arnoldo?… ¡Ay, don Arnoldo!. El fiasco de su gobierno pesa más que él mismo -no sé, tengo la impresión que aquí, por menos, ya le hubieran dado tres vueltas-. El futuro diputado vitalicio Alemán ha manejado Nicaragua como quien maneja una hacienda grandota.

Un colega nicaragüense que estuvo recientemente en el país fue explícito y llano al describirme la labor de su Presidente: "¡Eh! Ese gordo ha ido de zanganada en zanganada". Zanganada, explicaba el amigo dentista, al pagar a un banco local las deudas de GENINSA -sociedad de Alemán- con fondos públicos de la Dirección General de Impuestos (como que aquí el presidente Flores pagara sus deudas particulares a los bancos con cheques del Ministerio de Hacienda).

Zanganada al haber hecho coincidir el paso de una carretera importante por una finca de su propiedad. Zanganada al partir Managua en varios municipios para, de esa manera, boicotear la candidatura de un contrincante político de su mismo partido. Zanganada al poner de diputados a su hermano Agustín, a su hija María Dolores, al marido de su hija, Guillermo, y al papá del marido de su hija, don Fabio. Zanganada al aspirar ser Presidente de la Asamblea Legislativa cuando ni siquiera ha terminado su período como Presidente de la República. En fin…

Ahora el revoluto electoral ha pasado. Ortega ha dejado el rosado y amarillo y regresa, de rojo y negro, a ocupar una curul en el Congreso nicaragüense. Los sandinistas han vuelto a cantar su himno con todo y la frase aquella "luchamos contra el yanqui, enemigo de la humanidad". Don Arnoldo se prepara para tomar posesión de la Asamblea Legislativa con la cohorte de diputados por él mismo escogidos. Y Nicaragua espera expectante una nueva oportunidad para salir del agujero en el que se encuentra, esta vez, de la mano de un hombre con credenciales limpias como Enrique Bolaños.

Ojalá que el nuevo Presidente Electo tenga las suficientes agallas y la agudeza política para ponchar a tanto personaje y tantos pactos y prácticas vergonzosas, que sólo han venido sirviendo para alentar la corrupción y debilitar la incipiente democracia en ese querido país hermano. Lo que menos necesitan nuestros países centroamericanos son esta clase de políticos que piensan que los puestos públicos son para explotarlos a su favor y, lo que es peor, para siempre.


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