Lunes 12 de noviembre 2001


Ningún animal hace arte
Arte y misterio
Luis Fernández Cuervo*

Discuten los arqueólogos la antigüedad del hombre. O sea, cuál de los presuntos homínidos no es tal cosa, sino que ya es un ser propiamente humano. De momento, mientras nuevas investigaciones y hallazgos no demuestren lo contrario, tenemos dos datos prehistóricos, de algo que un animal no ha hecho ni hará nunca: enterrar cuidadosamente a sus muertos con armas y alimentos y hacer arte.

Enterrar a sus seres queridos con armas y alimentos indica creer en un misterioso viaje más allá de la tumba. Es creer y esperar en que el muerto, de alguna manera, sigue viviendo. ¿Cómo? ¿Dónde? De dónde sacaron los "homo sapiens" -¡ya hace cien mil años atrás!- esa idea, esa esperanza en el más allá? La arqueología no puede decírnoslo, escapa a su competencia. No es un problema sino algo muy diferente y superior: es un misterio. Pero ese tipo de enterramientos, denota incuestionablemente, que esos seres tenían espíritu, alma, que eran verdaderos seres humanos.

Que el homo sapiens fabricara objetos de arte, por lo menos 35.000 años atrás, es otro fascinante misterio. El porqué de esas actividades artísticas ha dado pie a que muchos sabios arqueólogos echaran a volar su imaginación con las más variadas hipótesis indemostrables y se metieran de lleno, ellos también, a hacer otro tipo de arte: literatura más o menos realista o fantástica. Decir, por ejemplo, que en Altamira (Cantabria, España) esas pinturas de venados y bisontes, con una antigüedad aproximada de 8.000 años, fueron hechas con sentido mágico, para garantizar una buena cacería, no resuelve el problema, aunque fuera verdad. Porque el misterio está en que esas pinturas están hechas con una singular maestría de dibujo y colorido...¡en plena Edad de Piedra y en el período Paleolítico! Y con un estilo que parece estar más acorde con el siglo XX que con los anteriores. O sea cuando todavía el tallado de la piedra es tosco, rudimentario, aparece esta maravilla que con razón se la llama "La Capilla Sixtina del Arte del Cuaternario".

Pero el centro de la cuestión está en algo que sigue siendo misterioso en toda época.

¿Qué es lo que mueve a un ser humano a hacer arte? ¿Por qué lo hace? En el sentido utilitario más estricto, el arte, cualquiera de ellos, no es necesario. Que se le pueda buscar después un "para qué" práctico, una utilidad económica, política, etc., no cambia lo esencial del asunto. Para alimentarse, para defenderse, para sobrevivir, las bellas artes no son necesarias. Todo arte es un lujo.

En todo arte aflora eso tan propio y exclusivo de la naturaleza humana: la necesidad de sobrepasarse, un aspirar -aunque a veces sea oscuramente, sin saber por qué- a mayor perfección, a mayor espíritu. Porque el ser humano tiene cuerpo, como otros animales, pero tiene alma. Es un cuerpo animado o un ánima corporizada, como se quiera, pero es su espíritu, abierto a lo trascendente, lo que abre un abismo entre él y cualquiera de los otros seres vivos. Ningún animal hace arte.

No es extraño, por eso, que durante siglos y diversas civilizaciones y culturas, el arte y la religión -esa otra abertura y aspiración a lo trascendente- hayan ido de la mano y se hayan servido mutuamente. Lo religioso ha dado magníficos temas e inspiración para las bellas artes. Las bellas artes han facilitado y reforzado el sentido de lo religioso. Sería un error, sin embargo, pretender que deban ser inseparables. Hay motivos suficientes y provechosos para mantener los ámbitos de autonomía de ambos.

Cuando Aristóteles, cuatro siglos antes de nuestra era, señala certeramente, que "el hombre es más que el hombre" está apuntando a lo esencial de él: sobrepasar lo natural. Veintiún siglos mas tarde, el filósofo cristiano Blas Pascal lo volverá a señalar con mayor énfasis diciendo: "Sabed que el hombre supera infinitamente al hombre". No es necesario que al formular esas ideas estuvieran pensando en el arte, pues es claro que la creación artística no es la única, pero sí una de las manifestaciones más elevadas y genuinamente humanas de esa tendencia a la superación.

Llegado a este punto se plantea otra pregunta. Cuando se quiere hacer arte ¿se quiere hacer belleza? ¿Toda creación artística está movida y dirigida hacia lo bello? Depende de lo que se entienda por "lo bello". Tomemos, por ejemplo a Goya. ¿Podemos decir que no es arte, alguno de sus siniestros "caprichos" y que si lo son sus otras obras elegantes y "bonitas"? No, desde luego que no. Hay muchas cosas bonitas que no son arte. También hay obras de arte "feas" y existen muchas cosas "feas" que nunca serán arte. ¿En dónde está la clave? ¿Qué es lo que hace que algo sea arte o no lo sea? Manuel Kant, el gran filósofo alemán de la Ilustración, distingue en un breve opúsculo lo bello de lo sublime. Lo bello, señala, agrada placenteramente; lo sublime sobrecoge y arrebata con su magnitud. Pero eso no resuelve el problema. Hay obras de arte simplemente bellas; otras lo son sublimemente.

Pienso, no sé si con acierto, que lo más esencial de la creación artística es despertar en quien lo hace y en quien lo contempla, a través de distintas bellas artes, formas y estilos, el sentido de lo trascendente, de lo profundo, de algo que está más allá de lo obvio e inmediato, hacer patente lo que de infinito y de eternidad, bello o feo, bueno o malo, hay en el hombre y en las cosas todas.


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