Ningún
animal hace arte
Arte y misterio
Luis
Fernández Cuervo*
Discuten los arqueólogos la
antigüedad del hombre. O sea, cuál
de los presuntos homínidos no es tal
cosa, sino que ya es un ser propiamente humano.
De momento, mientras nuevas investigaciones y
hallazgos no demuestren lo contrario, tenemos
dos datos prehistóricos, de algo que un
animal no ha hecho ni hará nunca:
enterrar cuidadosamente a sus muertos con armas
y alimentos y hacer arte.
Enterrar a sus seres queridos con armas y
alimentos indica creer en un misterioso viaje
más allá de la tumba. Es creer y
esperar en que el muerto, de alguna manera,
sigue viviendo. ¿Cómo?
¿Dónde? De dónde sacaron los
"homo sapiens" -¡ya hace cien mil
años atrás!- esa idea, esa
esperanza en el más allá? La
arqueología no puede decírnoslo,
escapa a su competencia. No es un problema sino
algo muy diferente y superior: es un misterio.
Pero ese tipo de enterramientos, denota
incuestionablemente, que esos seres
tenían espíritu, alma, que eran
verdaderos seres humanos.
Que el homo sapiens fabricara objetos de
arte, por lo menos 35.000 años
atrás, es otro fascinante misterio. El
porqué de esas actividades
artísticas ha dado pie a que muchos
sabios arqueólogos echaran a volar su
imaginación con las más variadas
hipótesis indemostrables y se metieran de
lleno, ellos también, a hacer otro tipo
de arte: literatura más o menos realista
o fantástica. Decir, por ejemplo, que en
Altamira (Cantabria, España) esas
pinturas de venados y bisontes, con una
antigüedad aproximada de 8.000 años,
fueron hechas con sentido mágico, para
garantizar una buena cacería, no resuelve
el problema, aunque fuera verdad. Porque el
misterio está en que esas pinturas
están hechas con una singular
maestría de dibujo y colorido...¡en
plena Edad de Piedra y en el período
Paleolítico! Y con un estilo que parece
estar más acorde con el siglo XX que con
los anteriores. O sea cuando todavía el
tallado de la piedra es tosco, rudimentario,
aparece esta maravilla que con razón se
la llama "La Capilla Sixtina del Arte del
Cuaternario".
Pero el centro de la cuestión
está en algo que sigue siendo misterioso
en toda época.
¿Qué es lo que mueve a un ser
humano a hacer arte? ¿Por qué lo
hace? En el sentido utilitario más
estricto, el arte, cualquiera de ellos, no es
necesario. Que se le pueda buscar después
un "para qué" práctico, una
utilidad económica, política,
etc., no cambia lo esencial del asunto. Para
alimentarse, para defenderse, para sobrevivir,
las bellas artes no son necesarias. Todo arte es
un lujo.
En todo arte aflora eso tan propio y
exclusivo de la naturaleza humana: la necesidad
de sobrepasarse, un aspirar -aunque a veces sea
oscuramente, sin saber por qué- a mayor
perfección, a mayor espíritu.
Porque el ser humano tiene cuerpo, como otros
animales, pero tiene alma. Es un cuerpo animado
o un ánima corporizada, como se quiera,
pero es su espíritu, abierto a lo
trascendente, lo que abre un abismo entre
él y cualquiera de los otros seres vivos.
Ningún animal hace arte.
No es extraño, por eso, que durante
siglos y diversas civilizaciones y culturas, el
arte y la religión -esa otra abertura y
aspiración a lo trascendente- hayan ido
de la mano y se hayan servido mutuamente. Lo
religioso ha dado magníficos temas e
inspiración para las bellas artes. Las
bellas artes han facilitado y reforzado el
sentido de lo religioso. Sería un error,
sin embargo, pretender que deban ser
inseparables. Hay motivos suficientes y
provechosos para mantener los ámbitos de
autonomía de ambos.
Cuando Aristóteles, cuatro siglos
antes de nuestra era, señala
certeramente, que "el hombre es más que
el hombre" está apuntando a lo esencial
de él: sobrepasar lo natural.
Veintiún siglos mas tarde, el
filósofo cristiano Blas Pascal lo
volverá a señalar con mayor
énfasis diciendo: "Sabed que el hombre
supera infinitamente al hombre". No es necesario
que al formular esas ideas estuvieran pensando
en el arte, pues es claro que la creación
artística no es la única, pero
sí una de las manifestaciones más
elevadas y genuinamente humanas de esa tendencia
a la superación.
Llegado a este punto se plantea otra
pregunta. Cuando se quiere hacer arte ¿se
quiere hacer belleza? ¿Toda creación
artística está movida y dirigida
hacia lo bello? Depende de lo que se entienda
por "lo bello". Tomemos, por ejemplo a Goya.
¿Podemos decir que no es arte, alguno de
sus siniestros "caprichos" y que si lo son sus
otras obras elegantes y "bonitas"? No, desde
luego que no. Hay muchas cosas bonitas que no
son arte. También hay obras de arte
"feas" y existen muchas cosas "feas" que nunca
serán arte. ¿En dónde
está la clave? ¿Qué es lo que
hace que algo sea arte o no lo sea? Manuel Kant,
el gran filósofo alemán de la
Ilustración, distingue en un breve
opúsculo lo bello de lo sublime. Lo
bello, señala, agrada placenteramente; lo
sublime sobrecoge y arrebata con su magnitud.
Pero eso no resuelve el problema. Hay obras de
arte simplemente bellas; otras lo son
sublimemente.
Pienso, no sé si con acierto, que lo
más esencial de la creación
artística es despertar en quien lo hace y
en quien lo contempla, a través de
distintas bellas artes, formas y estilos, el
sentido de lo trascendente, de lo profundo, de
algo que está más allá de
lo obvio e inmediato, hacer patente lo que de
infinito y de eternidad, bello o feo, bueno o
malo, hay en el hombre y en las cosas todas.