Domingo 11 de noviembre 2001


Ministerio Espiga
Amor y fidelidad hasta la muerte
Por Salvador Gómez, Predicador Católico

Ya en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel sabía que el matrimonio era algo sagrado que se debía cuidar. Para ello tenían leyes específicas y muy estrictas.

"Si un hombre comete adulterio con la mujer del prójimo, será muerto tanto el adúltero como la adúltera" (Lv. 20, 10).

La fidelidad y estabilidad del matrimonio eran considerados más valiosos que la vida misma. La ley era entonces:

"Fidelidad o muerte".

De esta manera no duraban mucho las discusiones entre parejas que ya no se amaban. Eso sí, había muchas viudas y viudos.

Jesús dice:

"No he venido a abolir la ley, sino a darle su pleno significado" (Mt. 5, 17).

De manera que a la ley de la muerte no sólo le da su pleno significado, sino que la extiende para todos los que desean ser sus discípulos. Jesús nos dice:

"Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí, ese la salvará" (Lc. 9, 23-24).

Tomar la cruz quiere decir estar dispuestos a morir para ser fieles a Cristo. Y esta es la nueva formulación de la ley: "Muerte, para ser fieles".

Un poco más difícil que en el Antiguo Testamento, porque aquí es morir cada día y, más aún, un morir voluntariamente al orgullo, las pasiones, los malos deseos y todo orgullo que impida que la vida de Cristo esté en nosotros.

Todo esto debe hacerse voluntariamente, según el modelo de Jesús.

"Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida... nadie me la quita, yo la doy voluntariamente" (Jn. 10, 17-18).

Cuando tratamos de aplicar esta ley de "dar la vida voluntariamente" al matrimonio, entonces se sacan conclusiones muy concretas.

Consejos para el camino...

Querido hermano (a), si has llegado leyendo hasta aquí, es que realmente estás interesado. Dios bendice tu interés pero pide al Señor que te dé una gracia especial para leer, meditar y sobre todo practicar lo que has leído.

Los esposos cristianos deben amar a sus esposas sin preguntarles si merecen o no ese amor.

El amor debe darse como regalo, no como premio.

Cuántas veces se dejan de decir cosas agradables porque creemos que la otra persona no las merece.

San Pablo nos recuerda que "la prueba de que Dios nos ama es Cristo, (pues) siendo nosotros todavía pecadores, El murió por nosotros" (Rom. 5, 8).

El matrimonio no se une con actos de amor, sino con la decisión permanente de amar.


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