Ministerio
Espiga
Amor y fidelidad hasta
la muerte
Por
Salvador Gómez, Predicador
Católico
Ya
en el Antiguo Testamento, el pueblo de Israel
sabía que el matrimonio era algo sagrado
que se debía cuidar. Para ello
tenían leyes específicas y muy
estrictas.
"Si un hombre comete adulterio con la mujer
del prójimo, será muerto tanto el
adúltero como la adúltera" (Lv.
20, 10).
La fidelidad y estabilidad del matrimonio
eran considerados más valiosos que la
vida misma. La ley era entonces:
"Fidelidad o muerte".
De esta manera no duraban mucho las
discusiones entre parejas que ya no se amaban.
Eso sí, había muchas viudas y
viudos.
Jesús dice:
"No he venido a abolir la ley, sino a darle
su pleno significado" (Mt. 5, 17).
De manera que a la ley de la muerte no
sólo le da su pleno significado, sino que
la extiende para todos los que desean ser sus
discípulos. Jesús nos dice:
"Si alguno quiere venir en pos de mí,
niéguese a sí mismo, tome su cruz
de cada día y sígame. Porque quien
quiera salvar su vida la perderá, pero
quien pierda su vida por mí, ese la
salvará" (Lc. 9, 23-24).
Tomar la cruz quiere decir estar dispuestos a
morir para ser fieles a Cristo. Y esta es la
nueva formulación de la ley: "Muerte,
para ser fieles".
Un poco más difícil que en el
Antiguo Testamento, porque aquí es morir
cada día y, más aún, un
morir voluntariamente al orgullo, las pasiones,
los malos deseos y todo orgullo que impida que
la vida de Cristo esté en nosotros.
Todo esto debe hacerse voluntariamente,
según el modelo de Jesús.
"Por eso me ama el Padre, porque doy mi
vida... nadie me la quita, yo la doy
voluntariamente" (Jn. 10, 17-18).
Cuando tratamos de aplicar esta ley de "dar
la vida voluntariamente" al matrimonio, entonces
se sacan conclusiones muy concretas.
Consejos para el camino...
Querido hermano (a), si has llegado leyendo
hasta aquí, es que realmente estás
interesado. Dios bendice tu interés pero
pide al Señor que te dé una gracia
especial para leer, meditar y sobre todo
practicar lo que has leído.
Los esposos cristianos deben amar a sus
esposas sin preguntarles si merecen o no ese
amor.
El amor debe darse como regalo, no como
premio.
Cuántas veces se dejan de decir cosas
agradables porque creemos que la otra persona no
las merece.
San Pablo nos recuerda que "la prueba de que
Dios nos ama es Cristo, (pues) siendo nosotros
todavía pecadores, El murió por
nosotros" (Rom. 5, 8).
El matrimonio no se une con actos de amor,
sino con la decisión permanente de
amar.