Jueves 1 de noviembre 2001


























Una cálida y blanca tradición

La producción de cal es una de las tradiciones más arraigadas del municipio de Metapán, en Santa Ana. En algunos de sus cantones y caseríos funcionan rudimentarios hornos artesanales donde se queman piedras calizas, que son la materia prima de esta industria.

José Osmín Monge
El Diario de Hoy
FOTOS EDH/ CÉSAR AVILÉS

Metapán cuenta con grandes yacimientos de roca caliza, de la que se extrae la materia prima de una de las industrias más antiguas de ese municipio: la explotación de cal.

Esta actividad es una labor tradicional, que ha sido heredada de generación en generación y que se niega a desaparecer.

Este trabajo fue introducido por los españoles en la época de la colonia, y hasta el día de hoy es la principal fuente de trabajo para decenas de pobladores.

Jaime Aníbal García, de 18 años, es uno de ellos. Reside en la Hacienda San Andrés, y junto a su familia emplea más de 15 horas diarias en la obtención de este producto.

"Desde hace mucho tiempo, mi familia se ha dedicado a este trabajo. Las tareas implican desvelos y mucho sacrificio", manifiesta Aníbal.

Por lo general, Aníbal suele estar acompañado de su abuelo Abel Santos Osorio, quien a sus 56 años es uno de los caleros más experimentados y reconocidos de la zona.

"Este trabajo me lo enseñó mi papá, y a él mi abuelo… Ha sido un trabajo que ha pasado por muchas generaciones", manifiesta con una sonrisa don Abel.

Él manifiesta que la extracción de cal requiere de mucho tiempo y esfuerzo, pero que pese a ello las ganancias suelen buenas.

Piedras al horno

El proceso de producción de cal es realizado de forma artesanal, ya que la mayor parte del trabajo requiere de la fuerza y de la creación del hombre.

El primer paso de este arduo proceso es la extracción de la materia prima, que se realiza en los lugares conocidos como "arrancaderos".

A menudo se suelen ver en estas canteras a adultos y jóvenes desprendiendo con barrenos y almádanas trozos de roca caliza.

A veces resulta difícil extraer la piedra de los paredones, es por lo que se utilizan explosivos. Los grandes bloques desprendidos son cortados en pequeñas porciones, y luego llevados en bestias de carga hasta los terrenos de los trabajadores. Ahí esperan los hornos artesales donde son quemadas las piedras.

El horno es en un compartimiento de forma convexa (de aproximadamente tres metros de alto y dos metros de ancho), hecho de talud o paredón de tierra. La base del horno está revestida de ladrillo de arcilla y una mezcla especial para evitar fugas de calor.

En el interior se colocan las piedras calizas una encima de otra (a modo de pared) hasta formar una especie de campana.

Posteriormente se prende fuego en el centro del horno. La piedra caliza es sometida a temperaturas de hasta 1,500 grados centígrados. El fuego se mantiene hasta diez días, dependiendo de la dureza de la piedra caliza. Es la misma experiencia de los trabajadores la que les indica cuándo la cal dio su punto y está totalmente quemada.

El fuego es alimentado constantemente, introduciendo, a través de un agujero, trozos de leña.

"Debemos estar día, noche y madrugada viendo que no se apague el fuego. Mi abuelo y yo nos turnamos para estar pendientes del horno", comenta Aníbal.

Después de permanecer varios días quemándose la piedra, ésta se deja enfriar otros dos días, y luego se procede a desprenderla. La roca cae en pedazos convertida en cal viva.

De mucho uso

La blanca cal es colocada en sacos de henequén y luego transportada en camiones hasta las bodegas. Ahí la cal viva es esparcida en el suelo y se le agrega agua, que provoca una reacción exotérmica. A este parte del proceso se le llama "hidratación de la cal", que es la conversión del óxido de calcio en hidróxido de calcio, conocido comúnmente como cal hidratada.

Este producto es colocado en cribas rotativas, movidas por energía eléctrica, que separa el material fino del grueso. Seguidamente la cal hecha polvo es empacada en bolsas de papel "kraft" y luego es comercializada.

A pesar que se ha experimentado una considerable baja del consumo de la cal, sigue siendo un material utilizable en la albañilería y en la agricultura.

Esta tradición sigue vigente, gracias al afán y a la entrega de esos hombres y jóvenes que trabajan en las caleras. Son ellos los que se sacrifican día y noche para mantener vivo el principal patrimonio de Metapán.





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