Sábado 6 de octubre 2001


Breve Análisis
¿Choque de civilizaciones?
Carlos Mayora Re*

Ahora que parece que se va aclarando quiénes están detrás de los atentados de Washington y Nueva York, es posible hacer una relectura de los artículos de opinión y de las noticias que circularon en los días inmediatos a la tragedia. Desde el principio se pensó que las acciones estaban orquestadas por extremistas islámicos y, lastimosamente también desde los primeros momentos, se fue creando en algunos casos un ambiente de franco rechazo contra las personas de raza árabe o de religión musulmana.

Muchos de los comentaristas trajeron a colación el famoso libro de Samuel P. Huntington, cuyo título se podría traducir como "El Choque de las Civilizaciones y la Reacomodación del Orden Mundial". Otros hicieron referencia a las teorías de otro académico universitario, Francis Fukuyama, y su conocida profecía sociológica que preconizaba el fin de la historia. Las dos teorías parten del análisis de las consecuencias que el derrumbe del comunismo como sistema político habría de acarrear para el mundo occidental.

Fukuyama, que entiende el devenir de la historia como una dinámica de enfrentamiento entre visiones políticas del mundo, reconocía en la caída del muro de Berlín el triunfo de las democracias liberales sobre los sistemas centralistas. Occidente, al haberse quedado sin rival, ya no tendría que desgastarse en la lucha por imponer sus ideas acerca de la libertad y de la democracia en el resto del mundo, ni defenderse de las pretensiones de dominio del orbe comunista: habría sonado la hora del triunfo y sólo sería cuestión de tiempo que todos terminásemos hablando la misma lengua, comerciando con la misma moneda y -forzando un poco las cosas-, siendo gobernados por un Estado mundial. No sin razón se ha visto en Fukuyama un clarividente que predijo lo que luego sería conocido como la globalización.

En cambio para Huntington, el hecho de que un sistema político hubiera demostrado su incapacidad para regular la convivencia entre los hombres, sería una señal de que la humanidad se organiza a sí misma por ordenamientos que van más allá de las posturas ideológicas, e identifica en la cultura el verdadero factor de organización política y social de la humanidad. En consecuencia, desde la guerra fría, la mayor fuente de conflictos internacionales no sería de raíz ideológica, sino cultural.

De esa tesis central extrae cinco consecuencias, que recoge un analista de la siguiente forma: "1) Hoy, la política mundial es a la vez multipolar y multicivilizacional; la modernización ha comenzado a verse como un proceso distinto de la occidentalización. 2) Hay un cambio en el equilibrio del poder entre las distintas civilizaciones: Occidente está en declive (...), y el Islam, debido a su crecimiento demográfico, se ha convertido en un factor potencialmente desestabilizador. 3) El nuevo orden mundial emergente se configura según el modo en que se agrupan los países con culturas o civilizaciones similares. 4) Las pretensiones universalistas de Occidente le ocasionarán conflictos cada vez más numerosos y graves con las otras civilizaciones, en particular con la china y con la islámica. 5) La supervivencia de Occidente dependerá de que reafirme su identidad occidental (en contra de la tan extendida política multiculturalista) y de aceptar que su civilización es singular, particular y no universal".

Pero, como suele suceder con las grandes intuiciones, las dos tesis son muy sugerentes y lúcidas en sus líneas generales, pero vulnerables en los detalles, y los crímenes de septiembre se pueden interpretar del mismo modo: en líneas generales pueden inculpar al Islam en su esfuerzo por no dejar que se imponga una globalización económica de signo occidental o, simplemente, por la preservación de su cultura y religión. Pero cuando se ven las cosas con calma y ponderación, resulta que ni veinte exaltados son representativos de una cultura milenaria (y aunque fueran cien mil), ni es el Islam la unidad monolítica religiosa y social que nos han querido vender algunos medios de comunicación.

La visión casi romántica de Huntington no puede hacer que olvidemos algunos puntos importantes, como el papel de la religión en la identidad cultural; la realidad de los intereses económicos y financieros en los conflictos internacionales (con los problemas en el Medio Oriente tienen mucho qué ver el petróleo y las pretensiones de hegemonía, pues Estados Unidos se enfrenta a Irak pero no a Arabia Saudita, régimen mucho más islámico e integrista que el de Bagdad); la droga y el narcotráfico (ahora resulta que Afganistán es el segundo productor de heroína del mundo), etc.

No podemos olvidar que quienes chocan en una guerra no son las civilizaciones, son las personas. Y son éstas quienes tienen intereses creados, pretensiones de dominio, creencias religiosas o cualquier otro móvil que a sus ojos justifique una agresión y las acciones -legítimas o no- de defensa que pueden tomar quienes han sido atacados.


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