Breve
Análisis
¿Choque de
civilizaciones?
Carlos
Mayora Re*
Ahora
que parece que se va aclarando quiénes
están detrás de los atentados de
Washington y Nueva York, es posible hacer una
relectura de los artículos de
opinión y de las noticias que circularon
en los días inmediatos a la tragedia.
Desde el principio se pensó que las
acciones estaban orquestadas por extremistas
islámicos y, lastimosamente
también desde los primeros momentos, se
fue creando en algunos casos un ambiente de
franco rechazo contra las personas de raza
árabe o de religión musulmana.
Muchos de los comentaristas trajeron a
colación el famoso libro de Samuel P.
Huntington, cuyo título se podría
traducir como "El Choque de las Civilizaciones y
la Reacomodación del Orden Mundial".
Otros hicieron referencia a las teorías
de otro académico universitario, Francis
Fukuyama, y su conocida profecía
sociológica que preconizaba el fin de la
historia. Las dos teorías parten del
análisis de las consecuencias que el
derrumbe del comunismo como sistema
político habría de acarrear para
el mundo occidental.
Fukuyama, que entiende el devenir de la
historia como una dinámica de
enfrentamiento entre visiones políticas
del mundo, reconocía en la caída
del muro de Berlín el triunfo de las
democracias liberales sobre los sistemas
centralistas. Occidente, al haberse quedado sin
rival, ya no tendría que desgastarse en
la lucha por imponer sus ideas acerca de la
libertad y de la democracia en el resto del
mundo, ni defenderse de las pretensiones de
dominio del orbe comunista: habría sonado
la hora del triunfo y sólo sería
cuestión de tiempo que todos
terminásemos hablando la misma lengua,
comerciando con la misma moneda y -forzando un
poco las cosas-, siendo gobernados por un Estado
mundial. No sin razón se ha visto en
Fukuyama un clarividente que predijo lo que
luego sería conocido como la
globalización.
En cambio para Huntington, el hecho de que un
sistema político hubiera demostrado su
incapacidad para regular la convivencia entre
los hombres, sería una señal de
que la humanidad se organiza a sí misma
por ordenamientos que van más allá
de las posturas ideológicas, e identifica
en la cultura el verdadero factor de
organización política y social de
la humanidad. En consecuencia, desde la guerra
fría, la mayor fuente de conflictos
internacionales no sería de raíz
ideológica, sino cultural.
De esa tesis central extrae cinco
consecuencias, que recoge un analista de la
siguiente forma: "1) Hoy, la política
mundial es a la vez multipolar y
multicivilizacional; la modernización ha
comenzado a verse como un proceso distinto de la
occidentalización. 2) Hay un cambio en el
equilibrio del poder entre las distintas
civilizaciones: Occidente está en declive
(...), y el Islam, debido a su crecimiento
demográfico, se ha convertido en un
factor potencialmente desestabilizador. 3) El
nuevo orden mundial emergente se configura
según el modo en que se agrupan los
países con culturas o civilizaciones
similares. 4) Las pretensiones universalistas de
Occidente le ocasionarán conflictos cada
vez más numerosos y graves con las otras
civilizaciones, en particular con la china y con
la islámica. 5) La supervivencia de
Occidente dependerá de que reafirme su
identidad occidental (en contra de la tan
extendida política multiculturalista) y
de aceptar que su civilización es
singular, particular y no universal".
Pero, como suele suceder con las grandes
intuiciones, las dos tesis son muy sugerentes y
lúcidas en sus líneas generales,
pero vulnerables en los detalles, y los
crímenes de septiembre se pueden
interpretar del mismo modo: en líneas
generales pueden inculpar al Islam en su
esfuerzo por no dejar que se imponga una
globalización económica de signo
occidental o, simplemente, por la
preservación de su cultura y
religión. Pero cuando se ven las cosas
con calma y ponderación, resulta que ni
veinte exaltados son representativos de una
cultura milenaria (y aunque fueran cien mil), ni
es el Islam la unidad monolítica
religiosa y social que nos han querido vender
algunos medios de comunicación.
La visión casi romántica de
Huntington no puede hacer que olvidemos algunos
puntos importantes, como el papel de la
religión en la identidad cultural; la
realidad de los intereses económicos y
financieros en los conflictos internacionales
(con los problemas en el Medio Oriente tienen
mucho qué ver el petróleo y las
pretensiones de hegemonía, pues Estados
Unidos se enfrenta a Irak pero no a Arabia
Saudita, régimen mucho más
islámico e integrista que el de Bagdad);
la droga y el narcotráfico (ahora resulta
que Afganistán es el segundo productor de
heroína del mundo), etc.
No podemos olvidar que quienes chocan en una
guerra no son las civilizaciones, son las
personas. Y son éstas quienes tienen
intereses creados, pretensiones de dominio,
creencias religiosas o cualquier otro
móvil que a sus ojos justifique una
agresión y las acciones -legítimas
o no- de defensa que pueden tomar quienes han
sido atacados.