Sábado 6 de octubre 2001


El Salvador en perspectiva
El futuro del café
Mario Rosenthal
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La Organización Internacional del Café, cuyos miembros producen las dos terceras partes de la producción mundial del café, se dio por vencida en su intento de detener la caída del precio con la retención del 20% de la exportación y abandonó el intento. Países no miembros de la asociación sencillamente aumentaron sus exportaciones; entre ellos, principalmente Vietnam.

La situación es fácil de entender: la producción mundial del café excede el consumo, de modo que el precio es determinado por las fuerzas del mercado, o sea la oferta y la demanda, y son los compradores que mandan en el mercado mundial del café. Otro problema es que el procesamiento del café verde al café tostado que compra el último consumidor es dominado, en el mayor mercado del mundo -Estados Unidos- por unos pocos tostadores. Desde luego, el valor agregado por el procesamiento, empaque y distribución no lo recibe el productor; tampoco el precio al consumidor, que muchas veces es el valor de la materia prima, casi nunca refleja las alzas y bajas del precio pagado al productor. Lo más curioso de esta situación es que en las grandes ciudades los exigentes bebedores de café gourmet muchas veces pagan más por una taza de café de lo que recibe por su jornal diario el campesino que tiene la suerte de tener trabajo.

El precio del café obedece a factores sobre los cuales los productores no ejercen ningún control. El comercio mundial, aún en los países que se esfuerzan por librarse de la tiranía absoluta de la economía de mercado, tratando de controlar por leyes la producción, consumo y exportación de insumos como azúcar, café, bananas, maíz, arroz, algodón, y otros, han fracasado en sus intentos de lograr precios competitivos. La manera más fácil de sostener a los productores de insumos, que no pueden competir en el mercado mundial, es imponer precios arbitrarios para el consumo interno, que cubran los costos y dejen margen de ganancia, o, por lo menos, cubran el costo de producción y permitan la exportación a los precios menos del costo, como hace El Salvador con el azúcar. Esto es un impuesto oculto para los consumidores internos, y, además, distorsiona el mercado interno del insumo cuando es usado como materia prima en procesos industriales.

Mantener el precio interno de ciertos productos a lo largo hará fracasar la globalización y el sueño de un mercado mundial libre. El problema del café es agudo para El Salvador y representa una amenaza superior al terrorismo religioso. Subsidiar a la producción del café sólo es una paliativa temporal, aunque muy necesaria en estos momentos. El verdadero remedio es la diversificación de la producción agrícola, porque la maquila jamás podrá llenar el déficit de puestos de trabajo debido a la crisis cafetalera.

De México a Brasil cientos de miles de trabajadores agrícolas no tienen trabajo, y han emigrado a las periferias de las grandes ciudades y centros de industria en busca de empleo. La continuada caída del precio del café, las buenas cosechas de Brasil, durante los dos últimos años, y la producción de café con el costo de mano de obra sumamente baja en Vietnam, tienen en crisis a los países productores de café. Nosotros dudamos que el consumo mundial de café aumentará, ya que las bebidas embotelladas, que tienen enormes recursos para propaganda, han desplazado el café, aún en El Salvador.


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