El hombre sin
cabeza
Silverio era el hombre fuerte del partido.
Su reputación, no obstante, no
venía por méritos propios. Es
más, ni siquiera era un militante
histórico. Era un tránsfuga.
Venía de los cristianos
demócratas.
- Luis
Laínez
Cuando
Silverio empezó a ser importante en el
partido fue gracias a un ex comandante y a sus
seguidores.
Él era el estratega y el
ideólogo. Ponía todo su
pensamiento en la cabeza de Silverio y entonces
éste aparecía ante las masas como
el ungido por la Historia para ser el
líder de la Nación.
Tanta fue la influencia de Silverio entre la
gente que los seguidores del ex comandante
hubieran tirado balazos por él. Pero como
ahora la lucha es política, dieron todo
su sudor, pusieron la cara y soportaron insultos
en su nombre.
Pero en el corazón de Silverio
había duda y temor. Cuando salía
del carro que lo llevaba a la convención,
hace tres agostos, lo seguía un
séquito de guardaespaldas.
La lucha era fiera. A Silverio le dio miedo
y, aunque tenía grandes probabilidades de
derrotar a los candidatos del ala dura,
tiró la toalla. El ex comandante se
quedó en una difícil
situación. No podía ceder ante sus
adversarios barba largas, pero no tenía a
quien promover, sobre todo porque el discurso
reformista se había encarnado en
Silverio.
El ex comandante se lanzó él
mismo por el cargo que Silverio rechazó.
Ganó, pero dividió al partido en
dos. La victoria se convirtió en derrota
a los pocos meses. El mecenas de Silverio
perdió apoyo en el partido. Aún
así, Silverio continuó a su lado,
poniendo primero su oído atento y luego
abriendo la boca para repetir lo escuchado.
El nuevo plan era volver a preparar a
Silverio para la batalla de la que se
había retirado. Pero algo salió
mal. Uno de los seguidores del ex comandante
empezó su propia lucha para ser el nuevo
líder. Convenció a un grupo de
diputados y les hizo creer que ahora
serían la nueva mayoría. Silverio
cayó ante el encanto de esa voz.
Abandonó a su mecenas y empezó a
poner su oído en otro lado. El nuevo
líder buscó aliados y fue entonces
que Silverio hizo otro cambio de cabeza y
dirigió sus oídos hacia otra
dirección.
Ahora es el vocero de la tercera voz. Sus
labios pronuncian las palabras que el
líder de la tercera voz dice por bajo.
Ahora, cuando Silverio habla, se escucha un
ramillete de ideas.