Para escribir hay
que leer
Si no lees no puedes escribir. Esto lo
saben muy bien mis colegas editores y
correctores que a diario tienen que realizar la
repugnante tarea de ungir fístulas
gramaticales, suturar brechas sintácticas
y aplicar otras terapias a textos enfermizos y
sin lustre, escritos en las salas de
redacción de la mayoría de medios
informativos.
- Rolando
Monterrosa
En
estos últimos circula el chiste sobre
aquel redactor cuyos textos, por malos y
enredados, se le asignaban como castigo al peor
portado de los editores o correctores. Otro es
el de aquella linda y dulce periodista, quien se
transformaba en monstruo al comenzar a
escribir.
En los últimos años, las
abundantes hornadas de egresados de facultades
pomposamente llamadas de "Ciencias de la
Comunicación" han dado como resultado la
saturación del mercado laboral
periodístico y la creciente
población de licenciados en el ramo que
viven de su trabajo; pero de su trabajo en
ventas, o como encargados de relaciones
públicas, en taxis o en microbuses.
Es triste ver los pobres, más bien
paupérrimos, resultados de sencillos
exámenes de capacidad de redacción
de textos, conocimientos generales,
captación y procesamiento de datos,
aplicados a los aspirantes a periodistas que
acuden en enjambres a las redacciones.
Con suerte, destacan uno o dos de los
numerosos aspirantes. Entre los que clasifican
se produce un significativo fenómeno:
cuando se les pregunta qué libros han
leído y cuáles están
leyendo, invariablemente enumeran de tres a
cinco títulos, casi siempre dos de Vargas
Llosa e igual número de García
Márquez, más Isabel Allende, en el
caso de las chicas. ¡Hombre, pero al menos
leen algo! De estos se puede esperar el
desarrollo de un modesto a un buen redactor.
La mayoría de aspirantes, sin embargo,
no ha leído nada más allá
de los textezuelos fotocopiados que les
suministran las universidades.
Difícilmente podrán alcanzar la
destreza para describir acontecimientos;
retratar personajes, definir situaciones; o lo
que es el sueño de todo periodista
bisoño: "llevar al lector al lugar de los
hechos".
Leer enseña a escribir, enriquece el
vocabulario, desarrolla la intuición para
mantener el ritmo de una narrativa. Este es un
recurso válido no sólo para
aspirantes a periodistas, sino para cualquier
estudiante que tiene que presentar trabajos
monográficos o tesis de grado.
Cuentan de un redactor que después de
contaminar con su mala ortografía y peor
sintaxis la redacción de un medio local,
murió.
Editores y correctores se acercaron a su
féretro, no para darle el último
adiós, sino para cerciorarse de que
estaba bien muerto. Todos hicieron votos para
que no lo fueran a enterrar en Jerusalem, porque
allí los muertos resucitan al tercer
día.