Jueves 25 de octubre 2001


Para escribir hay que leer

Si no lees no puedes escribir. Esto lo saben muy bien mis colegas editores y correctores que a diario tienen que realizar la repugnante tarea de ungir fístulas gramaticales, suturar brechas sintácticas y aplicar otras terapias a textos enfermizos y sin lustre, escritos en las salas de redacción de la mayoría de medios informativos.

Rolando Monterrosa

En estos últimos circula el chiste sobre aquel redactor cuyos textos, por malos y enredados, se le asignaban como castigo al peor portado de los editores o correctores. Otro es el de aquella linda y dulce periodista, quien se transformaba en monstruo al comenzar a escribir.

En los últimos años, las abundantes hornadas de egresados de facultades pomposamente llamadas de "Ciencias de la Comunicación" han dado como resultado la saturación del mercado laboral periodístico y la creciente población de licenciados en el ramo que viven de su trabajo; pero de su trabajo en ventas, o como encargados de relaciones públicas, en taxis o en microbuses.

Es triste ver los pobres, más bien paupérrimos, resultados de sencillos exámenes de capacidad de redacción de textos, conocimientos generales, captación y procesamiento de datos, aplicados a los aspirantes a periodistas que acuden en enjambres a las redacciones.

Con suerte, destacan uno o dos de los numerosos aspirantes. Entre los que clasifican se produce un significativo fenómeno: cuando se les pregunta qué libros han leído y cuáles están leyendo, invariablemente enumeran de tres a cinco títulos, casi siempre dos de Vargas Llosa e igual número de García Márquez, más Isabel Allende, en el caso de las chicas. ¡Hombre, pero al menos leen algo! De estos se puede esperar el desarrollo de un modesto a un buen redactor.

La mayoría de aspirantes, sin embargo, no ha leído nada más allá de los textezuelos fotocopiados que les suministran las universidades.

Difícilmente podrán alcanzar la destreza para describir acontecimientos; retratar personajes, definir situaciones; o lo que es el sueño de todo periodista bisoño: "llevar al lector al lugar de los hechos".

Leer enseña a escribir, enriquece el vocabulario, desarrolla la intuición para mantener el ritmo de una narrativa. Este es un recurso válido no sólo para aspirantes a periodistas, sino para cualquier estudiante que tiene que presentar trabajos monográficos o tesis de grado.

Cuentan de un redactor que después de contaminar con su mala ortografía y peor sintaxis la redacción de un medio local, murió.

Editores y correctores se acercaron a su féretro, no para darle el último adiós, sino para cerciorarse de que estaba bien muerto. Todos hicieron votos para que no lo fueran a enterrar en Jerusalem, porque allí los muertos resucitan al tercer día.


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